Un modo de vida, una pasión. Algo que va mucho más allá de la lógica, de lo que se puede ver y entender. Un sentimiento que se adueña de tu alma y te ata para siempre a la más hermosa de las sensaciones. Eso es ser Bostero. Que la rutina se modifique cuando juega el equipo, dos horas en la que nadie te puede llamar, mucho menos visitar. Y lo saben, y lo respetan. Son 110 años de gloria pura, de clásicos ganados, de títulos, de vueltas olímpicas, de nervios, de sonrisas, de lágrimas (las de alegría y de las otras). Ciento diez años de Copas, esas que tanto nos gustan. De ídolos, los de antes y los de ahora. Los Cherro, Rojitas, Rattín, Suñé, Mouzo, Lorenzo. Los Maradona, Riquelme, Palermo, Guillermo, Tévez, Bianchi. Incontables, innumerables guerreros xeneizes que dejaron la vida en la cancha por la Azul y Oro.

Una historia marcada por la garra y el fervor. Por esa necesidad que tenemos los hinchas de estar siempre, de alentar siempre: en las buenas, por supuesto, y en las malas, mucho más. Eso que nos hace diferentes, que provoca la admiración de casi todos y la envidia del resto.

Y La Bombonera, el templo donde se agrupan las emociones, donde los hinchas dejamos de ser desconocidos para convertirnos en hermanos. Un estadio diferente a los demás, porque tiembla, se mueve, LATE. Porque atemoriza a los rivales y agranda a los propios.

¿Qué es ser de Boca? Un regalo que te da la vida. El regalo de ser del más grande.