La llegada de un nuevo año siempre invita a hacer balances, dejar atrás lo que dolió y sostener aquello que sí funcionó. En ese clima emocional, no sorprende que pequeños gestos como comer doce uvas tomen protagonismo y adquieran un valor simbólico mucho más grande que el acto en sí.
Mientras el mundo entero cuenta los segundos antes del abrazo, estas prácticas colectivas recuerdan que los comienzos necesitan un marco, una intención y un deseo. El ritual permanece porque, más allá de su origen, ofrece algo que todos buscan: la posibilidad de creer que lo que viene puede ser mejor.
La tradición de las 12 uvas en Año Nuevo: origen, significado y cómo se debe hacer
Cada fin de año, mientras las copas se levantan y los relojes marcan la cuenta regresiva, en muchos hogares ocurre una escena en común: doce uvas listas para ser ingeridas justo al sonar las campanadas. No es un gesto casual, sino una costumbre que lleva más de un siglo vigente y que, según la creencia popular, puede influir en el rumbo de los próximos doce meses.
El origen más conocido de esta práctica se remonta a España, específicamente a fines del siglo XIX. En 1909, una cosecha de uvas más abundante de lo habitual llevó a los productores a promover su consumo durante la Nochevieja para dar salida al excedente.
Aunque el impulso comercial ayudó a popularizar la costumbre, historiadores señalan que la tradición ya existía previamente entre ciertas élites madrileñas, quienes imitaban a la burguesía francesa comiendo uvas para despedir el año con elegancia.
Con el paso del tiempo, la práctica viajó de continente en continente a través de migraciones y relatos familiares, hasta instalarse profundamente en países de América Latina como Argentina, México, Venezuela, Perú y Colombia. Su permanencia se explica por el fuerte componente simbólico: doce meses, doce deseos, doce oportunidades.
Según la creencia popular, cada uva representa un pedido o intención. Lo ideal, dicen quienes la practican, es comerlas al ritmo de las doce campanadas o segundos antes del abrazo. Algunos aconsejan sostener mentalmente un deseo por cada bocado (amor, salud, estabilidad económica, trabajo, amistades, viajes) mientras otros recomiendan escribirlos previamente para cargar de intención el momento.
El horario también importa. Aunque la versión más difundida se realiza a medianoche exacta, hay quienes la adaptan unos minutos antes si la cena está extendida o si hay niños presentes. Lo que no cambia es la condición principal: deben consumirse de manera continua, sin pausas extensas y con un objetivo claro.
En Argentina, este ritual se integró lentamente a los festejos junto a tradiciones propias como comer pan dulce o brindar con sidra. Lo curioso es que, pese a que muchos lo consideran simplemente un juego festivo, especialistas en antropología cultural explican que estos gestos funcionan como marcadores de ciclo: ayudan a cerrar un año y abrir otro con una sensación de control y esperanza.
Para algunos, es una superstición más. Para otros, una conexión emocional con quienes ya no están o una forma de creer que algo bueno puede suceder. Sea cual sea la interpretación, lo cierto es que doce pequeños frutos siguen reuniendo a millones frente al reloj, recordando que cada comienzo merece un deseo.

