Fue un sueño, allá lejos y hace hoy 30 años. Esa aventura de unir Chile con Argentina en patines se convirtió en realidad en los pies de un tal Oscar Contrera. Un patinador que empezó por el lado del hockey sobre patines pero que encontró en el patín carrera su lugar en el mundo del deporte. No era sencilla la empresa.

 

Tenía más de aventura que de gesta  deportiva pero Oscar no estaba dispuesto a detenerse. Eran esos 600 feroces kilómetros con el plus de la cordillera de los Andes, su altura -3.300 metros-, sus imponderables climáticos y de paso, la logística necesaria como para poder afrontar no menos de 4 jornadas previendo abastecimiento, provisiones y seguimiento médico inclusive. Demasiado. Mucho para uno solo pero Oscar desafió todo y se embarcó en la aventura “más grande de su vida” como hoy mismo la define.

 

 

Los recuerdos del actual entrenador de la Fundación Negro Contrera se disparan solos. De aquella movida que multiplicó todo para poder conseguir recursos hasta sus inicios en el patín, aun
que no definitivamente en el patín carrera. Y claro, toda historia empieza por el principio y para Oscar, ese comienzo llegó de la mano del deporte. “Siempre me gustaron todos los deportes y probé todos. Desde atletismo hasta ciclismo pero en la secundaria mis compañeros me entusiasmaron con el hockey sobre patines.

 

Fui a Huarpes, me acuerdo, pero veía que yo patinaba y me quedaba siempre atrás la bocha. El entrenador de ese momento me recomendó que me metiera en el patín carrera y a los 15 años ya estaba metido en esta pasión que me cambió la vida. En ese instante hay un nombre que me terminó de consumar como patinador: Antonio González.

 

Él fue mi padre deportivo y el que me abrió paso en el patín carrera. Me ayudó en todo y es más: con él fuimos en 1975 a Rosario y me consagré doble campeón Argentino Juvenil. Ese fue el primer paso en mi carrera. Ese fue mi inicio”, cuenta hoy entusiasmado Oscar mientras sus alumnos entrenan en la pista del Velódromo de Rawson.

 

EL CRUCE

 

Pero los 30 años de aquella aventura es el tema obligado. Se gana espacios solo y Contrera empieza a recordar las razones de embarcarse en aquella aventura: “Éramos apasionados del patín. Todo se podía y con Hector Herrera decidimos unir los dos países. Lo planificamos en todos los detalles y no fue sencillo porque lo hicimos en patines de 4 ruedas.

 

Fuimos a Santiago con dos autos de respaldo y me acuerdo que el alcalde de El Llano, una de las comunas de la Región Metropolitana, nos puso a disposición inclusive una camioneta con chofer y todo para hacer el cruce. Salimos de Viña y el plan de carrera era hacer jornadas diarias de 150 kilómetros como para completar el recorrido en 4 días. Ascender por Los Caracoles en ese año 1987 fue durísimo. El pavimento casi no existía y costó llegar al cruce.

 

Fue emocionante entrar al Túnel Cristo Redentor y después de pasar a Argentina, llegó el momento más espeluznante porque en bajada llegabamos a casi 100 kilómetros por hora y frenar era imposible. Es más, mi papá que venía acompañándonos en un auto nos pasaba y se ponía adelante nuestro para que nos frenáramos apoyándonos en el baúl”. Hay mil anécdotas de aquel primer cruce porque luego hubo dos más: otro en 1994 y uno más en 2001, con la diferencia que ambos fueron ya con patines en línea. Y Contrera se detiene en el ambiente que generó aquella primera experiencia en la cordillera: “El municipio de El Llano nos puso todo a disposición y el chofer de la camioneta que nos apoyó se hizo uno más del grupo pero cuando llegamos al límite, no podía cruzar por falta de la documentación necesaria.

 

Su desilusión fue tan grande que hasta lloraba, ahí entendí lo que significaba realmente lo que estábamos haciendo”. Y claro, después del descenso a Uspallata, de cruzar Potrerillos, Oscar recuerda un episodio que pinta cuerpo entero lo que fue gestar ese cruce, con lo poco y mucho que había a mano: “Ya habíamos pasado Mendoza y veníamos camino a San Juan y en el control caminero de Jocolí nos detuvimos para que los muchachos que venían acompañándonos pudieran comer. No había mucho y estábamos comiendo unos sánguches cuando los policías del control se acercaron y nos ofrecieron un guiso de arroz que para nosotros fue una delicia.

 

Es que veníamos de 4 días de comer fiambre y pan así que probar comida bien elaborada fue una bendición”. Querían llegar a San Juan rápido y decidieron hacer más de 150 kilómetros en esa última jornada. Fue el esfuerzo final y Contrera se emociona cuando recuerda cómo fue aquella llegada al hoy ya desaparecido estadio del Parque de Mayo: “Habíamos tirado el resto con Héctor, mi compañero de cruce.

 

Le pusimos todo y ya estábamos con lo justo en reservas físicas pero había tanta emoción en el medio que llegamos muy bien a San Juan. Es más: entramos sueltos al velódromo del estadio pero cuando empezamos a reconocer nuestra gente a los costados, se nos vino el mundo encima. Fue tanta la emoción que después de enarbolar las banderas de Chile y Argentina, me desplomé al piso superado por tantos sentimientos”.