2 de febrero de 2018 - 00:00

Casi 50 años de amor por la Virgen

Corría el año 1970. Es decir hace 48 años. Por ese entonces la Villa Lourdes, en Rivadavia, tenía sus calles pedregosas. Había un surtidor o canilla pública donde los vecinos formaban fila para llenar sus bidones, damajuanas y fuentones con agua. La usaban para beber, lavar las verduras para hacer la clásica sopa, como también era imprescindible para higienizarse. En los alrededores había descampados, como también un gran “manchón verde” donde en la actualidad se yergue el Barrio Aramburu. Eran parrales, donde muchos vecinos, no sólo de la villa, sino de otros lugares, llegaban para el tiempo de cosecha. Todos eran pobladores de trabajo, la palabra “mágica” que era sinónimo de progreso y estudio para los más niños. En ese contexto, se levantaba una capilla, en la denominada “Calle del medio” y Dorrego. Era la capilla para honrar a la Virgen María, en la advocación de Lourdes.

La capilla, como en estos días de fines de enero y principios de febrero, se transformaba en el epicentro de la comunidad de la villa y zonas aledañas. La fiesta patronal estaba en sus preparativos. Gallardetes de papel crepé y de focos que atravesaban las calles, de manera principal la esquina de la capilla. En el costado derecho del templo, un pasillo ancho de tierra regada, tenía algunos juegos artesanales dispuestos para las kermeses. Embocar la pelota de trapo en un agujero era para osados. No faltaba la hilera de tarros para voltear de otro pelotazo y ganarse un premio que podía ser un juguete o golosinas. Un tobogán y una maroma hacían las delicias de los más pequeños. Los niños se entusiasmaban con estos juegos. Mientras, los adultos, entre ellos madres y padres, se sentaban afuera del templo para participar de la Novena y en ella pedir por distintas intenciones. 

Los vecinos eran gente de trabajo. Muchos adolescentes que no estudiaban salían cada mañana en sus carros con verduras, pan y semitas que vendían en otros barrios. Todos con manos curtidas de trabajar duro en la albañilería o bien en las fincas con la cosecha de uvas en plena temporada y demás labores rurales. Todos se reunían en esas noche de Novena y kermeses.

Durante el fin de semana por la mañana, no faltaban las carreras de bicicletas para distintas edades por las calles pedregosas y polvorientas de la villa. Cual si fuera una competencia profesional, los corredores tenían una multitud de espectadores que alentaban a la vera del camino. Carreras de embolsados y demás juegos de niños. Todo era una fiesta.

Por la tarde del domingo, la procesión congregaba a cientos de personas. Incluso, en una de esas ocasiones, durante esa década, participó el arzobispo Ildefonso María Sansierra, que era aclamado por los feligreses.

La villa lucía sus mejores galas. El recorrido transcurría entre cánticos, vivas y agradecimientos por promesas cumplidas y promesas por realizar. Era la celebración que reunía a los vecinos, a los amigos y a los visitantes de otras zonas. Era la principal celebración de una tradición que se celebra hasta estos días.

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