

Me anticipo a las críticas que pueda recibir, por tomar la intimidad de tres amigos como material literario. Pido licencias por la "traición", aunque pienso que me va a ayudar para ganar la clemencia, el reservar sus nombres. Creo que vale la pena, en medio de un mundo donde, entre otras ausencias, parece que ya no existen valores entrañables, como la amistad verdadera, por la cual un hombre, o una mujer, es capaz de jugarse todo por un amigo.
Tal vez usted haya experimentado muy cercanamente ese valor en algún momento de su vida. Algún acontecimiento, feliz o no tanto, hizo que se pusiera "en el cuero de otro" y abrazara el evento como si fuera propio.
Sienta ese momento, vuélvalo a vivir y entonces estará con las fibras preparadas para este humilde relato. Tenemos un par de amigos dentro del grupo, que están peleando con esa enfermedad que se agarra como una garrapata y no quiere soltar.
Cuestión de fe
A otro, el pilar, el más veterano, el líder por sabiduría y experiencia, le vino la idea de ofrecerle secretamente una promesa a la Difunta Correa. Imagen pagana muy adentrada. Sin embargo, entre nosotros, como sana expresión de fe que la convierte, según la creencia, en intercesora eficaz ante el Señor.
Mi viejo amigo lo habrá hecho quedamente, en la intimidad, solo reservada esa comunicación entre él y la milagrosa mujer que yace en Vallecito, en espera de los promesantes. Con 86 años, es uno más del grupo, por carácter, vigor y sano humor. Sigue trabajando y es un ejemplo andando sobre el cual todos nos miramos. Él dice amarnos como se ama a un hermano o a un hijo y porque, sostiene, "hemos bebido y sido bautizados en las aguas del mismo canal", aquel que supo bordear la calle Cereceto, hoy I. de la Roza.
La promesa
Ese bautismo, es el que nos hace más hermanos que amigos, dice, y es por eso que ningún gesto esta demás para demostrarle al otro lo que se siente. Y un día el viejo tuvo la necesidad de compartir con otro la promesa realizada, y entre los dos coincidieron en convocar al tercero, objeto de la promesa, para que juntos fueran a rendirle tributo a "la difuntita".
Y allí los vieron sus escalones, trepar apenas, como podían, buscando llegar a lo alto de la cuesta, lugar donde ella reposa, para rendirle culto y cumplir. En un momento de extenuación, el viejo, como el buen Cireneo, aquél que cargó la cruz de Cristo, se subió en andas al aquejado, y con mucho esfuerzo siguieron remontando la cuesta.
Como mi amigo, el "veterano". Volviendo al relato, al llegar a la cima pareció como si los cielos se abrieron cuando, derramando lágrimas de hombre, los tres se estrecharon en un abrazo interminable. Y lloraron, unidos, en la majestuosa soledad de un Vallecito, que los contemplaba silenciosamente.
La emoción, límpida y sincera, ilumino el lugar, con un invisible haz luz que parecía provenir de lo alto. Es que, sin dudas, Dios estuvo allí. Cierta vez, el Maestro dijo "donde quiera que estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estaré yo, en medio de ellos". Este testimonio de mis amigos, nos hace desbordar en agradecimientos a la misericordia divina y de gratificarnos por la amistad de esos tres hermanos, sellada en una calurosa tarde de verano, con la sola presencia de la Difunta y de Aquel que todo lo sabe, todo lo puede y todo lo perdona.
Orlando Navarro
Periodista