El escritor alemán Herman Hesse en su obra "El lobo estepario", apunta que el "suicidio es para ellos (los que se autoinmolan), el modo más probable de morir; al menos según su propia idea (…)". Probablemente es lo que discurrió en la mente de don Lisandro de la Torre cuando decidió tomar esta drástica determinación. Se dice que en los últimos años de su vida tuvo que soportar deudas económicas generadas por su finca o el "Campo de Pinas", consecuencias de una aguda sequía que azotó la provincia de La Rioja. No obstante su estado anímico venía en franco declive desde la muerte en el Senado de la Nación, de su querido discípulo y amigo, el senador elegido por Santa Fe Enzo Bordabehere. Atrás habían quedado aquellas memorables arengas en el Congreso defendiendo los intereses de su patria, también quedaron en la historia los impetuosos y honorables duelos que signaron su irrenunciable ideario.

Profundamente angustiado e impotente ante un sistema político fraudulento, impune y corrupto que día a día se institucionalizaba; este singular hombre, cuyo hilo conductor en su vida fue la honradez y la defensa de la nación, comenzó a sentirse abatido, consternado y completamente vacío. En sus últimos días se dedicó, como siempre lo hacía, a contestar cartas que le llegaban desde distintos puntos del país. También obsequió sus simples pertenencias a los pocos y leales amigos que le quedaban. Se cuenta que luego de su último almuerzo, el 4 de enero, regaló unos preciados retratos, uno de ellos de la época de su primera candidatura presidencial en 1916. Igualmente obsequió los borradores de sus inolvidables discursos de la campaña política de 1931.

Al mediodía de 5 de enero de 1939, don Lisandro puso fin a su existencia en su casa disparándose un tiro. Dejó un escrito dirigido a sus amigos en el cual pedía la cremación de su cuerpo y que no haya ceremonia alguna.

Por el Prof. Edmundo Jorge Delgado
Magíster en Historia