Por Rodrigo D. Metola San Nicolás- Abogado
Abogacía: mediocridad y debacle
La abogacía es una profesión "clásica" que data de la Antigua Grecia y que históricamente inspiraba respeto, se asociaba con una preparación rigurosa y con un rol central en la vida pública. Hoy, la profesión se presenta de otra forma: ese prestigio se ha ido desmoronando, no solo por la saturación del mercado y la inflación de títulos, sino por la falta de preparación real de los abogados y por un poder judicial que, lejos de ser un resguardo, muchas veces se percibe como un espacio permeado por intereses ajenos al derecho, como me expresé hace unas semanas.
La formación académica se ha vuelto un trámite más que un proceso de aprendizaje. Facultades que producen abogados en serie, planes de estudio que repiten fórmulas sin conexión con la realidad, prácticas profesionales que no preparan para los conflictos concretos que atraviesa la sociedad. El resultado es una generación de profesionales que saben citar artículos y usar inteligencia artificial, pero que no logran pensar críticamente ni ofrecer soluciones creativas, rebuscadas o novedosas. Y esa deficiencia académica se traduce en una práctica profesional que muchas veces decepciona a la ciudadanía. El derecho es estrategia, es interpretación, es buscar una aguja en un pajar que nos dé la solución al caso concreto, no ser un loro que repite lo que ya está dicho.
La ciudadanía desconfía de los abogados, y esa desconfianza es válida: se ha ganado con años de malas prácticas, con juicios interminables, con tecnicismos que parecen más un obstáculo que una herramienta, con colegas que priorizan el negocio antes que la justicia. En ese contexto, el abogado deja de ser un referente y pasa a ser visto como parte del problema. Es decir, el ciudadano tiene un inconveniente y debe meterse en otro inconveniente para intentar salir del primero.
Duele ver cómo abogados de las generaciones más jóvenes se conforman con lo mínimo, con repetir fórmulas, con acumular cargos sin mérito. Esa falta de preparación no solo los perjudica a ellos, sino que arrastra a toda la profesión hacia la decadencia.
Lo más preocupante es la actitud de muchos abogados que se conforman con un título vacío. Profesionales que no tienen interés en aprender de manera real ni en perfeccionarse, sino en ostentar un diploma para colocarlo en los perfiles de redes sociales o engrosar su sueldo fijo en cargos públicos. Esa lógica mediocre degrada la profesión: el derecho deja de ser vocación y se convierte en un simple curso para obtener beneficios personales.
El gran problema es que esa mediocridad se multiplica. Cada vez son más los que ven la abogacía como un camino rápido para conseguir estabilidad económica o reconocimiento superficial, sin asumir la enorme responsabilidad que implica representar derechos y defender justicia. Cuando esos abogados ingresan al poder judicial, la consecuencia es devastadora: tribunales llenos de operadores que no saben de derecho, que no tienen pasión por la justicia, que terminan reforzando la desconfianza de la gente y que ven al derecho como una simple estadística.
Duele ver cómo colegas de las generaciones más jóvenes se conforman con lo mínimo, con repetir fórmulas, con acumular cargos sin mérito. Esa falta de preparación no solo los perjudica a ellos, sino que arrastra a toda la profesión hacia la decadencia. La ciudadanía conoce esa mediocridad y la traduce en desconfianza, en la certeza de que la justicia es un terreno donde gana el que tiene más contactos y no el que está preparado con mejores argumentos.
Pero también creo que la salida está en nosotros. No podemos resignarnos y seguir aceptando la mediocridad como si fuera inevitable. Necesitamos recuperar la ética, capacitarnos continuamente, denunciar irregularidades y dignificar nuestra práctica. La "academia" debe reformarse, los colegios profesionales deben asumir un rol activo en la defensa de estándares de calidad, y nosotros los abogados, debemos ser protagonistas de un cambio que devuelva confianza a la sociedad, sobre todo, haciendo mea culpa.
Como abogado me niego a aceptar que la mediocridad sea el destino de esta gran profesión. Duele ver cómo nos conformamos con un título vacío, buscamos estabilidad sin esfuerzo y reducimos el derecho a un mero trámite. La abogacía puede volver a ser una profesión respetada solamente si quienes la ejercemos volvemos a la calle, a ensuciarnos los zapatos y nos alejamos de tanto mármol y encierro. Tenemos la obligación de romper con esa comodidad y demostrar que todavía hay abogados que creen en la justicia y están dispuestos a dignificarla a través de la excelencia académica y de la perpetua búsqueda de la justicia.