Por Silvana Cataldo - Especialista en formación en lectura
Por Silvana Cataldo - Especialista en formación en lectura
Europa acaba de dar un paso importante en esa dirección. La Comisión Europea presentó en septiembre la EU KIDS Act, una propuesta que busca establecer reglas comunes para el acceso de niños y adolescentes a las redes sociales y otros servicios digitales. El proyecto establece que los menores de 13 años no podrán acceder a redes sociales; entre los 13 y los 14 podrán hacerlo mediante cuentas administradas por sus padres, con funcionalidades limitadas y hasta una hora diaria; y recién a partir de los 15 podrán administrar una cuenta propia. También se propone limitar mecanismos diseñados para prolongar compulsivamente el uso, como el scroll infinito o determinadas notificaciones, y extender las protecciones a plataformas de video, videojuegos y compañeros o chatbots de inteligencia artificial. La iniciativa todavía deberá atravesar el proceso legislativo europeo, pero marca con claridad un cambio de época. No se trata ya solamente de enseñar a los niños a utilizar bien la tecnología. Por primera vez desde que los smartphones y las redes sociales se instalaron masivamente en la vida cotidiana, distintos Estados están empezando a preguntarse si es mejor esperar para determinadas experiencias digitales.Y esa decisión abre una pregunta mucho menos explorada: ¿qué sucede el día después?
¿Qué pasa cuando apagamos la pantalla?
Australia puede darnos algunas pistas. Desde el 10 de diciembre de 2025, las plataformas consideradas redes sociales sujetas a restricción deben tomar medidas razonables para impedir que los menores de 16 años tengan cuentas. Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok, X, YouTube, Reddit y otras plataformas quedaron alcanzadas por la regulación.El país se convirtió así en una suerte de gran laboratorio mundial. Porque una cosa es debatir acerca de los efectos que las redes producen sobre niños y adolescentes y otra muy distinta es observar qué ocurre cuando una práctica incorporada profundamente a su vida cotidiana comienza a restringirse. Los primeros resultados obligan a moderar cualquier respuesta demasiado sencilla: un informe sobre el impacto de estas medidas en más de 4.000 familias mostró que, tres meses después de la implementación, muchos adolescentes continuaron accediendo a plataformas, conservaron cuentas o encontraron otras vías digitales. Es decir: el tiempo que desaparece de una red social no se transforma automáticamente en tiempo jugando a la pelota, conversando con amigos o leyendo un libro. Podemos quitar TikTok y descubrir que el adolescente simplemente se trasladó a otro entorno digital.
La psicología de la transición
Un grupo de investigadores de la Escuela de Psicología de Deakin University, Australia, decidió preguntarle a jóvenes y padres cómo imaginaban esa transformación, antes de la entrada en vigencia de la regulación. El objetivo era comprender cómo se anticipa psicológicamente la pérdida de una práctica profundamente instalada en la vida cotidiana. Las respuestas muestran una extraordinaria ambivalencia.Los adolescentes imaginaban tristeza, enojo, sensación de aislamiento y dificultades para mantenerse conectados con los demás. Alguno incluso describió el cambio como una especie de "choque cultural". Pero, al mismo tiempo, aparecía la expectativa de una vida más tranquila, menos estresante, más libre de la presión de saber permanentemente qué estaban haciendo los otros.
Los investigadores encontraron así algo parecido a una trayectoria de adaptación. Primero pueden aparecer resistencia, irritación, malestar o sensación de pérdida. Después comienza la búsqueda de nuevas rutinas. Y, finalmente, aquello que inicialmente resultaba extraño puede convertirse en una nueva normalidad, un descubrimiento de nuevas actividades que pueden hacerse sin tecnologías. Pero para ello, hay que atravesar el momento de vacío y la pregunta: ¿qué hago ahora? Las generaciones analógicas conocen esa sensación y ya han (hemos) experimentado un abanico de posibilidades. Ante el aburrimiento hay que inventar. Buscar a alguien. Abrir un libro. Dibujar. Salir. Caminar. Construir algo. Conversar. Mirar. Esperar. Incluso permanecer un rato sin hacer nada. Pensar. Imaginar. Inventar.
La pantalla ofreció una alternativa extraordinariamente eficaz: frente a cualquier vacío aparece inmediatamente un estímulo nuevo. Por eso disminuir su presencia puede implicar mucho más que modificar un hábito tecnológico. Significa recuperar una experiencia psicológica que habíamos empezado a expulsar de la infancia: el tiempo no ocupado. Y tendremos que aceptar que esa recuperación puede producir incomodidad.
No alcanza con cerrar la puerta digital
Probablemente aquí se encuentre el mayor desafío para las familias. La "nueva niñez" no será una generación sin tecnología. Sería absurdo imaginarlo. Será, quizás, la primera generación para la cual, después de una etapa de digitalización casi ilimitada de la infancia, los adultos comienzan deliberadamente a volver a introducir límites, demoras y discontinuidades. Y poner límites implica asumir una responsabilidad que va mucho más allá de guardar un teléfono en un cajón, sino que seguramente este paso impacte en la organización familiar: acompañar a niños y adolescentes a descubrir cómo transitar el mundo, involucrarse, hacer, interactuar con otros de otra manera. La transición no será necesariamente sencilla. Para muchos adolescentes, las redes no son únicamente entretenimiento: allí conversan, construyen identidad, conocen lo que sucede entre sus pares y encuentran pertenencia. Pretender que abandonen ese espacio sin experimentar enojo, resistencia o sensación de pérdida sería desconocer la importancia que adquirió en sus vidas. Pero acompañar esa incomodidad forma parte de educar.