Por Mario Alfredo Luna- Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal
Por Mario Alfredo Luna- Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal
El reciente pacto petrolero suscrito entre la administración estadounidense y el gobierno de Venezuela, liderado por la presidenta Delcy Rodríguez, representa la partida de defunción ideológica del paradigma antiimperialista en la región. Para quienes analizamos el derecho público en América Latina, este acuerdo expone el momento exacto en que un modelo entrega como moneda de cambio aquello que durante un cuarto de siglo calificó como el núcleo sagrado e innegociable de su nación: la soberanía energética.
El quiebre del dogma y el "Coronel" de Macondo
En 2007, Hugo Chávez expulsaba a las corporaciones extranjeras bajo la bandera de la "Soberanía Hidrocarburífera Plena". Hoy, al otorgar a Washington el control operativo y comercial sobre 17 yacimientos estratégicos en la Faja del Orinoco (65.000 millones de barriles), la gestión de Rodríguez desmantela su propio dogma. Lo que otrora se denunciaba como "neocolonialismo", hoy se maquilla de "alianza estratégica".
Evocando la metáfora de Gabriel García Márquez, asistimos al drama de un modelo que, al igual que el viejo coronel de Macondo, pasó décadas esperando una mítica pensión —la de la emancipación revolucionaria— que jamás llegó. Ese nacionalismo dogmático se ha quedado solo; el "coronel" de la retórica antiimperialista ya no tiene quien le escriba, y sus cartas ideológicas han sido reemplazadas por fríos contratos de concesión.
La alerta regional: el espejo de Bolivia
Este colapso es una alerta unánime para toda la izquierda en Latinoamérica. Lo que hoy presenciamos en Venezuela es el mismo libreto de la capitulación ejecutado en Bolivia, donde el modelo estatista terminó asfixiado por dos variables letales:
-Desinversión tecnológica: Una parálisis técnica que secó los campos de exploración.
-Crítico desbalance fiscal: Un escenario donde los ingresos reales quedaron drásticamente por debajo de los descomunales gastos fijos destinados al asistencialismo clientelar.
Pemex y Petrobras: dos caminos opuestos
Para comprender la raíz del problema, basta contrastar los dos modelos organizativos predominantes en la región:
-Pemex (México) - El estatismo cerrado: Su estructura 100% estatal y monopólica la convirtió en una de las petroleras más endeudadas del mundo. Ante la caída de la producción, hoy recurre desesperadamente a contratos mixtos privados, demostrando que el estatismo absoluto es insostenible sin inyección de capital externo.
-Petrobras (Brasil) - El pragmatismo mixto: Diseñada como una sociedad de economía mixta de capital abierto, convive directamente con el capital transnacional en las bolsas del mundo. Esto la obligó a mantener estándares estrictos de gobernanza corporativa y tecnología de punta. Hoy es la empresa con mayor valor de mercado de la región.
El eterno retorno del antecedente argentino
Para los argentinos, este patrón de contradicción entre el discurso de barricada y la urgencia financiera resulta tristemente familiar:
-Juan Domingo Perón (1955): El mismo líder que constitucionalizó la soberanía económica debió ceder tierras en Santa Cruz a la California Argentina (subsidiaria de Standard Oil) para frenar el drenaje de divisas.
-Carlos Menem (Años 90): El justicialismo viró hacia la privatización total de YPF, vendiendo los activos al capital extranjero en pos de caja financiera inmediata bajo el argumento del déficit estatal.
-Cristina Fernández de Kirchner (2013): Solo un año después de expropiar YPF bajo una épica narrativa nacionalista, ese esquema de gobierno chocó con la muralla de la desinversión técnica en Vaca Muerta. El resultado fue un traumático giro pragmático: la firma de un acuerdo con la estadounidense Chevron, plagado de cláusulas secretas.
Sincerar la retórica frente al capital global
Buscar una convergencia con el capital internacional o transicionar hacia un criterio de capital abierto no es intrínsecamente malo; al contrario, es la vía idónea para evitar que las industrias clave se estrangulen bajo el dogma de un nacionalismo ciego. El verdadero problema en los casos de Argentina o Venezuela radica en los vicios de origen de esa convergencia: el secretismo contractual que erosiona la seguridad jurídica, y la capitulación por asfixia, ejecutada como un "manotazo de ahogado" cuando las cajas públicas ya están vacías y se pierde toda capacidad de negociación.
De cara al futuro, si las fuerzas de izquierda pretenden volver a ser una opción viable de gobierno, deben generar una explicación honesta, realista y transparente sobre cómo será su relación con la inversión extranjera que ya está enterrada y la que puede venir a futuro. Ya no hay margen para la hipocresía política de agitar banderas antiimperialistas en campaña para terminar entregando yacimientos en las oficinas de las multinacionales cuando las finanzas colapsan.
Los países del siglo XXI no se gobiernan con mitos inflexibles. Si insisten en la cerrazón, terminarán como el personaje de Gabo: sumidos en la penuria, devorados por el olvido y respondiendo con la más cruda de las exclamaciones ante el hambre del pueblo. La gobernanza moderna exige realidades, instituciones fuertes, previsión técnica y un sincero marco de convivencia con el flujo de capitales globales.