Por Carlos Salvador La Rosa - Sociólogo y periodista
Javier Milei, el Cristóbal Colón de las Pampas
El presidente Javier Milei aterrizó en Madrid el martes 20 de octubre de 2026. Una semana antes, el 12 de octubre, celebró en la Argentina el día en que España "descubrió" América, ya que eliminando esa denominación que él considera "woke" y "comunista" como "Día del Respeto a la Diversidad Cultural", la gestión Milei volvió a llamarlo "Día de la Raza" justificando del siguiente modo el regreso al nombre anterior: "Colón se encontró con un mundo sumido en la barbarie y gracias a su liderazgo pudo establecer las primeras estructuras sociales y políticas fundamentadas en el derecho, la fe cristiana y los valores occidentales. De esta manera, promovió el orden y sentó las bases del progreso en el nuevo mundo y así la civilización prevaleció sobre el salvajismo".
Con una lógica similar a esa antigualla por la que volvemos al perimido concepto de razas superiores e inferiores, cultas y bárbaras, obviando toda referencia a la integración cultural entre América y Europa que es la única síntesis histórica racional que se debe hacer hoy, el presidente Milei decidió, 534 años y 1 semana después del 12 de octubre de 1492, realizar el viaje inverso. Porque ahora no se trató de los españoles descubriendo al nuevo mundo, sino de Javier Milei, quien, al modo de un revivido Cristóbal Colón, pero al revés, viajó al viejo mundo para intentar conquistarlo con sus ideas libertarias supuestamente civilizatorias frente a la decadencia indeclinable de una Europa woke copada por los musulmanes. Como diciendo: "Ahora los civilizados somos nosotros y los que cumplen el papel de los bárbaros indígenas aborígenes con que se encontró Colón, son los salvajes europeos, que, particularmente en España, la Madre Patria, son liderados ya no por los continuadores de la Reina Isabel la Católica sino por sus negadores absolutos, por los representantes del antiCristo que tienen en el presidente Suárez a su expresión fundamental".
El problema es que a España no lo invitó nadie, no siquiera sus amigos del PP ni los de Vox, ni tampoco el Rey. Es que ninguno de ellos quería que fuera porque todos lo consideran piantavotos en esta ocasión. Su íntimo amigo de Vox, Santiago Abascal, se borró aduciendo "compromisos contraídos con anterioridad". El candidato del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, no sólo se negó a recibirlo, sino que lo criticó públicamente por su lenguaje soez. Y conste que Milei viajó a la Madre Patria para apoyar la candidatura de ese hombre de la derecha contra la del actual presidente izquierdista Pedro Sánchez. Apenas lo recibió, por compromiso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, con más pena que gloria.
Así, toda la "decadente" España rechazó el intento del nuevo Cristóbal Colón americano, de ayudarla a recuperar sus valores occidentales ilustrados. Las milenarias civilizaciones americanas aborígenes en 1492 trataron mucho mejor a Colón que lo que la civilización hispana trató a Milei, incluyendo hasta sus mejores amigos.
Después de este papelón internacional, Javier Milei debería pensar hacer algunos ajustes en su política exterior porque eso de querer apropiarse de todos los triunfos de la derecha por el mundo tiene patas cortas. El presidente argentino es el efecto y no la causa de esta tendencia de época. Si gana Bolsonaro y pierde Lula, si gana el PP y pierde el PSOE, no se deberá en ninguno de los casos al proselitismo de Milei, aunque él pretenda adjudicarse los éxitos ajenos.
El presidente Donald Trump está embelesado con Javier Milei. Eso es verdad, pero para Trump, como es lógico, su país es más importante que cualquier presidente extranjero, por más aliado suyo que sea. Eso es lo que no entendió Milei cuando Trump insinuó que con él Estados Unidos podría rever su apoyo tradicional hacia Inglaterra en el conflicto con Malvinas y, en una de esas, apoyar a la Argentina en su reclamo. Trump insinuó eso para apretar a Andy Burnham, el primer ministro del Reino Unidos para que lo apoye en su loca guerra contra Irán. El apriete funcionó, Burham negoció con Trump y desde ese día el presidente norteamericano se olvidó completamente de que las Malvinas son argentinas.
Sin embargo, en el interín de la negociación entre Estados Unidos y Reino Unido, Javier Milei, al modo de un nuevo Ulises con el sitio de Troya (como nos explayamos en un artículo anterior) armó su propio sitio de Malvinas e intentó aislar económicamente a las Islas del mundo. La paradoja es que los primeros que se quejaron de eso fueron sus aliados, Estados Unidos y Chile, que tienen negocios con los kelpers. Y entonces, de hecho, el sitio quedó roto. El de Ulises en Troya duró diez años y fue triunfal. El de Milei con Malvinas duró un par de semanas y va camino a ser un colosal fracaso.
En fin, todas estas pavadas de creerse un Ulises o un Colón americanos y actuar en consecuencia, son propias de una política exterior que privilegia la ideología del que preside el gobierno de turno por sobre los intereses nacionales permanentes del país que conduce. Los trumpistas o los de Vox comparten ideológicamente casi todo con Milei, pero cuando éste cree que eso alcanzará para que renuncien a sus intereses nacionales por tales afinidades conceptuales, no está entendiendo nada de política en general y absolutamente nada de política exterior.