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REFLEXIONES POLÍTICAS

La seducción por la barbarie

Por Carlos Salvador La Rosa 16 de agosto de 2026 - 04:00

Por Carlos Salvador La Rosa - Sociólogo y periodista

Civilización y barbarie no son dos almas argentinas separadas, son -desde siempre- las dos caras de la única alma de los argentinos. Aún en distintas proporciones, todos tenemos una parte de una y de la otra, a veces de maneras casi indistinguibles. Es uno de nuestros más graves problemas culturales al que difícilmente podamos superar porque ya está muy dentro de nosotros. Deberemos convivir con él y controlarlo. Hasta que quizá con el tiempo….

No obstante, hubo un avance importante durante los primeros años de la democracia, desde 1983 hasta el inicio del siglo XXI.

En la era Alfonsín se democratizó la política. La república democrática pasó a ser el único sistema político existente de allí en más, al cual sus enemigos ya no buscarían reemplazarlo por otro.

En la era Menem se democratizaron todos los políticos. Al caer el muro de Berlín y la URSS, los políticos y economistas de ideología liberal que antes defendían los gobiernos militares (e incluso formaban partes de ellos) fueron dejando de lado la defensa de los autoritarismos y terminaron de democratizarse definitivamente con el macrismo.

Del mismo modo, los que defendían las ideologías totalitarias del otro signo, al quedarse sin la URSS que implosionó y sin la China, que después de Mao se hizo capitalista, se transformaron en "progresistas", que en los años 90 fue la denominación de los izquierdistas que aceptaban renovar sus ideas adaptándolas a la democracia liberal, renunciando a la violencia revolucionaria para la toma del poder (como los liberales renunciaron a apoyar el golpe militar).

Así, en los años 90 los liberales ex golpistas se incorporaron a la democracia vía el menemismo que los sumó a su gobierno, y los progresistas ex revolucionarios se incorporaron a la democracia denunciando la corrupción del menemismo.

Sin embargo, todo cambió con los Kirchner porque los progresistas que durante el menemismo fueron los principales críticos de la corrupción en democracia, con el kirchnerismo dejaron de atacar a la corrupción porque la practicaba un gobierno que defendía sus ideas. Según lo reconoció el mismo Néstor Kirchner, sabedor de que los principales críticos de la corrupción eran de izquierda, se convirtió a sus ideas, se hizo discursivamente como ellos, y de ese modo neutralizó la crítica de los progres a su corrupción, quizá la más grande -cuantitativamente hablando- de la historia argentina.

Igual que lo que les pasó a los progres cuando la corrupción se practicó desde gobiernos con ideologías de izquierda, le está pasando ahora a los liberales que se quedan callados cuando el mileismo, porque económicamente sostiene las propuestas que éstos siempre defendieron, adopta en lo político y cultural ideas populistas por derecha o sigue dividiendo a la sociedad entre amigos y enemigos. Para citar solo los dos grandes últimos casos concretos, Milei apoya denodadamente a indefendibles como Adorni (cuyas sospechas de corrupción son bastante más que sospechas) o en nombre de sus intereses exclusivamente partidarios, el presidente libertario produce entre la Argentina y Brasil un conflicto de gravedad inusual. Por si fuera poco, el biógrafo del presidente, Nicolás Márquez, reivindica a los golpistas del 76 con lo cual la democratización del liberalismo sufre un grave retroceso, cuando vuelve a tolerar en sus filas a defensores de los golpistas y genocidas. Para colmo, además de Márquez, los militantes de las redes sociales que apoyan a Milei (la mayoría cuadros políticos del asesorísimo Santiago Caputo) defienden ideas antidemocráticas, lindando con el fascismo.

Pero lo peor no son esas actitudes cavernícolas gestadas por dinosaurios políticos, sino que muchos liberales y republicanos auténticos devienen bárbaros ante todo esto, como los progresistas se rindieron ante la corrupción kirchnerista.

Es muy difícil de explicar intelectual y éticamente como gente decente, seria y con claros principios republicanos y democráticos, de un lado y del otro, primero toleran como mal menor, pero de a poco van justificando, luego explicando y finalmente defendiendo a las aberraciones de los gobernantes que ideológicamente piensan como ellos solo porque piensan como ellos.

Desde que comenzó el siglo XXI, la izquierda violenta y la derecha golpista, que -mayoritariamente- se habían democratizado a partir de 1983, volvieron a reivindicar con nuevos modos sus viejas ideas al apoyar a los líderes populistas que aparecieron por izquierda y por derecha. Otra vez se dejaron seducir por la barbarie. Desde que comenzó el siglo XXI, la izquierda violenta y la derecha golpista, que -mayoritariamente- se habían democratizado a partir de 1983, volvieron a reivindicar con nuevos modos sus viejas ideas al apoyar a los líderes populistas que aparecieron por izquierda y por derecha. Otra vez se dejaron seducir por la barbarie.

Los progresistas kirchneristas y los liberales mileistas no parecen ni quieren entender que la mejor forma de ayudar al que vós defendés ideológicamente porque supuestamente comparte tu modo de pensar, es criticar incluso más duramente que los opositores, todo lo que tu líder dice o hace que no sea coherente con las conductas que vós considerás como las correctas. Es que cuando se impone la seducción por la barbarie, el silencio primero, la justificación después y finalmente la defensa de lo indefendible, terminan ganando.

Mientras esto siga así, la política seguirá siendo una lucha entre dos extremos que, aunque se odien y se consideren uno la antípoda del otro, en los hechos se tocan conceptual y prácticamente en un millón de cosas, mientras que los moderados de un lado y del otro -que no toleran ni la corrupción k ni los insultos ni las desviaciones antirrepublicanas mileistas- o se disgregan o forzados terminan votando a un extremo o al otro como el mal menor. Con lo cual el eterno retorno está asegurado por siempre jamás.

En síntesis, como lo pronosticó Sarmiento, la Argentina y los argentinos jamás podrán salir de su decadencia mientras en vez de superar la barbarie con la civilización, consideren a la civilización y a la barbarie como dos partes complementarias de su alma nacional.

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