POLÍTICA INTERNACIONAL

Paraguay: espejismos de 2001

Por Rodrigo Metola San Nicolás 8 de noviembre de 2026 - 04:00

Por Rodrigo D. Metola San Nicolás - Abogado y docente universitario

Las crisis económicas rara vez comienzan en los mercados y casi nunca terminan en los bancos. Su verdadero impacto se mide en otro terreno: la confianza. Lo que hoy sucede en Paraguay, con una crisis financiera que derivó en una profunda conmoción política e institucional, vuelve a demostrar una verdad que América Latina conoce demasiado bien: las economías pueden sobrevivir a los errores, pero las democracias sufren cuando la ciudadanía deja de creer en quienes las conducen.

La intervención de Ueno Bank, una de las entidades financieras de mayor crecimiento en Paraguay, provocó una reacción en cadena que trascendió rápidamente el ámbito económico. Millones de usuarios vieron afectado el acceso a sus cuentas y ahorros, mientras crecían las sospechas sobre la actuación de organismos de control y sobre posibles responsabilidades políticas. El escándalo terminó alcanzando al propio presidente Santiago Peña, quien presentó su renuncia en medio de una fuerte presión institucional y de un proceso de juicio político impulsado desde el Congreso.

Más allá de las particularidades del caso paraguayo, lo sucedido invita a una reflexión de alcance regional. Durante años, América Latina ha debatido cómo fortalecer sus economías, atraer inversiones y generar estabilidad macroeconómica. Sin embargo, muchas veces se olvida que ningún indicador financiero puede sostenerse por mucho tiempo si las instituciones pierden credibilidad.

Los ciudadanos depositan su dinero en un banco porque confían en el sistema. Los inversores colocan capital porque confían en las reglas. Los trabajadores realizan aportes previsionales porque confían en que sus fondos serán administrados con responsabilidad. Cuando esa confianza se resquebraja, la crisis deja de ser económica para transformarse en política y social.

Resulta revelador que las repercusiones hayan sido tan rápidas y profundas. La caída de una entidad financiera no sólo puso en discusión mecanismos de supervisión bancaria, sino que abrió interrogantes sobre la relación entre el poder político y determinados sectores económicos. Y cuando la sociedad percibe que quienes deben controlar aparecen demasiado cerca de quienes deben ser controlados, la sospecha se convierte en indignación.

La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos. Gobiernos fuertes han caído por escándalos que inicialmente parecían menores. Administraciones con buenos números económicos han perdido legitimidad cuando la ciudadanía comenzó a percibir privilegios, favoritismos o falta de transparencia. En ese sentido, Paraguay no enfrenta únicamente una crisis financiera. Enfrenta una crisis de credibilidad.

Lo verdaderamente preocupante es que la confianza constituye uno de los activos más difíciles de reconstruir. Un banco puede recapitalizarse. Un gobierno puede reorganizarse. Incluso una economía puede recuperarse después de una recesión profunda. Pero recuperar la credibilidad pública demanda años de conducta consistente, transparencia y rendición de cuentas.

Las instituciones democráticas se fortalecen precisamente en momentos como éste. No cuando todo funciona correctamente, sino cuando aparecen los problemas y los mecanismos de control son puestos a prueba. La independencia de la justicia, la actuación de los organismos reguladores, la responsabilidad de la dirigencia política y el respeto por los procedimientos constitucionales son los elementos que determinan si una crisis se convierte en una oportunidad de fortalecimiento o en el inicio de un proceso de deterioro.

Los paraguayos enfrentarán en los próximos meses el desafío de recuperar la normalidad económica y política. Será una tarea compleja. Los paraguayos enfrentarán en los próximos meses el desafío de recuperar la normalidad económica y política. Será una tarea compleja.

También existe una enseñanza para el resto de la región. Ningún país está inmunizado contra la pérdida de confianza. La estabilidad no puede darse por sentada. Requiere vigilancia permanente, controles eficaces y dirigentes conscientes de que la legitimidad se construye todos los días. Cuando el vínculo entre la ciudadanía y las instituciones se debilita, las consecuencias terminan alcanzando a todos.

Los paraguayos enfrentarán en los próximos meses el desafío de recuperar la normalidad económica y política. Será una tarea compleja. Pero el verdadero objetivo no consistirá solamente en restablecer servicios financieros o garantizar la estabilidad gubernamental. El desafío central será reconstruir la confianza de una sociedad que ha visto cómo una crisis bancaria podía transformarse, en cuestión de días, en una crisis nacional.

Porque al final del camino, las naciones no se sostienen únicamente sobre sus recursos, sus presupuestos o sus reservas monetarias. Se sostienen sobre algo mucho más valioso: la convicción de sus ciudadanos de que las instituciones funcionan, que las reglas son iguales para todos y que quienes ejercen el poder actúan en beneficio del interés general. Latinoamérica ha aprendido una y otra vez que la riqueza de una nación no se mide sólo por lo que guarda en sus bancos, sino por la confianza que conserva en sus instituciones.

Seguí leyendo