El próximo 8 de diciembre de 2015 se cumplirán los 50 años de conclusión del Concilio Vaticano II. El Papa Francisco ha querido hacer coincidir esta fecha con la apertura del Año Santo de la Misericordia. Por ello es que ese día, fiesta de la Inmaculada Concepción, el Obispo de Roma abrirá la Puerta de la Misericordia, "a través de la cual cualquiera que entrara podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza”, como él mismo lo afirma. El domingo siguiente, que será el tercer domingo de Adviento, Francisco abrirá la puerta Santa en la Catedral de Roma, que como sabemos no es la Basílica de San Pedro sino la de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirán las Puertas santas de las catedrales del mundo y si así lo dispone el obispo de cada lugar, en algunos Santuarios donde hay afluencia espontánea de fieles.

Detengamos la mirada en el significado del Concilio Vaticano II. La realización del mismo es el mayor acontecimiento de la Iglesia en el siglo XX. Similar a aquél de Trento en 1547 después de las embestidas de Martín Lutero.

Ha habido 21 concilios en la historia del cristianismo, desde aquél primero de Jerusalén en el año 51, pasando por el significativo de Nicea del 325, hasta el que de hoy nos ocupamos.

La propuesta de renovación eclesial del Concilio sigue siendo una "brújula segura” (Juan Pablo II, Novo Millenium Ineunte nº 57). Benedicto XVI dijo hace unos años que el Concilio debe "llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia” (Porta Fidei nº 5).

La intuición fundamental de Juan XXIII era que el Concilio se ocupase de la Iglesia en toda su realidad.

Decía el Cardenal Jorge Mejía que examinar la Iglesia equivalía a proponer una reforma. Y dicha reforma iba en la línea de devolverle una mayor fidelidad y vida en Cristo, mirar el espejo luminoso de los orígenes y el modus vivendi de las primeras comunidades cristianas.

El quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II (1962-1965) es motivo de celebración, y por eso el Año Santo de la Misericordia, pero también de reflexión sobre la recepción y aplicación de los documentos conciliares.

Ante todo, no parece inútil recordar que la intención pastoral del Concilio no significa que éste no sea doctrinal. Y la doctrina se orienta a la salvación; su enseñanza es parte integrante de la pastoral. Además, en los documentos conciliares es obvio que existen muchas enseñanzas de naturaleza puramente doctrinal: sobre la Revelación divina, sobre la Iglesia, etcétera. Como escribió el beato Juan Pablo II, "con la ayuda de Dios, los padres conciliares, en cuatro años de trabajo, pudieron elaborar y ofrecer a toda la Iglesia un notable conjunto de exposiciones doctrinales y directrices pastorales” (Constitución Apostólica Fidei depositum, 11-X-1992).

El Concilio Vaticano II no definió ningún dogma, en el sentido de que no propuso mediante acto definitivo ninguna doctrina. Sin embargo, el hecho de que un acto del Magisterio de la Iglesia no se ejerza mediante el carisma de la infalibilidad no significa que pueda considerarse "falible” en el sentido de que transmita una "doctrina provisional”. Toda expresión de Magisterio auténtico hay que recibirla como lo que verdaderamente es: una enseñanza dada por los Pastores que, en la sucesión apostólica, hablan con el "carisma de la verdad” (Dei Verbum, n.8). "revestidos de la autoridad de Cristo” (Lumen gentium, n. 25), "a la luz del Espíritu Santo” (ibid).

Las enseñanzas doctrinales del Concilio requieren de los fieles el grado de adhesión denominado "religioso asentimiento de la voluntad y de la inteligencia”. Un asentimiento "religioso”, por lo tanto no fundado en motivaciones puramente racionales. Tal adhesión no se configura como un acto de fe, sino más bien de obediencia no sencillamente disciplinaria, más enraizada en la confianza en la asistencia divina al Magisterio y, por ello, "en la lógica y bajo el impulso de la obediencia de la fe” (Instrucción Donum veritatis, 24-V-1990, n.23). Esta obediencia no constituye un límite puesto a la libertad; al contrario, es fuente de libertad. Las palabras de Cristo: "Quien a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 10,16) se dirigen también a los sucesores de los Apóstoles; y escuchar a Cristo significa recibir en sí la verdad que hace libres (cfr. Jn 8,32).

Ha pasado medio siglo desde la conclusión del Concilio Vaticano II, y en esas décadas se han sucedido 4 Pontífices en la cátedra de Pedro. Los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio vivo de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado. Releer el Concilio, con Francisco, es respirar de nuevo el aire puro de la fe que alienta nuestro camino.