
De pronto el corso se puso traje de cuento. Por el centro de la calzada la noche encendió los ojos de los niños y sorprendió a los mayores. Como rodando victoriosos por las venas del carnaval inaugurado, simples y fantásticos, el grupo de muñecos se adueña de la calle.
Redondos, cabezones, rebosantes de colores e ilusiones, como empujados por el viento tibio, imágenes de historietas, fábulas y leyenda, se nos tiraban al alma estos sueños hechos muñecos de Desgens.
Desde el año 1944, cuando don Orestes Desgens, hombre bueno, soñador y talentoso imaginó un instante de fantasía para homenajear a la belleza, los Muñecos de Desgens se largaron por nuestra provincia.
Con nuestros corsos ellos se fueron. Como un titiritero, don Orestes fue el único capaz de dotarlos de espíritu y enseñarles vuelo. Puso en el carnaval y en fiestas importantes su alma, atada a estos hijos de sus entrañas generosas de fantasía. La Secretaría de Turismo de la Provincia les dio en su momento un reconocimiento merecido al declararlos de interés turístico provincial.
Siempre me pregunté qué musas extrañas y compulsivas de luz pasan por el alma de un diseñador de muñecos; qué fuego sagrado portan sus manos, cuando los pone en la vida por la simple iluminación de dar alegría a los demás.
Para darle sueños a los sentimientos de un San Juan tan castigado pero erguido, ahí no más, por los arranques de Trinidad, calle Lavalle, hacia la imagen de un "sur” que siempre nos atropella con sus utopías y carencias, pero que en este caso también resplandece por su obra, en un taller modesto de una casa humilde y de pecho generoso, Don Orestes Desgens hospedó para su merecida gloria un nutrido grupo de corazones de mimbre, trapo y papel engrudado, que fue capaz de resucitar por las noches y desvelar los duendes perezosos de nuestro carnaval y las fiestitas de los chicos.
Una vez le pregunté para quien fueron pensados estos personajes, y me contestó que para los niños; pero, con cierta amargura, señaló que hoy advertía que los niños, cuando pasan los seis años de edad, pareciera que dejaran la infancia abandonada a un costado y se interesaran más por códigos menos amables.
Más allá de todo, un hombre prodigioso y bueno, que a los seis años preguntó a otro hacedor de muñecos cómo se fabricaban y éste le respondió con evasivas, en una casa humilde de nuestro sur inicial sigue desde la eternidad sosteniendo lo inderogable, porque la felicidad es un instante de fantasía en el corazón de un niño.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.
