
Somos seres sociales por naturaleza, dirá el dato antropológico. Para el humano, vivir es convivir y no puede desplegar su proyecto existencial si no es junto a otros. Sin embargo, pasamos gran parte de nuestro tiempo alejando a las demás personas de nuestra vida. Sin darnos cuenta, un día dejamos de construir puentes para convertirnos en arquitectos de barreras que separan. Varias son las razones. Me detendré en una de ellas, tal vez una de las que más nos incomodan. Me refiero a la tendencia de juzgar permanentemente a los otros. Hay quienes llegan al extremo de convertirse en policía de la moral ajena.
Borrando a la persona
Con la mirada puesta en detectar caídas, faltas, yerros, nos perdemos el lado luminoso de la vida, de la vida del otro. Sus aciertos y sus logros desde el punto de vista del crecimiento personal, quedan opacados ante los ojos de quienes escrutan moralmente la vida de los demás, desde una pretendida superioridad ética. Porque en realidad, la raíz de estos juicios, casi siempre apresurados, proceden de un solo lugar: la soberbia. Cuando digo "apresurados", me refiero al hecho de que generalmente juzgamos lo visible de una persona: una opinión vertida, un hecho, una decisión tomada. Pero desconocemos su historia de vida, sus sentimientos y sus circunstancias. Cuando juzgo, me concentro en el hecho que califico y me olvido de la persona. Priorizo la condena y el rostro de mi hermano se torna cada vez más borroso. A veces pienso que nos resultaría más difícil juzgar o condenar a alguien, sí conociésemos algo de su historia.
¿De quién hablo cuando juzgo?
Al momento de juzgar a los demás, hablo más de mí que de aquel a quien juzgo. Quien juzga, se define a sí mismo. En primer lugar, porque al hacerlo pone en juego su organismo moral. Reprueba o descalifica las opiniones y conductas ajenas, conforme a sus principios, convicciones, valores y a su propia experiencia moral. También es cierto que al concentrar nuestro tiempo y esfuerzo en juzgar tan rígidamente a otros, puede estar hablando más de nuestras propias carencias e inseguridades que las del otro. Por alguna razón me molesta tanto aquello que condeno con tanta obsesión.
Comprender no es convalidar
Comprender al otro es la capacidad para escuchar, prestar atención y ponerse en su lugar. Esa capacidad llamada también empatía, nos permite entender el universo emocional del otro, pero no desde nuestro lugar o punto de vista, sino desde su realidad. Empatizar es saber escuchar, contener y dar apoyo al otro. Pero no se trata de decirle lo que haríamos en su lugar ni obligarle a pensar distinto. Debemos tener claro que no se trata de uno, se trata del otro. Ese es el desafío. Pero empatizar no es convalidar. Evitar juzgar a alguien no implica estar de acuerdo con todo lo que dice o hace. Empatizar es salirme de mi para llegar a ti. Nada más alejado del juzgar, donde el centro sigo siendo yo y mis principios, yo y mis emociones. Claro que el otro me interpela. A mayor diferencia en las convicciones, mayor es la interpelación. Pero cuando una persona está segura de sus valores y creencias, no teme abrirse al que piensa distinto. Vuelvo al dato antropológico que nos define: somos seres por otros y junto a otros. Y como dice la frase atribuida a Martin Luther King: "Debemos aprender a vivir juntos como hermanos o perecer juntos como necios". Es nuestra decisión.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
