Medio siglo atrás. Dos hombres en una cápsula guiada por una computadora de 30 Kg pisaron por primera vez la Luna y captaron imágenes sin precedentes. La Tierra se veía como un punto azul.


La llegada del hombre a la Luna fue el resultado de la competencia internacional, en el marco de la Guerra Fría que enfrentaba a EEUU y la Unión Soviética, para mostrar cual de los dos modelos era el más exitoso, si el de las democracias occidentales, liderado por Washington, o el de los regímenes comunistas, encabezado por Moscú. El ganador adquiriría un prestigio que se convertiría, al decir de los teóricos en relaciones internacionales Robert Keohane y Joseph Nye, en soft power, un poder blando.

Esta competencia, que en un inicio encabezaron los soviéticos colocando el primer hombre en el Espacio, el cosmonauta Yuri Gagarin, obtuvo como respuesta el desarrollo del "Programa Apolo", por parte de los EEUU, que llevó al hombre a la Luna, pero que desató la aparición de una geopolítica del espacio exterior.

A partir de esta carrera, y sobre todo en los últimos años, distintos intelectuales se plantearon como concebir esa geopolítica para el espacio exterior, complejizada por la aparición de nuevos actores y de nuevas amenazas. El saudí Nayef al-Rodhan propone conciliar la competencia y los intereses de los Estados nacionales en el espacio exterior con la necesidad de que ese lugar sea conservado como un espacio común, un "global commons", ya que les pertenecería a todos. Al-Rodhan entiende que estamos en presencia de una nueva carrera espacial, esta vez entre los EEUU y China, pero que está acompañada por la aparición de actores recién llegados, como lo son una serie de empresarios que están experimentando y promoviendo los viajes espaciales privados, y la aparición de nuevos desafíos, como por ejemplo qué hacer con la chatarra espacial para la preservación del espacio exterior, considerado vital para la tierra.

Fue la aparición de multimillonarios como Elon Musk, fundador de la empresa espacial SpaceX, Jeff Bezos, de la empresa Blue Origin, Richard Branson, de Virgin Galactic y el cofundador de Microsoft, Paul Allen, de Vulcan Aerospace, lo que abrió la posibilidad de desarrollar el negocio del transporte de pasajeros y de cargas aeroespacial. Si bien las dos primeras empresas mencionadas son las más importantes y han logrado un mayor desarrollo, han manifestado intereses diferentes. Mientras SpaceX planea viajes espaciales que le permitan colonizar Marte, Bezos, el CEO de Amazon, intenta armar en la órbita terrestre baja, donde habitan la mayoría de los satélites, una infraestructura para uso comercial y de transporte para proveer servicios al propio gobierno de EEUU con cohetes reutilizables y, en lo posible, de bajo consumo.

A este fenómeno hay que sumarle la privatización del mercado de los satélites, con empresas como Planet Labs, propietaria de la constelación de satélites de observación de la tierra "Flock", y OneWeb, actual dueña de la constelación de satélites "World-Vu" que provee servicios de internet. Otras empresas claves son Iridium Communications, propietaria de la constelación "Iridium-NEXT", que proporciona conexión a los teléfonos satelitales, y la europea SES SA, que es propietaria de satélites de comunicaciones -ha adquirido la constelación "O3b" desarrollado por la empresa OneWeb- pero que además opera satélites de muchos otros países y ofrece servicios de backhaul, telecomunicaciones, conectividad de banda ancha y operación de telefonía móvil.

Actualmente, y como la globalización llegó al Espacio, Planet Labs adquirió en 2015 la empresa alemana Black Bridge y su constelación de satélites RapidEye y, en abril de 2017, absorbió la compañía Terra Bella de Google y su constelación de satélites SkySat, adquiriendo Google una participación equivalente en la empresa. Al presente, Planet Labs ya ha puesto en órbita alrededor de 300 satélites, posee una capacidad instalada en la ciudad de San Francisco para fabricar 40 satélites de la serie Dove a la semana, desarrolla modelos de naves espaciales para poner sus satélites en órbita y tiene una base de lanzamiento propia en la península de Mahia en Nueva Zelanda.

La aparición del fenómeno de las constelaciones públicas y privadas de satélites, que dejan gran números de satélites fuera de servicio, más los restos de las naves que resultan de la exploración espacial que han realizado las grandes potencias, obligan a pensar en un plan para el manejo de la chatarra espacial que habita en la órbita baja de la Tierra. Se manejan distintas opciones, crear un especie de órbita cementerio, que los operadores de satélites -empresas o naciones- eliminen un satélite por cada nuevo que entre en servicio, hasta la posibilidad de implementar un sistema para desorbitar satélites y hacer en el mismo Espacio algún tipo de reciclaje de materiales.

Fue este año, justo 50 años después de la primera huella dejada por Neil Armstrong, el elegido para el regreso a la Luna. China, Israel e India pretendieron llegar al satélite natural y tuvieron suerte dispar. China logró, en el marco del "Programa Chino de Exploración Lunar", llevar adelante la misión Chang"e 4, la que, lanzada desde el Centro de Lanzamientos de Satélites de Jiuquan, produjo el alunizaje de un vehículo de seis ruedas llamado "Yutu 2", que investiga la superficie en el lado oscuro.

El caso israelí fue el primero que respondía a un emprendimiento público-privado. Se trataba de la empresa SpaceIL, que contaba con la colaboración de la estatal Israel Aerospace Industries -IAI-. Para concretar el proyecto se contrató a la empresa Space X, que lanzó el cohete Falcón 9 que transportaba la sonda Beresheet, Génesis en hebreo, que perseguía más objetivos simbólicos que científicos. La pretensiosa aventura no terminó bien. A pesar que deliberadamente se buscó el alunizaje en una zona que no ofreciese mayores dificultades en el lado oculto, como el "Mar de la Serenidad", una planicie con apenas pequeños cráteres, la sonda falló y se estrelló.

Los hindúes, mientras tanto, iban a lanzar el 15 de este mes la misión Chandrayaan-2, que contemplaba la participación de un vehículo pequeño que debía transitar la superficie lunar para extraer muestras de minerales, pero se suspendió por una falla técnica de último momento y se espera que su lanzamiento se realice en los próximos días.

De lo público a lo privado, de la competencia militar a los negocios, la exploración espacial ha acompañado el derrotero ideológico de los habitantes del planeta Tierra que han impuesto sus condiciones, a veces cuestionables, no sólo en su superficie, sino también en su espacio exterior inmediato.

Expectativa argentina

La NASA, la agencia espacial estadounidense, invitó a su par de Argentina, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae), a ser parte del programa Artemisa, la misión con la que se espera enviar a un hombre y una mujer a la superficie lunar en 2024. En marzo, el director de la Conae, el sanjuanino Raúl Kulichevsky, mantuvo una reunión con el administrador de la NASA, Jim Bridenstine, recordó el diario Perfil. Kulichevsky destacó el prestigio que la Conae ha ganado durante todos estos años. "Sabemos que podemos contribuir", dijo.

Impulsando "retos mayores"
Desde la plaza de San Pedro, el papa Francisco recordó ayer la llegada del hombre a la Luna hace cincuenta años y animó a lograr "retos aún mayores" pero centrados en el planeta Tierra, como la protección de los débiles o el cuidado del medioambiente.