En medio de la polémica que se abrió en torno a las propiedades del vino como alimento y por su valor terapéutico para algunas enfermedades, generada ante la posibilidad de que el Gobierno nacional aplique un nuevo impuesto al sector vitivinícola, conviene aclarar que los beneficios que otorga el hábito de consumir uva y sus derivados no son inmediatos y que los efectos se pueden comprobar únicamente a largo plazo.


Llama la atención que en una provincia como la nuestra, donde la vitivinicultura ocupa un lugar preponderante dentro de su economía, no se haya puesto un mayor énfasis en la importancia que tiene el vino y otros derivados de la uva, en la salud de las personas.


Algunos profesionales de la salud siguen de cerca los estudios que se realizan en otras partes del mundo, con el objeto de aconsejar a sus pacientes el consumo de vino y uva en forma sistemática, dentro de determinadas terapias. Se han tomado muy en cuenta las investigaciones de la Fivin (Fundación para la Investigación del Vino y Nutrición) que es una entidad privada española, sin fines de lucro, creada en 1991 con el objetivo de dar a conocer los beneficios que, para la salud humana, tiene el consumo moderado de vino.


El origen de las cualidades de la uva y el vino las encontramos en los escritos de Oliver de Serres (autodidacta francés encargado de estudiar de manera científica las técnicas agrícolas), quien en 1600, en su Theatre de l'Agricultura, consignó que "después del pan, viene el vino, segundo elemento entregado por el Creador para la conservación de esta vida".


El Departamento de Agricultura de Oxford, en Mississippi, EEUU, concluyó que las uvas son ricas en antioxidantes, moléculas que combaten el daño producido en las células y el ADN por los radicales libres; la cardiopatía; el cáncer; la diabetes y hasta la degeneración cerebral. También puede actuar contra la obesidad y las enfermedades cardíacas, que se hallan entre las principales causas de muerte. Hablamos de la uva y sus derivados, porque así como es bueno el consumo de uva en fresco, en la misma medida lo es el de las pasas, jugos de uva y vinos. Actualmente, se aconsejan consumos medios de 300 mililitros (0,31 litros) por comida en los hombres y 200 mililitros (0,21 litros) en las mujeres, aunque hay casos de mayor tolerancia que pueden duplicar estos valores.


De acuerdo a investigaciones, las uvas tintas, y por lo consiguiente los vinos tintos, poseen una sustancia antioxidante llamada resveratrol, que es de fundamental importancia para la disminución del colesterol y otros lípidos del cuerpo. La uva forma parte de una importante lista de frutas y verduras entre las que se encuentran las espinacas, el coliflor, la zanahoria, el brócoli, el apio, la lechuga, el pepino, el maíz cocido y la remolacha. También las naranjas, pomelos, bergamotas, bananas, sandías, manzanas, frutillas duraznos y nueces. La mayoría de estos productos integran la denominada "Dieta Mediterránea+, en la que el aceite de oliva y el vino también ocupan un lugar muy especial.


Se ha llegado a determinar que el antioxidante denominado resveratrol, localizado en la uva y el vino, se destaca por proteger al corazón por su capacidad para ayudar a bajar el colesterol; consigue que la sangre sea menos espesa y se previene la formación de coágulos sanguíneos. Es más antioxidante que la vitamina E, y a través del polifenol ayuda a mantener la piel en buenas condiciones; es cicatrizante; cuida el cerebro por su contenido en vitamina B6 y es laxante y ayuda a bajar los niveles de colesterol en la sangre. Retarda el envejecimiento, es un remedio natural contra la fatiga, anemia, estrés físico y mental. Todo este cúmulo de virtudes es lo que lleva a plantear la necesidad de que ha llegado el momento de promover seriamente su valor terapéutico.


Hay que optimizar el consumo de nuestros vinos, apuntando a la calidad y no a la cantidad, y demostrando que el consumo responsable lo desvincula del alcoholismo, haciéndolo superior al resto de las bebidas alcohólicas.