
A propósito del aislamiento por la pandemia y del esfuerzo que están haciendo las instituciones educativas, recordé un episodio que me marcó profundamente. Hace varios años, mientras leía unos correos electrónicos, una de mis hijas me pidió usar la computadora, que en aquellos tiempos (como hoy), se había convertido en un recurso crítico en mi familia. Tenía que hacer un trabajo que le propusieron en el colegio. Me pidió ayuda y me dijo que tenía que escribir sobre la historia de la computación. Yo, con mí experiencia como docente, rápidamente me dirigí a mi nutrida biblioteca y luego de buscar durante algunos minutos entre tantos libros, encontré la enciclopedia sobre informática que había comprado hacía algunos años, pensando justamente en mis hijos. Pero cuando le llevé la información me dijo: "No, está bien…". "¿Qué está bien?" le pregunté con asombro. "Lo saco de Internet", me respondió. Me quedé perplejo unos minutos a su lado y ví cómo, con gran habilidad utilizaba Internet. Se vinculaba con varios sitios web y comenzaba a obtener una abundante información sobre el tema que se le había encomendado.
Así, en unos pocos minutos, armó una detallada descripción sobre la historia de la computación.
"Pero… eso es cortar y pegar", le dije. A lo que me respondió: "No, yo estoy elaborando lo que leo, le agrego algunos conceptos, le pego fotos e imágenes que ayudan a la lectura y al final le sumo una conclusión mía. Además, la forma en que coloco toda la información no la copio de ninguna parte. Papá: es mucho más creativo de lo que hubiera hecho con tu enciclopedia sobre informática".
Me quedé pensando profundamente lo que ella decía. Me preguntaba si esto era bueno o malo; si lo que hacía era correcto; si servía; si aprendía algo.
Enseguida vino a mi mente aquella frase: "No se puede pensar el futuro en estructuras que fueron diseñadas para repetir el pasado", y me sentí desafiado como docente.
Hoy, el aislamiento prolongado, nos ha obligado a recurrir a las nuevas tecnologías de la comunicación para sostener la actividad educativa. Pero corremos el riesgo de (parecido a lo que me pasó a mí en la anécdota anterior) intentar replicar lo que hasta hace unas semanas hacíamos en las aulas sin ellas.
Sabiendo que "el mundo que le dejaremos a nuestros hijos depende radicalmente de los hijos que le dejemos a nuestro mundo", como docentes, como padres y como sociedad: ¿Estamos dispuestos a aceptar y alentar los cambio que seguramente vendrán luego del coronavirus en el sistema educativo? ¿Cómo nos preparamos para afrontarlos?
Por Gustavo Carlos Mangisch
Director de Innovación y Calidad en Educación del Espacio Excelencia y de una Maestría en Nuevas Tecnologías de la UCCuyo
