La contracrítica al periodismo la ejerce no solo Trump, sino también Maduro y, en su momento, Cristina Kirchner.

 

 

A nadie le gusta ser criticado, menos investigado. El periodismo tiene ese papel inquisitivo. Investiga y denuncia corrupción, e ilumina los problemas creados por aquellos que no quieren ser señalados para mantener sus estándares de vida y status social.


Ser criticado o señalado genera anticuerpos. Es cierto que muchas veces la prensa abusa dañando imágenes que luego no repara a tiempo y en forma cuando el criticado es exonerado o se descubre su inocencia. También es verdad que, en muchos casos, los señalados se defienden como honestos pese a su mala conducta.


La defensa de los afectados puede ser inofensiva o agresiva, pero siempre busca el silencio. Una forma sutil de callar las críticas es a través de los boicots informativos. El estudio Disney negó que Los Angeles Times tenga acceso a sus premieres porque consideró injustas las críticas a una de sus películas. El mismo criterio ejerció Lionel Messi y sus compañeros de selección cuando un periodista señaló conductas impropias extra deportivas de un jugador.


Existen boicots informativos más agresivos y que dañan el derecho a saber de la sociedad. Muchos presidentes de países y ejecutivos de corporaciones limitan a sus críticos la entrada a las conferencias de prensa. Incluso muchos, a los que no les interesa ser cuestionados, prefieren evitar a la prensa y comunicarse a través de las redes sociales. No informan, hacen propaganda.


Donald Trump no es el único que ha acortado su relación con los medios. Esa forma de contra crítica también la ejerce Nicolás Maduro y Daniel Ortega, como antes Cristina Kirchner y Rafael Correa. Negaban información al periodismo crítico e independiente.


Otro tipo de boicot para generar silencio es mortal. A veces en forma autónoma o en connivencia con funcionarios de gobierno, el narco y el crimen organizado matan para defenderse. Este año fueron asesinados 17 periodistas en América Latina más de 400 en las dos décadas pasadas, la mayoría por haber expuesto excesos de los narcos y de políticos corruptos.


Pese a esta defensa violenta, buscar la verdad a como dé lugar es el norte del Periodismo. De ahí el valor de los casos más resonantes de esta época reflejados en los Panamá Papers y los ahora Paradise Papers.


La nueva era digital atrajo la ventaja del periodismo de datos y mayor transparencia. Queda así expuesto que todos somos mortales, desde la reina Isabel de Inglaterra y Shakira, hasta el yerno de Trump, su secretario de Comercio o los ejecutivos de Odebrecht.


Otra forma de silencio se legitima a través de leyes. Esta semana la inconstitucional Asamblea Constituyente de Venezuela creó una ley para abortar de la sociedad el odio, la intolerancia, la discriminación y la propaganda. El principio es loable, si no fuera que el régimen es el que practica esas acciones. Se impone el silencio mediante penas que llegan hasta los 20 años de cárcel para cualquier ciudadano por protestar en las calles, escribir un editorial u opinar por Twitter.


En definitiva. Existe periodismo malicioso y sensacionalista, pero, más que todo, periodismo crítico, independiente e investigativo. Y en una época digital hiper informativa, de redes sociales y tantas medias verdades, el periodismo es el mejor antídoto contra el silencio. Sigue siendo tan vital y necesario como siempre.