En sentido metafórico y en sentido literal, el fin de semana pasado resultó uno de los más volcánicos que se recuerden de los últimos años.
Primero, por el impacto de una fiesta potente como pocas, como resultó esta edición de la Fiesta Nacional del Sol. Segundo, por el golpe crudo y descarnado del terremoto en Chile, percibido en estas tierras de una manera bien contundente. Con un punto de fricción entre ambos eventos: la parte en la que el sismo chileno dio de lleno en una conglomeración de más de 60.000 personas en el predio ferial que en ese momento vibraban, pero con otra cosa: la presencia simultánea de Soledad, el Chaqueño y Los Nocheros.
Suficiente tiempo una semana para tomar distancia de las emociones y reflexionar sobre sus moralejas. Lo primero será analizar si demasiada euforia no significa un riesgo. Se dio el infortunio de un golpe de la naturaleza en el medio de una multitud descomunal, un cuadro demasiado espinoso que sólo el adecuado comportamiento de la gente involucrada -sanjuaninos avezados a los movimientos de la tierra- hizo evitar una estampida que pudo haber sido trágica.
Aún sin ese evento telúrico, queda pendiente una reflexión sobre la complejidad de poner 180.000 personas en la calle al mismo tiempo (120.000 en el Carrousel y 60.000 en el predio) en una ciudad como San Juan, donde vive apenas el triple. Especialmente en la feria, donde hubo un momento en que la gente no podía moverse medio metro hacia ningún lado, o donde el ingreso a la zona de espectáculos se convirtió en un caos, con gente llegando con su sillita mientras los encargados de la seguridad y el orden del predio pugnaban más por evitar que los periodistas entraran a la sala VIP que por organizar el movimiento de la marea humana. Preocupante.
Si la idea era poner un espectáculo popular como la fiesta de los ídolos del folklore juntos, a una entrada de $15 y sin límite de ventas, el lugar no era ese. La gente que pudo disfrutarlo fue la que estuvo bien temprano y muy cerca, mientras mucha otra decidió abandonar antes por agotamiento. Error de cálculo.
Allí es donde la política se suele mezclar con los costados más terrenales. Porque nadie duda de haber asistido a la fiesta de mayor disfrute de los últimos tiempos. Con un carrousel desbordante y convertido ya en prenda de identidad de los sanjuaninos, donde los carruajes superaron por lejos las perfomances de otros años, en una gran prueba de amor al evento desde los que lo imaginaron hasta los que pusieron el último clavo.
Lo mismo que en la fiesta final, más allá de algunos desacoples iniciales con el guión. Grandilocuencia e impacto de escenario, trajes, luces y puesta en escena para una pieza que a más de uno hizo lagrimear de sólo pensar que fue Made in San Juan. O igual que en el predio: agrandado y con la luces empresarias prendidas, además del atractivo de los shows. Todo bien, con el detalle pendiente de no haber pensado que iría para tanto.
Pero hubo más señales políticas para evaluar de la fiesta, en formato de trazos más sugerentes pero evidentes. Como la presencia de las divas Mirtha y Susana, por ejemplo, quienes conocen al dedillo su oficio y de despistadas no tienen nada. Y que llegaron juntas casi por accidente (la Legrand fue convocada en reemplazo de Susana en Miami, pero al final llegaron las dos) y ofrecieron una foto de no creer. Ellas, nada menos que las dos divas nacionales, colocando la corona a una hermosa y humilde estudiante de Valle Fértil que resultó nuestra Reina Nacional del Sol. Una novela de cenicienta en pleno escenario. Una píldora para el ánimo. El éxtasis.
¿El costo? Aunque deberán ser rendidas las cuentas completas, nadie preguntó. Será ante la evidencia de que la rentabilidad de semejante éxito contiene un residual invalorable: la instalación, a paso lento pero seguro, de un evento provincial que trascienda las fronteras. Con un remanente, es cierto, para la imagen personal de su impulsor hacia el mismo plano nacional: sin dudas el gobernador Gioja se puso al hombro la fiesta y es absolutamente claro que sin su participación hubiese sido distinta. Si de ese pozo, entonces, extrae agua para regar su almácigo personal en estos tiempos de proyección política, no será injusto.
Está también el contrato con Telefé, para que la cadena de las pelotas entregue un completo resumen de la fiesta junto a un repaso por las bellezas turísticas locales. Justamente ganando aire anoche, mientras la televisión pública emitía la Fiesta de la Vendimia. Desgraciada (¿afortunada?) coincidencia, con el plus de que por el sólo hecho de repasar los canales es probable que la sanjuanina haya medido más que la de Mendoza.
Es que el constante juego de espejos entre el evento sanjuanino con flamante certificado de gran fiesta nacional, y la otra gran fiesta nacional de la región, la Vendimia, nunca dejó de ser la comidilla de esta cita. Lógico: una irrupción vecina de dimensiones no tiene por qué ser simpática para una fiesta como la Vendimia. Asisten, al menos, a la pérdida de exclusividad. Celos, ninguneos, tires y aflojes como el de la frustrada presencia de Macarena en Mendoza, consecuencias al fin de una fiesta -la del Sol- que empezó a hacer sobra gruesa.
Nunca, nadie, disimuló que el visible crecimiento del Fiesta del Sol fuera inmediatamente parangonado con los vecinos. Y allí hay un aspecto cuestionable: importa no sólo ser, sino cómo nos miran al lado.
Y sorprendió que hasta se enredara la propia Mitha Legrand, cuando arriba del escenario habló de "matarle el punto" a la fiesta mendocina. Para qué. Bramó el Zonda como pocas veces, pero ella, nada menos que presentada como madrina de la Vendimia como Susana lo es de la del Sol, debiendo salir a aplacar la furia de los vecinos preguntándose qué habrá pasado que se les dio vuelta la diva.
El escenario fue imponente, sus dimensiones capaces de minimizar cualquier cosa, pero resulta más que improbable suponer que pudiera apichonar nada menos que Mirtha, diva de mil batallas. Licencias, entonces, de quienes se permiten evitar las frases de compromiso para ganar frescura.
Suelen ser sus expresiones palabras sagradas, imposibles de objetar. Y dejan residuos políticos. ¿Cómo, político con Susana y Mirtha?. Es que aunque intenten desentenderse, no viven con la cabeza sólo en Miami: saben, para empezar, que Gioja se encuadra entre los gobernadores kirchneristas aún fieles. Y que aunque la fidelidad se mantenga, hay algunos tópicos que están cambiando. En tiempos de berrinches, desde Olivos hubiese resultado imperdonable que alguno de los propios recibiera con honores a una enemiga mediática furiosa como la Chiqui. Razón suficiente para suponer traición y ordenar guillotina.
Este vez, no sólo fue recibida sin que nadie la esconda, sino que el municipio capitalino se animó a ir un poco más allá y designarla benefactora por su actuación en el terremoto del 44. Sacrilegio por el que nadie tuvo cuidado.
Hasta aquí, el kirchnerismo sólo toleró los deslices de Scioli en sus gestos afectivos a la Legrand, registrando una vieja amistad previa al interés político. Y Scioli, junto a su esposa Karina, también se descolgó al Zonda para agregar otra dosis de glamour y de especulación política. El bonaerense, en el destierro desde hace meses por su error de las testimoniales, asiste a cómo suben sus enteros como posible hombre de recambio en el kirchnerismo, si a Néstor se le queman los papeles como candidato. Y Gioja no deja de hacer méritos para entrar en esa conversación.
Susana, Mirtha, Scioli, ¿plataforma de lanzamiento para algo más grande?.

