Somos una sociedad pendular. Cualquiera que intente explicar nuestra historia como país, rápidamente advertirá que no es lineal. Sería una interpretación forzada, definirnos como una sucesión infinita (y homogénea), de puntos interrelacionados. Nuestra historia, siempre desde mi visión, se explica por la ley del péndulo. Oscilamos permanentemente entre los extremos. La primera consecuencia de esta construcción pendular, es la tendencia a permanecer fragmentados como forma de ser. Las grietas que padecemos hoy son una constante en nuestra historia. Desde que nacimos como nación, las divisiones en bandos irreconciliables nos han acompañado.
El lado negativo del péndulo
Esta permanente oscilación entre los extremos, con su dinamismo propio de confrontación, nos vuelve una sociedad vulnerable. Efectivamente, la Ley del péndulo y consecuente polarización del pensamiento fomenta la imprevisibilidad y la intolerancia. La convivencia humana necesita cierta cuota de certeza. Sí hoy defiendes con el mismo fanatismo y cerrazón la postura contraria a lo que ayer defendías, ¿quién podrá creer en la sinceridad de tus definiciones? Nos volvemos imprevisibles para el otro y ello genera desconfianza. Cambiar no es el problema. El problema está en ubicarse en el extremo opuesto con el mismo grado de intransigencia y rechazo hacia quien opina distinto. De esta manera, ubicados en cualquiera de los extremos, el otro nos resulta ajeno, un paria en su propia tierra. La solidaridad como principio ordenador de la vida en sociedad, se vuelve así, una empresa difícil de alcanzar.
Pero hay otro lado negativo de la ley del péndulo. Bajo la lógica del amigo – enemigo, queda expuesta la ausencia de valores éticos y de equilibrio de algunos líderes de nuestro tiempo. Al parecer todo vale en estas lides. Mientras esto sucede en las tarimas, los más jóvenes miran atónitos las campañas de desacreditación, agravios y vulgaridades impropias de liderazgos éticos. Tampoco los adultos dejamos de asombrarnos. Al parecer, siempre se puede descender un escalón más. Los ciudadanos no nos merecemos tanto lenguaje procaz, gestos chabacanos, comentarios burdos y vulgaridades por doquier. La legítima lucha por el poder, no legitima cualquier medio. En realidad, éticamente hablando, un fin bueno no habilita medios malos.
Buscando el justo medio
Vivimos tiempos signados por la polarización y la Ley del péndulo. Como sociedad nos agrupamos en posiciones opuestas, irreconciliables entre sí. Al parecer cuando estamos anclados en una posición extrema de la que necesitamos salir, explorar el lado contrario, pareciera ser la opción más cómoda. Esta polarización social nos impide hallar puntos de encuentro entre las diversas visiones. No solo queda clausurado cualquier intento de diálogo, tampoco queda lugar para la moderación ni el equilibrio. Y la virtud, justo medio entre los extremos, duerme así el sueño de los justos. Espacio de limbo ético donde la virtud está a la espera de ser rescatada. Mientras tanto, el riesgo de quiebre es grande. Encerrados en nuestra posición desconocemos la validez de otras y clausuramos el pensamiento distinto, o lo que es peor, al que piensa distinto. De allí a la violencia hay un solo paso.
De este movimiento pendular no salimos por los extremos, salimos por el medio. Y no me refiero a ninguna posición política o ideológica. Hablo de la virtud como el justo medio entre los extremos. Deberemos promover liderazgos virtuosos, cuya opción por la vocación política y social esté marcada por el equilibrio y el respeto al otro. Tenemos suficiente reserva moral en la ciudadanía, como para conformarnos con tantos desatinos.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
