Se está produciendo algo curioso para esta joven democracia: los aspirantes a ocupar un lugar en la casa del parlamento, no quieren debatir.
Lo más extraño es que son aspirantes al Congreso, el templo del debate democrático. Si es que el término aún existe y no resulta reemplazado por la obediencia debida hacia oficialismos y oposiciones en la que nadie escucha ni convence a nadie.
Ahora está de moda el histeriqueo. Ponerse en víctima de supuestas agresiones y jugar a las escondidas atrás de esos roles actorales suele rendir mejores resultados que salir a la calle a ganar adhesiones a fuerza del intercambio de ideas, aunque en esa vocación pueda escaparse algún chisporroteo. Y ante una teleplatea acostumbrada a las novelas caribeñas, qué mejor que encontrar a alguna víctima del despiadado de la tira y votar por él en el cuarto oscuro como quien acciona el SMS para retirar a un villano de la casa.
El resguardo de esas presuntas fricciones en nombre de la convivencia y el respeto suele ser una fenomenal excusa para las especulaciones políticas. La escasa historia democrática de este país demuestra como regla inquebrantable que el que va ganando en la previa no debate, y los que intentan remontar sí lo hacen.
Sea el que sea, rinde. Y eso ocurre no sólo por la inmadurez de los dirigentes y las recomendaciones de las usinas de campaña en base a la conveniencia de cada sector, sino también por la inmadurez de una sociedad que lo tolera.
No se han visto casos hasta el momento de líderes en las encuestas previas que paguen el precio en la urna por no ir a debatir. Y esa certeza entrega otra: que el electorado dispone de un instrumento de gigantesca importancia para premiar o castigar a los aspirantes por faltas graves contra alguno de los eslabones de la cadena democrática. No debatir es uno de ellos.
No tienen la opción de ir o no ir los aspirantes a ocupar algún cargo por el voto popular en las democracias más avanzadas del mundo. No disponen de esa prerrogativa porque al electorado le resultaría imposible comprender cómo alguien que aspira a ser conocido en todas sus facetas, renuncia a mostrarse tal cual es ante la gente.
En EEUU, una democracia de más de 200 años sólo puesta en juego ante el riesgo de división pero nunca de interrupción, los debates entre aspirantes a presidente están pactados de antemano, sea quien sea el aspirante, en un compromiso entre los dos partidos más importantes y bajo condiciones aceptadas por todos: en una universidad que aguardan por décadas los turnos rotativos y bajo la conducción de algún periodista representativo y con panel a la altura. A nadie se le ocurre, por más conveniencia que exista, no ir. La sanción no será de otra que de la ciudadanía desairada que espera el debate como una herramienta central para ayudarse en la decisión. Y el veredicto, impiadoso y lapidario.
También Europa dispone de una larga tradición en audiencias monumentales aguardando la confrontación cuerpo a cuerpo para terminar de definir su voluntad. A pesar de que se trata de una región con menor valoración y tiempo de ejercicio democrático ante el recuerdo de Hitler, Mussolini y Franco, por citar sólo a algunos.
En España se reproducen sin interrupciones los debates entre los dos bandos bien ideologizados que polarizan la vida política de ese país, izquierdistas del PSOE y conservadores del PP. Y muchas veces las espadas en el atril son sus líderes máximos: el presidente Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. El último, para las elecciones europeas de hoy mismo. También en Francia, Italia, Gran Bretaña o Alemania.
En Argentina, en cambio, el debate sigue siendo una opción de los aspirantes y no una obligación exigida por el ciudadano. Los más mayorcitos recuerdan aquel frustrado debate en 1989, cuando en el primer recambio presidencial del regreso de la democracia, el cordobés Angeloz retó a duelo al peronista Menem.
El riojano decidió no ir y el resultado fue un debate de uno solo, un monólogo, en el que quedó una silla vacía y retumbó la arenga del radical para que su oponente se subiera al ring. La publicidad posterior recordaba el hecho: hay una silla vacía, decía. Pero a nadie le importó, y Menem ganó por paliza. Incluso, fue justificado en aquel momento ante el evidente abismo dialéctico entre uno y otro.
Desde aquel momento, los argentinos fuimos condenados a no escuchar nunca desde el regreso de la democracia un debate entre los aspirantes a la presidencia de la Nación. Gigantesca paradoja, siempre el electorado justificó a los que renunciaron al debate y así se fue convalidando de a poco una cultura opuesta a la naturaleza del sistema: el que gana, no debate.
Desde aquella silla vacía, no debatió nunca Carlos Menem y tampoco lo hizo la fórmula de la Alianza (De la Rúa-Alvarez), ante la pretendida embestida de Duhalde-Palito. Menos, luego, cuando los incendios sucesivos multiplicaron las fórmulas y costó entender quién es quién. No debatió Kirchner, tampoco lo hizo Cristina y sin embargo ambos ganaron.
Y en San Juan no hay una performance que presuma mostrar algunas cosas mejores. Tampoco se recuerdan debates significativos en las elecciones provinciales, más allá de los que hace muchos años se montaban en el subsuelo de la mítica confitería El Aguila. Se recuerda sólo un par: uno con el protagonismo de las "chicas" -Delia Pappano y Nancy Avelín-, y otro en Radio Sarmiento entre Gioja y Escobar cuando ambos eran referentes locales de Kirchner y Menem en 2003. Luego, el desquicio de hace 4 años, cuando para las últimas elecciones a senador por San Juan se reunieron los aspirantes en el auditorio de Radio Sarmiento y el entonces candidato y ex gobernador Alfredo Avelín terminó a los gritos y a los golpes agrediendo a lo que se le cruzara delante.
Ahora, la moda es exponer y no debatir. Cada uno en línea, en un tiempo determinado y sin entrar en intercambios de opiniones, cruces o respuestas de uno a otro, como se hace en el Parlamento. Se argumenta para eso que hay que evitar las verborragias violentas. Y es cierto, pero la manera de hacerlo no es suprimiendo los espacios donde la gente puede ver a los aspirantes en toda su dimensión sino exigiéndoles conducta.
Sólo exponer les facilita el trabajo. Los pone a resguardo de las urgencias en las que suelen caer los candidatos, de los bretes que deben esquivar, de las explicaciones inapelables que deben ofrecer, de la seguridad que deben exhibir.
Todo eso es un candidato, no sólo un burócrata que sepa leer. En los debates, además de hablar y desenvolverse con soltura, un aspirante debe mostrarse seguro para ofrecer una sensación de firmeza en sus convicciones. Debe tener una respuesta sólida para un momento incómodo. Debe mostrarse desenvuelto y conocedor de todos los temas. Y hasta debe transmitir un carácter personal a prueba de balas.
Uno de los debates que más se recuerdan ocurrió en 1961 y se definió por un detalle que pudo haber sido insignificante. De un lado, el republicano Richard Nixon y del otro el demócrata John Kennedy. El favorito era Nixon, pero ante una pregunta incómoda la cámara pudo tomar cómo le corrió una gota de transpiración por la cara. Ganó Kennedy.
