Al califato Islámico se le ha declarado la guerra. Triste pero real. Qué pena haber llegado a este punto. Desde 2010 venía cometiendo atrocidades, secuestros y asesinatos. Pero fue la cruel andanada de balas contra siete lugares en París, el pasado 13 de noviembre lo que provocó una reacción de grueso calibre. Obama y Hollande han declarado formalmente la guerra. Pero miremos un momento hacia atrás.
En 1492 las tropas de los reyes católicos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón pusieron fin a ocho siglos de dominación mora sobre gran parte de la península Ibérica, al derrotar al califato de Al Andaluz y al reino nazarí de Boabdil. Más de quinientos años después, un líder yihadista de Irak se proclama nuevo califa con la intención de revertir aquella derrota y establecer su dominio a lo largo de Irak, Siria, Libia, Marruecos y la Europa mediterránea.
El proyecto del califa Ibrahim Al Baghdadi se basa en un nuevo tipo guerra de posiciones y acciones de comando terroristas en varios países y le ha declarado la guerra, prácticamente, al mundo entero. Cualquier ‘infiel” puede ser su presa.
Tal como sucedió con los terribles ataques contra Estados Unidos en 2001, en algunas partes del mundo intelectual existe un discurso que consiste en poner el énfasis no en el dolor de las víctimas inocentes ni en la ofensa grave a los valores democráticos sino en justificar, explicar y comprender el leitmotiv de los terroristas. El terrorismo es visto como fruto de la injusticia, la opresión y la explotación que las grandes potencias han ejercido contra los pueblos del Medio Oriente y los árabes.
Un ejemplo de ello es Francisco Barbosa, quien afirma que el origen del Estado Islámico o ISIS ‘se encuentra en las intervenciones coloniales de Occidente que fomentaron dictaduras en la región […] Francia es uno de esos países, pero comparte tal responsabilidad con otros Estados colonialistas, como Gran Bretaña, Rusia y Estados Unidos […] Reitero, el Estado Islámico es el producto de la equivocada intervención de Occidente en la región.” (El Espectador, 22/11/2015).
Es un error enfocar los temas con parcialidad. Nada justifica la ‘guerra santa”. Incluso el mes pasado llegaron noticias escalofriantes, como la de sentenciar a muerte a 38 niños con síndrome de Down, en edad de tres semanas a tres meses, por estrangulamiento o inyección letal.
Se trata de un juez jihadista de Mosul, la ‘capital” del Califato, quien ha dictado esa fatwa (edicto religioso, en árabe). Son considerados un peso e inútiles a la causa. Estos nuevos mártires inocentes, ¿no son un grito desesperado pidiendo el cese de todo fuego? (Avvenire del 15-12-2015). ¿Qué culpa tienen de antiguas o nuevas asimetrías o colonizadores?
El pacifismo a ultranza, derivación clara del sentimiento de culpa, desconoce que la vivencia mística y fanática de los yihadistas tiene su origen en una interpretación esencialista, fundamentalista del Corán. Y además alimentan la finalidad de dominar el mundo, a cualquier precio, incluso el de la sangre de los niños discapacitados.
La tesis según la cual terrorismo de estos grupos yihadistas es una venganza contra Occidente por la invasión a Irak, por su impulso a la Primavera Árabe, por sus errores y su intervencionismo en Siria y por su política colonizadora de siglos se queda muy corta para brindar una explicación razonable a los ataques terroríficos que han realizado en sus propios países y contra sus propios pueblos: Kenia, Sudán, Nigeria, Egipto, Libia, Túnez, etc. Estos no son colonialistas ni occidentales cristianos.
Financiados por ricos jeques petroleros y dinastías reaccionarias y ultraortodoxas, pretenden imponer su visión del Corán y ser los dueños en la interpretación de las enseñanzas del profeta Mahoma. No bajarán sus armas a cambio de que las potencias salgan de sus territorios, porque lo que intentan es cristalizar su proyecto de uniformar al mundo entero.
Hay que decirlo con todas las letras: para esta secta no hay sino un ‘solo islam (una sola verdad) […] el mundo está dividido entre fieles e infieles; a la mujer hay que guardarla en su casa […] quien construya y visite los mausoleos y santuarios de profetas, santos, sabios y héroes es un idólatra, estos lugares deben ser destruidos, y los peregrinos a estos lugares deben ser declarados infieles y eliminados […] La música y la poesía están prohibidas. El diálogo, la cooperación y la amistad entre chiítas, sunitas y sufís es una herejía”.
La ingenuidad de pensar que el totalitarismo no es un peligro, tiene que leer a Hannah Arendt sobre el particular. Allí descubrirá que el totalitarismo puede volver en la historia con cualquier disfraz, incluso invocando a Dios.
