Días después de la reciente visita de Isabel II, del Reino Unido, al Papa Francisco en Ciudad del Vaticano, medios ingleses y del resto de Europa coincidieron en destacar la importancia del encuentro, pero tuvo distintas miradas desde Argentina. No faltó quien criticara la fecha elegida para el encuentro, nada menos que el día posterior al 32º aniversario del desembarco militar argentino en las Islas Malvinas. Unos vieron en la reina una supuesta provocación y otros un desagradable desliz de los responsables del protocolo vaticano, teniendo en cuenta la nacionalidad del Sumo Pontífice. En realidad, se trató de una visita privada de una jefa de Estado a otro jefe de Estado. Ella ostenta el título constitucional de "Gobernador Supremo de la Iglesia de Inglaterra” (autónoma anglicana, sin cabeza jurídica mundial), y él titular de la Iglesia Católica en el mundo, vicario de Cristo, sucesor de Pedro. Si de algo pueden hablar, en una breve agenda de 20 minutos, es del papel de los miembros de ambas iglesias ante los problemas que afligen al mundo de nuestros días. Cuando sea el primer ministro del Reino Unido quien visite al Papa, es mucho más probable que pueda tocarse la colonial ocupación inglesa de las Malvinas que data de 1833 hace casi 200 años. Naturalmente que sería mejor esperar al sucesor del conservador David Cameron, ácido e intolerante con este tema. En este sentido, el Partido Laborista, con serias aspiraciones a recuperar el poder de la mano del joven líder Ed Miliband, como candidato en las elecciones de 2015, podría abrir un camino nuevo, aunque la idiosincrasia inglesa no cambia fácilmente de un ciudadano a otro. Un nuevo momento de proximidad se produciría tras el alejamiento de Isabel II del trono (lo que sólo podrá suceder a su muerte, ya que no piensa abdicar), cuando se ciña la corona su hijo mayor Carlos, príncipe de Gales, de quien sólo se conocen por ahora pensamientos en defensa de la ecología.
Mientras tanto, el conflicto hoy se discute en el plano diplomático y en foros regionales e internacionales, con un vigoroso papel de la presidenta Cristina F. de Kirchner, de la misma manera que lo habían hecho Juan Perón en 1953 y Arturo Illia en 1965, entre otros mandatarios democráticos.
A la reina, de 87 años, fría, de gesto adusto, ojos azules y voz aguda y monótona, se la ha definido como una mezcla de sangre azul y clase media contemporánea. Ante el Papa se la vio sonriente como pocas veces y más que con los predecesores de Francisco, con los que se reunió, Juan XXIII, Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Como explico en "Vida de Reyes”, Isabel no es especialmente culta por definición, aunque sí preparada en ese sentido. A tal punto que se inclina más por las comedias musicales, el jazz norteamericano y el swing de los años 30, e incluso por algunas canciones de los Beatles, como "Submarino amarillo”, que por la ópera y el ballet. Y más aún, nunca tuvo vocación de reinar (DIARIO DE CUYO, 27 de octubre de 1998). Pero la célebre abdicación del rey Eduardo VIII (después duque de Windsor), al preferir el amor de la norteamericana lady Wally Simpson, a la más alta dignidad del reino, provocó la coronación de Jorge VI, padre de Isabel como nuevo rey de Inglaterra. En privado, la adolescente princesa llegó a renegar varias veces de su tío, porque su renuncia le privaba "de la paz familiar” que anhelaba para el resto de su vida.
Por su parte, Francisco, siendo arzobispo de Buenos Aires, reconoció en varias ocasiones que "las Malvinas son nuestras”, y en otra oportunidad precisó que la presencia inglesa en el Atlántico Sur representa ni más ni menos que una usurpación. Ahora está sentado en el trono de Pedro, y aunque ha ratificado su ciudadanía argentina, su papel es otro muy distinto.
El acercamiento hay que mirarlo como interesante. Nunca antes, desde 1833, Argentina ha tenido un potencial interlocutor tan importante. Asimismo, las biografías de Jorge Bergoglio coinciden en definirlo como un hombre de coraje y de transparente franqueza. Pero este escenario junto a Isabel II es otro y habrá que esperar. Mientras tanto, los gestos hablan mucho: una canasta de comestibles "de las propiedades” de la corona, desde miel, productos hortícolas, huevos, carne, jugo de manzana, el infaltable té y hasta una botella de whisky escocés fue el obsequio de la reina. El Papa retribuyó con regalos para su bisnieto, de nombre George, para Isabel y su marido el príncipe Felipe, y un importante documento vinculado a San Eduardo, rey de Inglaterra en 1043 y que data del año 1679. Lo del whisky es otra de las observaciones críticas realizadas desde Argentina. Pero tampoco puede tomarse como un desatino inglés. Es lo mismo que cuando desde Argentina alguien le lleva al Papa vinos o yerba mate. Para ellos, el whisky es la bebida símbolo, desde siempre, de la producción local de destilación de diversos cereales malteados, como cebada, trigo, centeno y maíz, con el envejecimiento posterior en barriles de madera.
(*) Periodista. Autor de "Vida de Reyes” (2013, Emporio Ediciones).
