Pensar la crisis de Crimea como el resurgimiento de la Guerra Fría no es adecuado. Considero que es esa la clave para entender el conflicto que enfrenta a Rusia y a la OTAN por el dominio de Europa del Este. Tampoco agrega nada al debate llenar de calificativos peyorativos a Vladimir Putin, quien a los ojos del Occidente "democrático” es un déspota amante de la violencia que controla Rusia como en tiempos de los zares.

La crisis de Crimea se la entiende mejor si se presta atención a la concepción de orden mundial que maneja Moscú y que se distingue en varios puntos a la sustentada por los EEUU y sus aliados europeos.

Rusia ha sido caracterizada por analistas y políticos de Occidente como una potencia "conservadora” "del siglo XIX”. Aunque estas calificaciones parecen replicar la eterna lucha entre el "moderno” Occidente y el "atrasado” Oriente, quizás tengan algo de razón. La rebelión de Putin contra el orden mundial que tiene a los EEUU como dominador excluyente, parece basarse en parámetros del antiguo derecho internacional europeo. La clave del conflicto no pasaría por la restauración de Rusia como la gran potencia que fue la Unión Soviética, sino por el restablecimiento del paradigma del derecho internacional anterior a la Primera Guerra Mundial.

Ese antiguo orden mundial se basaba en la existencia de grandes potencias con poderío equilibrado que ejercían su poder en zonas geográficas de influencia. No se permitía que otra gran potencia penetrara en su espacio geopolítico y cada una se comprometían a no entrometerse en asuntos no concernientes a su esfera de influencias. Habían guerras, pero siempre al margen y limitadas por un espacio y objetivo concreto. El equilibrio mundial se sostenía si se respetaba la distribución de los territorios de los distintos Estados, aunque podían darse cambios marginales por guerras limitadas.

Cada Estado tenía derecho sobre su territorio por razones históricas y morales que excedían los tratados internacionales. El vínculo de pertenencia entre el pueblo y el territorio no podía ser regulado por convenios o pactos.

Sólo considerando estas premisas es que se entiende por qué Putin pudo desoír sin ruborizarse el acuerdo de Helsinki de 1975 y el memorándum de Budapest de 1994, documentos internacionales por los que Moscú se obligó a no afectar la soberanía ucraniana. Para Putin, Crimea es "tierra santa rusa” y "ha sido y seguirá siendo parte de Rusia”. La convicción de esto "se basa en la verdad y en la justicia que siempre ha sido clara y se ha pasado de una generación a otra”.

Esto implica que, a pesar del traspaso en 1956 y los tratados internacionales que firmó Moscú, es el orden terrestre lo que indica si un territorio pertenece a un Estado o no. Un tratado no puede ir en contra de la justicia ni del orden terrestre que da vida al derecho internacional. Hoy en día ya no se acepta que los fundamentos jurídicos del orden mundial estén en el orden de la tierra. Ahora son preceptos humanitarios y protectorios del individuo los que deben inspirar el orden mundial. Es por esto que Gran Bretaña puede sustraerse al evidente derecho de la Argentina sobre las Islas Malvinas alegando, principalmente, que hay que escuchar los intereses de los isleños.

Como es perfectamente sabido, tras ese discurso humanitario se esconden poderes imperiales que sólo ven recursos naturales y beneficios económicos. El orden internacional que viene a desafiar Rusia no es precisamente un orden justo ni equilibrado. Los EEUU y sus aliados no admiten que Moscú anexe Crimea porque es "tierra santa rusa”, pero sí permiten que, para "protección de los civiles”, se cometan otras violaciones al orden internacional, como se vio en Kosovo, Irak, Libia, Malí, entre otros muchos casos.

El actual orden mundial es, en verdad, desordenado y arbitrario. Un puñado de potencias dirige por la fuerza los destinos de la humanidad y esgrimen como bueno sus valores y como malo todo lo que los contradice. Rusia funda su accionar en otro paradigma mucho más expreso. Se anexan los territorios sin alegar razones humanitarias, sino históricas y tradicionales.

Por supuesto, este paradigma no es nada alentador para los países periféricos que sólo contemplamos las luchas entre dos potencias que se baten por definir cómo se estructurará el orden mundial, sin tomar en cuenta qué dice la abrumadora mayoría de los Estados en el mundo.

La novedad de 2014 es que, en el momento en que creíamos que el orden internacional se dirigía cada vez más al paradigma liberal-Occidental, una potencia mundial emergió para contrarrestar esa hegemonía apelando al paradigma del antiguo derecho internacional. Si 1914 es el año de la caída del antiguo orden mundial, quizás 2014 pueda entenderse como el intento de restauración.

(*) Doctorando en Derecho y Ciencias Sociales, UNC. Becario del Conicet. Adscripto a Derecho Internacional Público y Político, UNSJ.