Con más de 5.000 muertos y decenas de miles de desplazados, la Guerra Civil al Este de Ucrania recrudece. Mientras Rusia es acusada de sostener militarmente a los rebeldes, Francia y Alemania apuestan por salidas pacíficas, sin intervenciones ni ayudas militares. Los Estados Unidos parecen querer lo contrario.

En este problema hay dos cuestiones fundamentales de derecho internacional que es necesario abordar para entender la complejidad del dilema ucraniano. En primer lugar, es central aclarar que el Estado ucraniano tiene derecho a utilizar la fuerza para reprimir a grupos armados que intentan desmembrar su territorio. Siempre que las acciones militares se lleven respetando el derecho humanitario y las normas de la guerra, que también se aplican a conflictos internos, Ucrania puede defender su integridad territorial garantizada por la Carta de Naciones Unidas.

No existe derecho a la secesión. El derecho de autodeterminación de los pueblos, según las resoluciones de Naciones Unidas sobre el tema, no puede ir en desmedro de la integridad territorial de los Estados. Por otra parte, el gobierno ucraniano tiene derecho a pedir ayuda de carácter militar a otros Estados. Ninguna norma internacional lo prohibe y hay antecedentes donde Estados solicitan el asesoramiento y la asistencia militar a terceros para reprimir focos de insurrección interna.

Esto en teoría. Sin embargo, las cosas se complican cuando de pautas generales se pasa a casos concretos.

Sobre el primer problema -la represión de intentos secesionistas-, el tema es más complejo que su mera formulación. Porque aunque el derecho de autodeterminación no puede menoscabar la integridad territorial, lo cierto es que hay ejemplos de separaciones territoriales y creación de nuevos Estados.

¿Cuándo se reconoce a un territorio como un nuevo Estado desmembrado del anterior? No hay fórmulas taxativas que resuelvan el interrogante. El derecho internacional se basa en el principio de efectividad. Mientras el Estado mantenga alguna chance de controlar el territorio rebelde, no se aceptará la secesión. Sin embargo, una vez que los grupos armados proclaman el nuevo Estado, forman instituciones parecidas a un gobierno y controlan el territorio y la población, la comunidad internacional tiende a reconocer al nuevo Estado tarde o temprano.

No obstante, lo anterior no responde la pregunta sobre la legitimidad de separar un territorio. En otras palabras, ¿cuándo es justificado tomar las armas para secesionar una porción de territorio de un Estado reconocido por el derecho internacional? Tampoco hay una fórmula que responda a esta pregunta que es jurídica, pero también política y moral. Lo que puede decirse es que en la medida en que el Estado actúe bajo estándares mínimos de democracia y posibilidad de participación de minorías étnicas o religiosas, no habría justificación -o habría muy pocas razones- para la separación del territorio.

Por último, queda meditar sobre la posibilidad de la ayuda militar estadounidense al gobierno de Ucrania para que reprima a los rebeldes. Aunque Ucrania tenga derecho a pedirlo, no parece algo conveniente políticamente.

El profesor de política internacional de la Universidad de Harvard, Stephen M. Walt, publicó un interesante artículo en la revista Foreign Policy en el que analiza por qué sería contraproducente y un contrasentido.

Walt afirma que la situación actual en Ucrania fue generada por una mala conducción de la diplomacia de los EEUU. Para el autor, fue Washington quien quiso atraer a Ucrania a la órbita de influencia de la OTAN. El Departamento de Estado no habría valorado acabadamente la importancia geopolítica que tiene Kiev para Moscú. De haberlo hecho, se habría percatado de que Putin no dejaría que esto sucediera en sus propias narices. Colocar a la OTAN en las puertas de Rusia -como pretendía EEUU- generó un espiral de violencia que era posible anticipar.

Armar a Ucrania sería atizar un conflicto de por sí grave. Por más que Kiev lo pida, los EEUU no deberían brindar un apoyo militar que sería visto como otra intervención a la esfera de influencia y de seguridad rusa.

Quizás esto sea una muestra más de lo desordenado y caótico del orden internacional, donde las potencias Occidentales intentan penetrar en todas las zonas del mundo sin reconocer a otros países que buscan ser tratados en pie de igualdad.

(*) Profesor de Derecho UNSJ – Conicet.