El presidente de la República debe hacer el 1º de marzo la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso con un discurso ante las dos Cámaras, en el que deberá dar cuenta del "Estado de la Nación" (Art. 99 inc. 8 Const. Nac.). Luego los ministros deberán presentar, por escrito, "una memoria detallada, en lo referido a los negocios de sus respectivos departamentos". (Art. 104 CN)

Este mensaje será similar al pronunciado por el presidente Barack Obama, el 25 de enero pasado, sobre "el estado de la Unión" ante el Congreso de su país, en el que los representantes (diputados) y senadores, demócratas y republicanos, se sentaron juntos, sin separarse en bloques como es tradicional, en homenaje y repudio al atentado sufrido, en Tucson, Arizona, por la congresista demócrata Gabrielle Giffords, del que resultó gravemente herida, y en el que murieron seis personas.

Ese brillante discurso fue trasmitido en directo por radio, TV e Internet -en inglés y castellano- a todo el mundo; en el que convocó a demócratas y republicanos a trabajar juntos para superar la crisis política ocasionada por dicho atentado y la financiera de 2008/9. El mensaje fue respondido, como es tradición en ese Congreso, por la oposición republicana de los representantes: Paul Ryan, (Wisconsin); la Iliana Ros-Lehtinen (Florida), que lo expuso en castellano; y Michelle Bachmann (Minnesota), que fijó la posición del Tea Party (extrema derecha).

El primer discurso sobre el Estado de la Unión data de 1790, cuando el primer presidente George Washington, pronunció su "'Mensaje anual'' ante el Congreso en la Ciudad de Nueva York, que entonces era la capital provisional de Estados Unidos. Su sucesor, John Adams, continuó con la tradición. Sin embargo, el tercer presidente, Thomas Jefferson, envió el mensaje por escrito en vez de hacer el discurso ante las Cámaras. Durante más de un siglo después de él, los presidentes posteriores hacían sus mensajes anuales por escrito al Congreso.

En las primeras décadas, la mayoría de estos informes eran propuestas de leyes que el presidente le pedía al Congreso que aprobara, reflexiones sobre el tenor de los tiempos y los problemas prácticos que surgían en el desarrollo del país del Norte. También trataban de la situación internacional y el papel de EEUU en el mundo.

En 1862, durante la guerra de secesión, Abraham Lincoln escribió el más recordado de todos los mensajes presidenciales enviado al Congreso, donde expresó: "Al liberar a los esclavos, aseguramos la libertad de los libres - igualmente honorable en lo que otorgamos y lo que preservamos".

En 1913, Woodrow Wilson retomó la práctica de pronunciar el mensaje anual en persona. En 1923, por primera vez se escuchó en vivo por radio el discurso del presidente Calvin Coolidge. Con la elección de Franklin D. Roosevelt en 1932, los estadounidenses se acostumbraron a escuchar a sus presidentes en la radio así como a verlos y escucharlos en los informativos de noticias en los cines. En 1947 el discurso del presidente Harry Truman se trasmitió por primera vez por televisión. El poder de la televisión hizo que el presidente Lyndon Johnson cambiara la hora del discurso de su tradicional mediodía hasta la noche, para tener una mayor audiencia.

La tradición de que oposición responda comenzó en 1966 cuando dos congresistas republicanos, entre los que estaba el futuro presidente Gerald Ford, pronunciaron una respuesta republicana, que luego fue televisada, del discurso del presidente Johnson. En 2003, el mensaje del al entonces presidente George W. Bush fue transmitido por primera vez en vivo por Internet.

En nuestro país el primer presidente, Justo José de Urquiza, hizo su primer discurso ante el Congreso reunido en la Iglesia Matriz de Paraná el 22 de octubre de 1854. La mayoría de los presidentes que lo sucedieron expusieron oralmente su mensaje, aunque en algunos mandaron mensajes escritos y otros directamente no lo hicieron.

Esperemos que el informe de Cristina Fernández de Kirchner no sea un aburrido inventario de las obras o realizaciones hechas en el año que pasó -como muchas veces ha ocurrido-, confundiendo este mensaje con la memoria que deben hacer luego los ministros, sino que se haga un informe sobre el estado del país; se convoque a oficialistas y opositores a terminar con la inútil confrontación que paralizó las cámaras durante el año del Bicentenario -por falta de una mayoría que asegurara el quórum y el resultado de las votaciones-, y proponer un plan de trabajo en base a objetivos de bien común que permitan elaborar políticas de Estado y acordar leyes que el país pide a gritos.

Deseamos, también, que la oposición, cambie su tradicional rol de espectador, y responda a la propuesta de la presidenta, acepte el desafío de dialogar, debatir y acordar, y proponga nuevas alternativas.

Si algo de esto no ocurre, lo que podemos esperar para este año electoral del Congreso no será bueno; y ello dañará, un poco más, la poca fe que despiertan nuestros representantes del pueblo.