Reconstruir la trama del tejido humano integral: he aquí una buena tarea para filósofos, antropólogos, teólogos, psicólogos, humanistas, etc. Es decir, tener acceso a una antropología actualizada que de cuenta de todas las dimensiones reales de la riqueza de lo humano, sin cercenar ningún aspecto constitutivo. Hacia fines de febrero de este año, el papa Francisco ha puesto su mirada sobre una forma particular de entender la complejidad de la condición humana. Abordó la cuestión del “Gender” o “Género” y dijo: “La teoría de género anula la diferencia hombre-mujer”.
Y esta diversidad es vista, para quienes sostienen dicha teoría, como enemiga de la igualdad de oportunidades, de la no-discriminación y de la libre autodeterminación del propio ser en el mundo. “Cancelar la diferencia es cancelar la humanidad” ha dicho Francisco. Y es una afirmación rotunda.
La humanidad es plural, no singular. Y estas es su riqueza, su esplendor, que la hace “cosa muy buena” (Gn 1, 31) a los ojos de Dios que así la ha querido y creada. La primera, originaria y originante diferencia antropológica es esta de hombre-mujer. “Hombre y mujer están en una fecunda “tension” -recuerda el Papa- que no cancela las diferencias y hace todo igual”.
Es significativo que este recordatorio se produzca en el contexto de un discurso a los participantes en la conferencia “Imagen hombre-mujer de Dios”. Para una antropología de las vocaciones”. Vocación fundacional de toda otra vocación particular a la que estamos llamados mujeres y hombres es la que “tiene que ver con una característica esencial del ser humano como tal: es decir, que el hombre mismo es una vocación”, que le es dada en su ser hombre y mujer. Antes de cualquier determinación adicional del propio currículum vitae, se pide libertad para abrazar lo que ya somos como una tarea y misión de vida.
DESDE EL PRINCIPIO
En la Sagrada Escritura es Dios quien da nombre a todo y a todos, incluso al hombre y a la mujer (Génesis 1, 24). Nuestros nombres son la expresión cabal del nombre que el Creador moldeó en nuestra venida al mundo como hombre-mujer. Nuestros nombres están escritos en el pensamiento de Dios desde “el principio”.
Dicha polaridad es una riqueza. De hecho, la condición humana se articula como varón y mujer y ello tiene que ver directamente con la complementariedad. Todo lo que hacemos o pensamos, lo hacemos o pensamos como varón y mujer. Cuidado, no decimos “competitividad”. Complementariedad para la vida cotidiana, para el amor, para el servicio a la vida misma, para la familia.
Corresponde a la filosofía personalista pensar la diferencia en la unidad y la unidad en la diferencia. Un trabajo formidable todavía en marcha, en el ejercicio de la razón propio del pensamiento antropológico. Una unidad-diferencia que se expresa originariamente en la del hombre y la mujer. De abolirse esta polaridad irreductible, se abre camino la pobreza antropológica. Por el contrario, reconocerla, es abrirse al don de lo real, y estudiarla en profundidad, es extraer su riqueza. Hombre y mujer, diferentes, y que se completan en la fuerte llamada del amor humano. Al final, es ese amor lo que brinda plenitud y gozo.
Por el Pbro. Dr. José Juan García
