
Carezco del talento necesario para describir en pocas palabras, o con ejemplos sencillos, lo que a veces quiero decir. Admiro esa capacidad en otros, como por ejemplo el premio Nobel García Márquez, quien en un cuento graficó claramente lo que es un demagogo, que deviene casi naturalmente después en un populista, y que engendra, en su máxima expresión, un ser totalitario. En ese cuento, García Márquez desarrolla las vivencias de un candidato a senador que, en campaña, visita un ignoto pueblo caribeño. Viene con armados de cartón, edificios, árboles, y hasta un barco. Le dice al pueblo "miren, así seremos”. Por la noche desarma los cartones, se reúne con la mesa chica de los que lo apoyan, y les dice más o menos: "tengan en cuenta que si un día, esos edificios, esos árboles y ese barco son reales, ya no tendremos más nada que hacer aquí”.
Así de dañino es el populismo, y sus derivados, la demagogia y el totalitarismo. Nada puede crecer ahí. Son como los cantos de sirena de Ulises que atraen a los navegantes con sus dulces melodías, para una vez atrapados destrozarlos y comérselos. ¿Cómo hacer para que el sencillo hombre de pueblo advierta que está en manos de uno de esos seres?
Características del populista
El populista ejerce el poder en una forma antidemocrática y autoritaria. No es de izquierda ni de derecha. No tiene ideología. Para afirmarse en sus procedimientos, necesitan de ciertos elementos que les permitan aplicar medidas agresivas. El primero de ellos, fomentar la división entre los gobernados, o sea fijar una brecha, o grieta, entre ellos. ¿Les suena? En segundo lugar, es imprescindible crear la ficción de un "enemigo interno”, ese ser maligno culpable de todas las desgracias que caen sobre los menos favorecidos. No es del populista la culpa, si no de esos poderes oscuros que son los verdaderos enemigos del pueblo. El periodismo es el favorito de sus achaques. Suponen que los "medios corporativos” mienten con tal persuasión, que son capaces de torcer el pensamiento y la voluntad del pueblo. Dan por sentado, luego, que los habitantes carecen de criterio y formación como para advertir dónde está la verdad y dónde la mentira. Sólo en base a propaganda es que un candidato que no es de su corral, puede ganar elecciones. "El pueblo ha sido engañado” y todo lo que se haga para desestabilizar a ese gobernante, es lícito. "Helicóptero ya”, para ese gobierno surgido de sufragios mal habidos. ¿Les resulta familiar?
Otro enemigo viene de las fuerzas productivas. El campo, los industriales, el comercio. Son los culpables de la inflación. No lo son, por supuesto, sus ininterrumpidas emisiones espurias de dinero, sin el respaldo de un incremento en la cantidad de bienes y servicios. Como tampoco el aumento indiscriminado del gasto público, que disimula más de las veces una oscura transferencia de recursos hacia quien ejecuta esas políticas. Entonces hay que ir contra, por ejemplo, los supermercados. Es válido el ejército de inspectores que se reclutan desde sectores no gubernamentales, verdaderos "para inspectores”, dispuestos a ir contra esos comerciantes que aumentan los precios "porque sí”. La falacia de ese accionar supuestamente anti pueblo, queda al descubierto al recordar la época de la convertibilidad, cuando por un lapso aproximado de 10 años los precios permanecieron estables. ¿Por qué? Había previsibilidad en la conducción económica, el Banco Central tenía prohibido emitir, y el control de los gastos del estado era exhaustivo. Esto que se llama equilibrio de las cuentas públicas, hace que los precios mantengan su nivel por tiempo prolongado, y por lo tanto los salarios conservan su poder adquisitivo. Llegar a fin de mes deja de ser un enigma.
Un lugar sin libertades
Existen otros enemigos. El que piensa distinto, "la oposición”, los que se van del país, ya sea personas o empresas, el liberalismo, todo aquello que suene a "capital”. En fin. Y, como frutilla del postre de sus luchas en favor del "pueblo”, del cual se sienten sus únicos e infalibles intérpretes, procuran sostenerse en regímenes totalitarios de otros países, en los cuales se apoyan para librar sus desiguales luchas contra los poderes concentrados. Dice la información que "Nicolás Maduro dejó en claro el mundo que sueña: el que pretenden configurar XI Jinping y Vladimir Putin. Un lugar sin libertades, con represión a las minorías y a quienes piensan distinto al poder imperante. Lo dejó en claro en el marco del informe anual de gestión que ofreció ante la Asamblea Nacional chavista. El dictador venezolano dijo que en su afán por cumplir con los deseos de sus "hermanos mayores” como los calificó a los jefes de los regímenes chino y ruso, respectivamente, se comprometía a encabezar la construcción de un bloque político que reúna a toda América Latina y el Caribe”. Agrega que "en su discurso, al momento de referirse al plano internacional, el caribeño propuso "avanzar en la consolidación de una nueva geopolítica regional” y "en la construcción de la patria grande”. En tal sentido, dijo que el tema lo habló con el presidente Lula da Silva (Brasil), con Gustavo Petro (Colombia) y Alberto Fernández (Argentina).
No puede ser más inquietante este discurso. Demagogia, populismo y totalitarismo. Una trilogía capaz de hundir la nación más prometedora.
