
Cuando el invierno comenzaba desafiante a mostrar su helada espada, mi abuelita sacaba de su canastito de mimbre la aguja al crochet y la variada lana que le sobró del año pasado, con la que quedó en paz con su amor, haciéndole un pullover a algún nieto, y se sentaba en el fondo del largo pasillo de madreselvas y jazmines, mirando hacia la calle Santa Fe que alguna vez se revolcara en polvo con un terremoto; y allí, donde todas las tardecitas entraba la ternura a quedarse a vivir en sus ojos celestes, tejía pacientemente una amorosa pañoleta. (En esta zona también se la denomina mañanita).
Ese pequeño ponchito que emergía como un poema para las gastadas espaldas, era alivio contra los rigores del frío y compañía para pasar el día bajo ese arbolito de enredos de luna en el laberinto del crochet.
Desde la nostalgia de aquella acogedora casa de mis abuelos, una vez escribía: "Hasta allí llego frecuentemente en el sendero de mis sueños. Entro por el largo pasillo de mosaicos blancos y negros en rombo. El jazminero me susurra un piropo de azahar y la madreselva un beso. Al fondo, sentada a la pobre mesita que construyera mi abuelo, está mi abuela Delia pertrechada de cielo en sus ojos azules. Su sonrisa nos pertenece, su dulzura nos protege, el amor se ha sentado a su mesa.
Esa casa hoy no está, que es una forma de decir (¿quién puede quitar de nuestra memoria y nuestros sueños las cosas bellas?).
Pareciera que las mañanitas están previstas sólo para los viejitos; que ese rombo amable de encrucijadas de lana de descarte está pensado para prolongar en nobles latidos sus dignas espaldas; que a veces el peso de los años asemeja enseñorearse con el artificio de su diseñada curvatura. (La noble pañoleta se contenta con significar los años; es como que el tiempo de amores y de llantos se hubiera asentado pájaro sobre la decencia de un sauce).
Mi abuela labraba su propio potrero, abriendo con su arado de estilete plata melgas de tibieza. Vagamente recuerdo haberla visto tejer en silencio con una vecina amiga; dos antiguas compañeras de la vida aprendida, dialogando unánime mutismo, con la pluma del compartido trabajo bello.
El poeta José Pedroni proclamaba en su poema La Cuna: "Haz con tus propias manos la cuna de tu hijo./ Que tu mujer te vea cortar el paraíso./ Para colgar del techo, como en los tiempos idos, que volverán un día./ Hazla como te digo, Trabajarás de noche./ Que se oiga tu martillo./ "Está haciendo la cuna", que diga tu vecino./ Alguna vez la sangre te manchará el anillo./ Que tu mujer la enjuague./ Que manche su vestido./ Las noches serán blancas, de columpiado pino./ Harás según el árbol la cuna de tu niño./ Para que tenga el sueño en su oquedad de nido./ Para que tenga el ángel en un oculto grillo./ La obra será tuya./ Verás que no es lo mismo./ Será como tus brazos la cuna de tu hijo./ Se mecerá con aire. Te acordarás del pino./ Dirás: "Duerme en mi cuna"./ Verás que no es lo mismo.//
Las pañoletas vuelan por paraísos escondidos, ruiseñores lanzados a la vida noble desde el pulso creador de mujeres que aman sentirse hacedoras. Nuestras dulces mañanitas reivindican abuelas y muchachas de cera en incipiente juventud enhebrando con plumas de plata lívida los días fervorosos del amor.
Todo forma parte del paisaje de la vida, donde -seguramente- estas nimiedades honrosas protegen la virtud de los mejores, aquellos seres sencillos que "pierden el tiempo" en ser horneros, humildes albañiles de la ternura, como modo de aportar a la grandeza de la sencillez.
Sigo espiando (aguaitando, según los de aquí) la paciente edificación de mi abuelita y su vecina amiga, que cuchichean algunas poquitas palabras semejantes a gorjeos de pichones, discursos-poemas que revolotean las tardes incondicionales; pero el mensaje más vasto sale del gigante concierto de sus agujas al crochet.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor
