
El pueblo en las calles bajo una típica jornada inglesa con el cielo nublado y la persistente llovizna mostró una realidad que a los críticos de la monarquía les resultara difícil rebatir. Si a ello sumamos que una última encuesta popular reveló la aceptación ciudadana de un 53 por ciento de la población de la actual organización del estado del Reino Unido donde la jefatura y representación supremas "son ejercidas por una persona a título de rey", la ceremonia de ayer caló hondo entre los ingleses.
En ella se reconoció la dignidad real de una persona, el rey Carlos III, a quien se le colocó una corona sobre la cabeza como símbolo de ese reconocimiento.
Había subido al trono el pasado 8 de septiembre tras la muerte de su madre y ahora se lo nombró formalmente no sólo como jefe de Estado del Reino Unido, sino también como líder de la Iglesia de Inglaterra. Y en su discurso, Carlos III quiso dejar en claro que no viene para ser servido "sino a servir". Y, en se sentido, puso el ejemplo de su madre, la reina Isabel II, ya que "su dedicación y devoción como soberana nunca vacilaron en momentos de alegría, o de tristeza y pérdida".
EL MOMENTO MÁS SAGRADO
Con la mano sobre la Biblia el rey prestó juramento, siendo el momento considerado "más sagrado" de la ceremonia, cuando el arzobispo Justin Welby ungió las manos, el pecho y la cabeza del monarca, oculto de la vista de todos por una pantalla. Mientras, afuera se reunían multitudes siguiendo la ceremonia en gigantes pantallas a la espera del paso de los monarcas en el itinerario dispuesto por el protocolo, con 29.000 policías, en una de las operaciones de seguridad consideradas más importantes del Reino Unido. Pero lo que se ha podido observar claramente en cada momento de la celebración de ayer fue la idea de preservar las tradiciones, el respeto a la iglesia y la unidad del pueblo. Por eso el monarca aseguró que "el papel y los deberes de la monarquía también permanecen, así como la relación particular y la responsabilidad con la Iglesia de Inglaterra, en la que tan enraizada está mi fe", y recordando nuevamente a Isabel II señalo que "como hizo la reina con una devoción inquebrantable, yo también prometo, durante el tiempo que Dios me dé, ser fiel a los principios constitucionales que están en el corazón de nuestra nación".
En su discurso, Carlos III quiso dejar en claro que no viene para ser servido "sino a servir". Y, en se sentido, puso el ejemplo de su madre, la reina Isabel II, ya que "su dedicación y devoción como soberana nunca vacilaron en momentos de alegría, o de tristeza y pérdida".
LA PRESENCIA DE JEFES DE ESTADO
Otro aspecto que para los observadores políticos fue la ratificación histórica de un reconocimiento al reino inglés fue la presencia de casi todos los jefes de Estado de la Europa democrática y las máximas autoridades del Parlamento Europeo. Teniendo como escenario principal la histórica abadía de Westminster, se repitieron varios momentos de antigua data y similares a los vividos hace 70 años, cuando con 26 años de edad era coronada Isabel II.
Ahora, otro muy distinto es el mundo, pero el rey quiso reiterar que la unión del Estado y sus autoridades con su pueblo se ratificaba como en los mejores momentos de la historia del país y de su Mancomunidad de Naciones. Ello fue advertido por los presentes al asentir con aplausos la idea de que no se han perdido las tradiciones ni la cercanía con los ciudadanos, mientras Carlos III reconocía también que su vida "cambiará al asumir mis nuevas responsabilidades. No será ya posible para mí dedicar tanto tiempo y energía a las acciones de caridad y a los asuntos que tanto me importan, pero sé que este importante trabajo continuará en manos de otros".
Uno de los momentos de unión entre los ingleses y el monarca fue cuando se oyó gritar a los asistentes un "¡Que Dios salve al rey Carlos!", acompañado de una fanfarria de trompetas. Esto sucedió luego de que Carlos III y Camila, de 74 y 75 años de edad respectivamente, entraran vestidos con capas ceremoniales tras una breve procesión en carroza desde el Palacio de Buckingham.
Por Luis Eduardo Meglioli
Periodista
Autor de "Vida de Reyes", Emporio Ediciones, Córdoba.
