El caso de Tristram Engelhardt merece particular atención ya que su obra se ha convertido para muchos bioeticistas en una especie de evangelio o catecismo teórico sobre las relaciones de la ética con la ciencia médica. Representa el primer esfuerzo explícito de sistematización de la bioética a partir de los fundamentos éticos de cuño cultural anglosajón.

Según Engelhardt la bioética responde, como tarea filosófica, a dos causas: la próxima, es la cantidad innumerable de problemas que pone el actual desarrollo de las ciencias biomédicas, y la remota, por el contexto social caracterizado por el pluralismo, "privado de una ortodoxia impuesta”.

El origen de la bioética según el autor, puede ser puesto allá cuando se señala la ruptura de la unidad de la ética cristiana, que conoce su momento fuerte en la Reforma. Las cuestiones bioéticas, "surgen sobre el fondo de una crisis moral que está estrictamente ligada cuando vienen a menos de una serie de convicciones, tanto en lo ético como en lo ontológico, en Occidente. Cuando Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517, signó una nueva era para Occidente y la caída de la esperanza en una posible uniformidad de las concepciones morales”.

Una esperanza que el Iluminismo buscó en vano de reconstruir, sobre todo a través de la mitificación de la razón universal. La premisa para la bioética es pasar de una sola razón única y válida para todos a una pluralidad de sistemas filosóficos que repiensa la ética hasta en sus mismos pilastras fundamentales.

Pero nos surge una pregunta: si la bioética es de suyo laica, instrumento para la pacífica negociación de las intuiciones morales, ¿qué sucede con tanta bioética que tiene inspiración religiosa? ¿La hemos de desechar lisa y llanamente? La respuesta del filósofo no es de exclusión sino de subordinación a la estructura laica de racionalidad.

Su postura ante la ética racional clásica y ante la teología de signo católico es de rechazo. "La moralidad occidental y la autoridad para realizar una política pública se fundamentaban en el supuesto de que la razón puede justificar una moralidad y una bioética dotadas de contenido y canónicas para extraños morales, pero se ha demostrado que este supuesto es insostenible”. Para Engelhardt, las únicas virtudes morales operativas admisibles en una sociedad pluralista serían la tolerancia, la liberalidad y la prudencia. La primera reviste tal importancia, que su contrario, la intolerancia, sería el peor de los vicios.

La bioética secular no puede elaborar argumentos concluyentes para prohibir males como el aborto o el suicidio o las acciones sexuales antinaturales. La bioética emerge en pleno contexto posmoderno de pensamiento débil, y ello hace pensar a Engelhardt que es imposible a través de la razón obtener una interpretación normativa de contenido de la moralidad.

¿Qué hacer entonces? Si las cuestiones que se plantean no las podemos resolver desde la fe o el evangelio ni tampoco desde la razón, ya fragmentada, pues habrá que buscar una ética capaz de "consensuar” los principios. El consenso es la única fuente de autoridad moral, y que se materializa en los principios de permiso, beneficencia y propiedad.

El primero sería el más importante y se formula así: "no hagas a los otros lo que ellos no se harían a sí mismos”. Sin el permiso o consentimiento de quienes integran la sociedad plural no existiría autoridad.

El principio de beneficencia se formula así: "Haz el bien a los demás”. Pero este principio está subordinado a aquél primero. El Estado tiene que tolerar cualquier conducta, por mala que parezca a unos, si a otros el acuerdo los une sobre el particular. Engelhardt pone como ejemplos prácticos la tolerancia del mercado de la pornografía, la prostitución y el tráfico de drogas.

El tercer principio es el de propiedad. Se formula así: "Las personas se poseen a sí mismas, lo que ellas hacen y lo que otras personas les transfieren…”. Este principio supone el de permiso de las personas. Por ende, el Estado debería facilitar la prestación de cualquier servicio postulado sobre la base de decisiones consensuadas. Por ejemplo, facilitar la realización de la eutanasia, si la parte interesada lo pide.

Aplicando estos fundamentos a la bioética le sigue el inexorable relativismo de opciones morales, que han de contar siempre con el permiso y el consenso de las partes interesadas. Nada queda del bien en sí o el mal en sí, de tantas opciones en bioética. La fe eventualmente es buena guía, pero divorciada de la razón y sólo para creyentes. Engelhardt desconoce los dictados de la ley natural dirigiendo su discurso hacia el convencionalismo social. Así, para el autor, los discapacitados graves, los malformados, los embriones no son personas en sentido estricto. No poseen capacidad de raciocinio ni de consenso. Engelhardt es llevado a delinear su propio concepto de persona y a concebirlo según los grados y las modalidades analógicas que se asimilan a alguna entidad personal. Aquellos individuos no serían persona humana en estricto sentido, sino más bien "seres humanos”.