Cuánto se ha escrito de nuestro origen y libertad de nuestra Patria, y por la independencia, para configurar nuestro ser nacional, pero también, cuánto se ha meditado sobre el perfil de nuestro máximo prócer, maestro y educador de los pueblos, Domingo Faustino Sarmiento. Fue él quien provocó a los responsables de todos los gobiernos a tenérselas que ver con la educación.

De ahora en adelante lo veremos no sólo recordado en los homenajes o para un bicentenario en su espíritu, sino en su misma formación, basada en la fe católica. Esta lo recuerda y acepta en función de todo lo que es verdadero y santo de su propuesta en su pensamiento, pues, en el modo de vivir y obrar, la Verdad pudo reflejarse por su esfuerzo que el mismo puso al conocer.

El Bicentenario de nuestra Patria propone el "Espíritu bicentenario” reuniendo a dos exponentes de la educación y formación del mismo espíritu. Domingo Faustino Sarmiento -Maestro de América- y Santo Domingo de Guzmán OP -"luz de la Iglesia, Doctor de la Verdad”-. Este último canonizado en 1234 por el Papa Gregorio IX, y por quien la Iglesia Católica celebra su fiesta cada 8 de agosto cumpliéndose, este año, 790 años de su expiración.

Es importante destacar la influencia en Sarmiento del espíritu dominico en su formación. Nuestro prócer nació el 15 de febrero de 1811, en la provincia de San Juan, en el barrio Carrascal y sus nombres de pila fueron Faustino Valentín, pero como casi todos sus parientes pertenecían a la orden Dominicana, se lo llamó Domingo Faustino.

Según algunos relatos, Valentín estuvo gravemente enfermo y su madre lo encomendó a Santo Domingo de Guzmán, del cual la familia era devota. Repuesto de sus dolencias y en honor al santo, comenzaron a llamarlo Domingo.

Doña Paula Albarracín de Sarmiento, sembró la religiosidad en el alma de su hijo. Escribe Sarmiento en su autobiografía que "la lucha se trabó, pues, en casa, entre mi pobre madre que amaba a sus dos santos dominicos (Santo Domingo y San Vicente Ferrer) como miembros de la familia, y mis hermanas jóvenes, que no comprendían el santo origen de estas afecciones, y querían sacrificar los lares de la casa (las imágenes de los santos mencionados) al bien parecer y a las preocupaciones de la época”.

Relata nuestro prócer, "por lo que hace a mi vocación sacerdotal, asistía cuando niño de trece años a una devota capilla, en casa del jorobado Rodríguez, capaz de contener veinte personas, dotada de sacristía, campanario y demás requisitos, con una dotación de candeleros, incensarios, campanas sonoras, hechas por el negro Rufino de Don Javier Jofré, de que hacíamos enorme consumo en repiques y procesiones. Estaba consagrada la capilla a nuestro Padre santo Domingo, desempeñando yo durante dos años por aclamación del capítulo, con grande edificación de los devotos, la augusta dignidad de Provincial de la orden de Predicadores”.

Hacia 1826, Sarmiento vivió con su tío, el sacerdote dominico José de Oro, en la pequeña aldea de San Francisco del Monte, en la provincia de San Luis. De este sacerdote no sólo aprendió asuntos referentes a los libros sino de la vida misma y se convirtió en el maestro que más influyó en el desarrollo espiritual e intelectual del prócer, pues, cuando Oro tuvo que emigrar a San Luis tras la batalla de Las Leñas, Sarmiento lo siguió, dejando la carrera de ingeniería que había comenzado: "Nos queríamos como padre e hijo, y yo quise seguirlo” (Rec…, p. 45). Fue entonces que, juntos, fundaron una escuela en la que Sarmiento, siendo el menor de todos con sus quince años, era el maestro.

En 1827, con 16 años, Sarmiento era presentado por José de Oro, como un miembro de la familia, a su hermano fray Justo de Santa María de Oro, a quien el joven admiraba por varias razones, entre otras por haber sido diputado al Congreso de Tucumán representando a la provincia de San Juan, "junto al ilustre Laprida” y por haber puesto su firma en el "acta de emancipación de las Provincias Unidas” (Rec…, p. 48).

Sarmiento creció en el espíritu de la formación dominica, junto a su entorno familiar y vecinos de Carrascal, entanto en sus inmediaciones se elevaba en construcción, el Convento de Santo Domingo secundado por la orden de los dominicos que fue la primera que se instaló en San Juan, ocupando este solar desde la fundación de la ciudad.

La festividad de Santo Domingo, los dominicos y seglares devotos, también la celebran en esta tierra sanjuanina reconociendo que en América intervinieron en la educación al igual que Sarmiento lo hizo por su patria de población criolla.