Tras medio siglo del llamado del papa Juan XXIII, del 11 de abril de 1963, exhortando a todos los hombres de buena voluntad a mantenerse dentro de los valores de su religión y ratificar en sus corazones y con hechos el propósito de vivir en un ambiente de paz perdurable, el mundo sigue en crisis.

En esa encíclica, conocida como "Pacem in terris” ("Paz en la Tierra”), el Vaticano realiza una profunda reflexión sobre las condiciones que han de imperar para que haya una verdadera paz en el mundo. Intenta mostrar la común pertenencia a la familia humana e iluminar la aspiración de la gente de todos los lugares de la tierra a vivir en seguridad, justicia y esperanza ante el futuro.

¿Es posible la paz en la persona, en la familia, en el mundo y con los demás? Si en primer lugar la paz no llega al interior de la persona, lo restante no será posible. No se puede vivir en un mundo de enfrentamientos, disputas, inseguridad donde se imponga lo económico, por satisfacer los intereses, que asigne un modelo de vida en los cuales son muy pocos lo que entran a dicho sistema, excluyendo a otros. Afirmando esta verdad, el hombre está obligado a respetar a sus semejantes, valorar el mundo del trabajo, la actuación de la mujer en la vida pública y la educación de niños y jóvenes.

Los gobiernos, fuerzas políticas de cada nación, deben trabajar en franca solidaridad sin anteponer los intereses personales, el egoísmo e individualismo. Establecer el bien común tanto nacional como internacional es accionar con la justicia y con amor. El Papa Juan XXIII precisó al bien común como "el conjunto de las condiciones sociales que permiten y favorecen en los seres humanos el desarrollo integral de su persona” (Encíclica Mater et Magistra).

Hoy se mantiene una profunda crisis de carácter cultural y moral. Cambiar este rumbo implica que cada responsable, por cada persona, tome en cuenta su rol humano, no solo a favor de los suyos sino también de la comunidad.

La paz se logra con la enseñanza y el aprendizaje de la libertad en el ámbito de la educación familiar y cívica, no sin antes observarla como anexa a la práctica de los valores. No debemos concebir la paz como segura a nuestro ámbito y ajena a nuestro entorno, nada más contradictorio a la verdad.

La paz debe estar donde quiera que estemos aunque por ausentes no la notemos. Debe estar en nuestras familias, pero también en contacto con desconocidos, pues es en medio de estos donde la realidad se desenvuelve.