El Padre de la Patria dispuso medidas tanto para atender a los hombres heridos del ejército como para las provincias de Cuyo.

 

Un aspecto fundamental en la vida cotidiana de todas las sociedades es el relacionado con la salud y la sanidad, mucho más si hablamos de una guerra o una campaña militar como en el caso del cruce de los Andes, hito fundamental de la Gesta Sanmartiniana. Era necesario contar con tropas en condiciones óptimas de salud, evitar la ocasión de contraer enfermedades, así como también medios y recursos para atender a los eventuales enfermos y heridos que pudiese haber. Nada de esto fue ajeno a la planificación sanmartiniana. 

El Protomedicato -institución colonial establecida en Buenos Aires en 1799- coordinaba las tareas relacionadas con salud, medicina y sanidad en el territorio rioplatense. Sin embargo, la situación médica y sanitaria era deficiente, al no ser una prioridad gubernamental, era responsabilidad particular de cada persona el mantenimiento de la higiene del hogar, de las calles y también -obviamente- la personal. Por ello, aparte de algunas disposiciones generales acerca del nombramiento de médicos o la toma de medidas puntuales en caso de epidemia, podría decirse que no existía una política tendiente a promover la salud y velar por la higiene en general. La normativa -dictada por los cabildos- era muy vaga en sus consideraciones. 

El tema sanitario en las tropas

Una vez instalado en Mendoza, el General San Martín se dedicó no solamente a entrenar y equipar el Ejército de los Andes, sino también a organizar la sanidad del mismo, contando con la colaboración de los monjes Betlemitas. También impulsó San Martín, la aplicación en estas tierras de la medicina herbolaria homeopática, que comenzaba a difundirse en Europa. 

La vida de la tropa era muy difícil. Se calcula que, hasta fines del siglo XIX, fallecían en promedio cuatro soldados a causa de enfermedades e infecciones evitables, por cada uno de los que morían en el campo de batalla. Tanto los llamados "enemigos invisibles" (virus, bacterias y parásitos), como el medio ambiente tenía tanta influencia, que muchas veces fueron determinantes en el resultado de las operaciones militares.

La convivencia estrecha de grupos numerosos en los cuarteles y campamentos, en condiciones de escasa higiene, careciendo de agua segura, sufriendo hambre y estrés constante -además de las consecuencias de batallas peleadas cuerpo a cuerpo- con el consiguiente número de heridos y fallecidos, desencadenaban numerosos problemas médico-sanitarios. Era frecuente que las tropas sufrieran disentería, fiebre tifoidea, cólera y malaria, además de parásitos varios. 

La situación posterior a una batalla debía ser desoladora. No se disponía de medios rápidos para levantar los heridos, ni los muertos. Generalmente quienes tenían posibilidades de salvarse eran transportados en carretas tiradas por bueyes a improvisados hospitales, establecidos en conventos o casas particulares espaciosas; al tiempo que se dejaba a los heridos insalvables y los cadáveres para ser retirados posteriormente. 

Modelo francés

Para seguir a la tropa y atenderla durante la campaña, San Martín -adoptando el modelo francés- organizó una serie de hospitales móviles de campaña, ligeros, pequeños pero muy bien equipados, los llamados "Hospitales de Sangre". Tanto en Mendoza, como en San Juan y San Luis se crearon Hospitales militares fijos, donde se derivarían los casos graves. Consiguió fondos del gobierno porteño para equipar importantes botiquines que abastecerían de medicinas a los soldados. 

Asimismo, se creó un cuerpo de carretas y camilleros que iban a la retaguardia de la tropa y se encargaban de levantar rápidamente a los caídos del campo de batalla. Además de no dejar rastros al enemigo, esta labor humanitaria levantaba la moral de la tropa, brindando una sensación de cuidado y alivio. En las carretas se cargaban vendas y algunos ungüentos que sirvieran para aliviar a los heridos.

Entre las dolencias más frecuentes sufridas por los hombres que integraron el Ejército de los Andes encontramos las heridas con sables y armas blancas, los quemados con pólvora de los cañones, fracturas y luxaciones, el "surumpi" (problema oftalmológico, causado por la reflexión de la luz solar en la nieve, que produce ceguera temporal) y el "soroche" o apunamiento. Para evitar las amputaciones por congelamiento, ordenó que obligatoriamente los soldados llevaran una especie de plantilla de lana o pellón animal dentro del calzado, para que mantuvieran los pies calientes; además de mantas y ponchos de abrigo. Asimismo se preocupó por que sus soldados estuviesen bien alimentados, condición ineludible para cruzar los Andes y para la batalla. 

Medidas de higiene y vacunación

Durante su corto período como Gobernador Intendente de Cuyo, San Martín adoptó una serie de medidas que dejaron profundas huellas en las provincias cuyanas, entre las que no descuidó lo sanitario. Además de la mencionada creación de hospitales en cada ciudad, se preocupó por mejorar las obras de irrigación, para asegurar una provisión de agua abundante. Propició medidas de higiene urbana (limpieza de calles, acequias, etc.) para evitar enfermedades infecciosas. Estableció la obligatoriedad de la vacunación antivariólica entre la tropa y la población. Se crearon dispensarios para mejorar la calidad de la salud pública. Combatió la existencia de perros callejeros, para evitar la hidrofobia. Procuró la evaluación médica de la población de las ciudades cuyanas, en especial los varones capaces de integrar el Ejército Libertador. Adoptó medidas similares en Chile así como también en Perú, promoviendo mejoras sanitarias fuera del territorio nacional, que fructificaron y perduraron en tiempos de guerra y también de paz. 

 

Sanidad militar

Ya en 1813, por iniciativa tanto de Belgrano como de San Martín, se creó la Sanidad Militar, a cuyo frente se designó al Dr. Cosme Argerich. Se estableció la Escuela de Médicos y Cirugía, que en 1814 se convirtió en el Instituto Médico Militar, con el objeto de formar médicos militares, es decir especializados en heridas de guerra. Un grave problema posterior fue que estos médicos formados tenían un salario tan bajo, que se negaban a integrar los ejércitos. También aquí intervino San Martín, logrando una mejora sustancial en los salarios y honores militares para quienes se desempeñaran en el frente de batalla. Aun así, fue difícil conseguir médicos idóneos para el Ejército Libertador. Entre ellos se destacaron Diego Paroissien, Juan Isidro Zapata y varios religiosos bethlemitas, con conocimientos médicos que incluso lo siguieron a Perú. El más importante de ellos fue fray Antonio de San Alberto. En San Juan, destacó el cirujano Juan Blanco.

Los remedios

Los remedios utilizados eran pocos y nada efectivos. El aceite de almendras, las hierbas locales y la sal inglesa, eran algunos de los más difundidos, usados para purgas o como calmantes. El anestésico por excelencia era el ron, el aguardiente o cualquier bebida alcohólica; aunque también el opio y el beleño. Por lo común, se empleaba el vino por ser más barato y accesible. Estas medidas se adoptaban en todos los casos: cirugías, amputaciones, suturas o curaciones, indistintamente. Para evitar las infecciones posteriores se recurría a las cauterizaciones con hierros candentes y nuevamente las hierbas locales, para aliviar los sufrimientos posteriores. 

En este contexto, es lógico que la salud significara un punto fundamental del Plan Sanmartiniano; necesitaba un cuerpo médico eficiente, rápido, bien equipado y a la vez evitar la mayor cantidad de ocasiones de daño sanitario entre los soldados y la población civil. Dio inicio a su plan varios años antes del Cruce.

 

Mag. Alejandra Ferrari 
(Instituto de Investigaciones de Historia
Regional y Argentina H.D.Arias- FFHA-UNSJ)