
Ciertos momentos de la historia Argentina parecieran haber transcurrido en un país, más que diferente, contrapuesto al que conocemos. Lo acontecido entre fines del siglo XIX y principios del XX podría ejemplificarlo. Entonces, en escasos años, la Argentina logró una verdadera metamorfosis: entre 1869 y 1914 (45 años) la población se multiplicó más de 4 veces, en razón de una cuantiosa inmigración. En 1887, los extranjeros componían el 52,7% de la población. Una vehemente disparidad de idiomas y orígenes, sólo pasible de ser superada por voluntades especiales. Una nación todavía indefinida en su población, pero concreta y explícita en sus objetivos: el progreso real y concreto. Propósito tal, atrajo especialmente a voluntades diligentes, de aquellas que se sienten amalgamadas con el trabajo y convocan la prosperidad.
Un ambicioso diseño de país
La cuadruplicación de la población en 45 años no fue casual, se trató de un ambicioso diseño de país. Quienes desplazaron a Rosas, haciéndose cargo del Estado en 1852, interpretaron que debían multiplicar la cantidad de brazos trabajando, para así aumentar la riqueza circulante en beneficio de todos. Se necesitaba de gente que hinchase el velamen de la civilización: quienes supieran desempeñarse en la dinámica del comercio, en la industria, en la construcción y en las más diversas áreas (carpinteros, impresores, etc.). Se aspiraba a que todos esos oficios y profesiones, escasos en el país, pudieran ser propagados una vez desempeñados aquí.
El Ministerio del Interior creó la Comisión Central de Inmigración, que desplegó una notable red de agentes que promovían la inmigración en toda Europa. Detectaban posibles inmigrantes facilitándoles todo: papeles, préstamos, ubicación, etc. Cuando una nación se fundamenta en el trabajo, la honra y el respeto, se producen verdaderos milagros. La coordinación de todas estas estrategias logró que, entre 1870 y 1913, la Argentina fuese el país con mayor crecimiento del PBI del mundo, seguida por Canadá y Estados Unidos.
La honestidad intelectual, ímpetu, coraje y determinación de aquellas generaciones, constituyeron el factor diferencial que llevó a la Argentina a la cúspide del desarrollo.
La inmigración
Semejante afluencia poblacional, sin parangones previos ni posteriores, precisó asimismo de una reconversión civil inédita. Es que no había, en realidad, cómo albergar a toda esa masa humana, que superaba largamente a todos los residentes en el país. Literalmente, millones llegaban a establecerse y a trabajar, lo que exigía una infraestructura correlativa respecto a viviendas, industrias y espacio público. Ante análogo despegue en población y producción, las ciudades multiplican exponencialmente su circulación. Resultó imperioso, entonces, mejorar sustancialmente las ciudades en sus accesos, calles, distribución, y especialmente el puerto de Buenos Aires, por donde personas llegaban y exportaciones salían. No obstante, la exigencia prioritaria sería inevitablemente sanitaria. Por ejemplo, en 1880 se consumía 1.749.000 m3 de agua y en 1900 ya casi se llegaba a los 40.000.000 (viviendas e industrias).
Una metrópoli moderna
Como otra manifestación del espíritu de la época, se podría citar la solución concertada respecto a la Capital de la Nación. El emplazamiento de la misma coincidía con la de la provincia de Buenos Aires, motivo de serios conflictos. El presidente Julio Argentino Roca lo resolvió creando una ciudad entera: La Plata. Nacionalizó en 1880 la Capital, la que rápidamente se transformó desde un modesto y colonial caserío en una moderna metrópoli, al estilo hoy ostentado, con grandes avenidas, plazas e instituciones públicas. Por otra parte, en 1882 se colocaba la piedra fundamental en La Plata, sobre un páramo despoblado, y sólo 2 años después ya se instalaban los poderes públicos en sus propios edificios. Un récord de ejecutividad y capacidad técnica, más considerando los recursos de la época.
Uno de los grandes críticos del proyecto, Domingo F. Sarmiento, en 1886, a los 4 años de la piedra fundamental, expresó: "Desmesurado, colosal, como para un pueblo de gigantes". La huella histórica de Roca es indiferente a su exoneración de los billetes.
La honestidad intelectual, ímpetu, coraje y determinación de aquellas generaciones, constituyeron el factor diferencial que llevó a la Argentina a la cúspide del desarrollo. También resulta notorio que entonces conocían una clave, luego al parecer extraviada: sólo es posible crecer encendiendo entusiasmos, los que emergen sólo en entornos propicios.
Por Lic Marcelo Medawar
