Mismas banderas para crisis distintas. En Sevilla, el jueves pasado, la calle que pasa frente al Archivo de Indias y la imponente Catedral de la Giralda lucía tapizada de banderas rojas, desbordada de gente enojada y cubierta de carteles furiosos contra quien le calzara la condición de responsable de esta crisis.

Las leyendas de la banderas condenan al FMI a evitar la profundización del ajuste, pese a que aquí nació Rodrigo Rato, ex jefe del organismo, y nadie recuerda que hubiera un desborde popular contra este ex funcionario de Aznar. Dicen las inscripciones que eviten pasar por la tijera a los ingresos de la gente, pese a que el recorte español fue del 5% y no del 13% como en Argentina, y que no incluyó a los jubilados como en nuestro país. Se enojan los carteles contra los banqueros y los conminan a aceptar el peso de la crisis, pese a que por estos lados no hubo corralito que atrapara depósito alguno, como en los finales del 2001 en nuestro país. Fastidian a los jueces con las leyendas estampadas, pese a que no hubo fallos que avalaran estas volteretas que suele dar la política.

Lo curioso es que este cóctel explosivo producido por decisiones políticas y económicas relajadas suelen ser patrimonio del subdesarrollo global y no del corazón del planeta desde donde siempre bajaron recetas directrices, como ocurre con esta España en la que a nadie se le cae de la boca la palabra crisis. Y la realidad es que se trata de un fenómeno que no califica entre las que habitualmente suelen desbordar a los argentinos, pero que genera efectos locales similares entre los habitantes de este país.

A ojos argentinos, se trata de una crisis bastante escuálida, pero a ojos españoles se trata de una calamidad, la peor que hayan vivido en décadas y muy superior a la hace casi 20 años, cuando en 1992 cayó el modelo europeo de bienestar por primera vez en la postguerra.

A pesar de esa falta de equivalencias sólo detectada por el radar nacional para clasificar crisis y para atravesarlas con experiencia, los versos que bajan de las banderas de las marchas en todo el país tienen el mismo color y la misma poesía que las crisis argentinas. El secreto está en que no se acostumbran a la idea de que haya terminado un período de vacas bien gordas.

Los españoles están acostumbrados a vivir entre bien y excelente, independientemente de la franja social que a cada uno le toque ocupar. Ya casi no quedan memoriosos de los años en que estas tierras eyectaban gente a las nuevas oportunidades de América por falta de alimentos. Eso ocurrió hace al menos 70 años y desde que acabó la guerra hubo un equilibrio que empezó por la reconstrucción y siguió por invertir la ecuación: ahora son los nuestros los que vienen aquí corridos por el hambre. Hasta ahora.

En los últimos 20 años, a los españoles se hizo más carne aún la necesidad de bienestar y allí comenzó la debacle. Empezaron los créditos al consumo inmobiliario y automotor de una dinámica capaz de hacer restregar los ojos de incredulidad a cualquiera.

Un sanjuanino que en Pocito trabajaba como camionero y ahora hace changas en Nerja cuenta cómo consiguió un crédito para comprar un auto con su primera nómina salarial (recibo de sueldo) y sin tener siquiera la residencia otorgada en este país. Gustavo, también pocitano y con una fábrica de ladrillos en la misma ciudad malagueña, recuerda que entre su plantel de empleados había quienes llegaban en autos de primera línea, mucho mejores que los suyos. "Era como si fueran los dueños. Estaba claro que algo andaba mal", reflexiona. En la cosecha de los campos, es común ver la hilera de autos de los trabajadores que van a recolectar los frutos. Y no son ningunos cachivaches.

Raúl Riveros, un sanjuanino que fue periodista de Radio Colón, se fue de su tierra en el 76 y desde entonces comenzó una carrera empresarial asombrosa hasta dirigir hoy la principal cadena de comida argentina en Madrid, recuerda que algunos empleados que conseguían completar sus ingresos iniciales (uno que recién entra puede ganar 1.000 euros) presentaba el recibo de sueldo en cualquier banco y podían recibir los 250.000 euros que cuesta un piso (departamento), es decir el sueño de toda una vida para quien se fue de su país sin un lugar donde quedar tirado. Entre cuatro o cinco formaban una cooperativa de garantías: se garantizaban mutuamente hasta que uno de ellos dejaba de pagar y se caía todo.

Fue la tan valorada entonces fiebre del ladrillo. En la que la construcción y la venta inmobiliaria ocuparon las franjas más rentables de la economía española, a fuerza de poner ladrillos uno arriba del otro y entregárselos a la gente con sólo exhibir un recibo de sueldo de los más modestos. Así, dale que va: los pisos alcanzaron valores astronómicos como consecuencia de la gran demanda ocasionada porque todo trabajador quería tener uno y podía hacerlo.

En 10 años de préstamos baratos. España construyó más viviendas nuevas que Alemania, Francia e Italia, pero juntas. Los precios de la propiedad se duplicaron, se construyeron villas turísticas imponentes en las playas del Mediterráneo que ahora lucen desiertas. En ese lapso, se construyeron autopistas faraónicas que atraviesan todo el país y fenomenales redes ferroviarias como las del AVE. El gasto de consumo de los españoles subió en diez años el doble que la media europea. Se incorporaron 5 millones de inmigrantes al país que por ahora se siguen quedando, pero sin empleo.

Pero ahora, el desempleo ha desbordado el 20 por ciento, una cifra parecida a la que se maneja en la realidad en Argentina -que de todos modos, mide en un 13%-, pero que aquí es de escándalo (la media europea es del 10%). La deuda externa española es de 1,7 billones de euros, el 170% del PBI nacional (en Argentina llegó a ese reach pero ahora está en un 60% del PBI). El déficit público alcanzó el 11% anual este año, a un ritmo del 7% de crecimiento del gasto público y una fenomenal caída de los ingresos.

La burbuja inmobiliaria comenzó a desinflarse porque la gente dejó de pagar las hipotecas asfixiada por la crisis y el desempleo. Los bancos se quedaron con la mitad de los departamentos que construyeron, que están vacíos y desvalorizados. Un ejemplo evidente del boom del ladrilllo está a 40 kilómetros de Madrid. Una urbanización que es capaz de empalidecer al más pretencioso, montada al costado de la autopista: son cientos de departamentos de lujo, con pileta, cancha de fútbol y todas las comodidades de primera categoría. Su dueño estaba tan desaforado por aprovechar el envión, que desoyó la advertencia del gobierno de que no había agua disponible. Lo hizo igual y hoy eso está completamente desierto. La ciudad de lujo donde no vive nadie.

El resultado de esa ficción en que vivieron por años los españoles es el forzoso regreso a la realidad. Que es antipático y contradice el espíritu ganador que acuñaron las nuevas generaciones de este país. Pero es la realidad y habrá que asumirla. Más chica, más grande, más ruda, más leve, la cuestión es que no sólo el gobierno está acuñando sus medidas anticrisis con recortes de gastos sino que también lo están haciendo los empresarios en sus compañías de todo tipo y también la adecuación ha pasado a ser una obligación para los comerciantes que comenzaron a bajar los precios. Germán, un cordobés que tiene un local al Norte de Madrid, dice que ve la misma cantidad de gente, pero factura menos. Cinturón ajustado.

Phil Bennett, ex director del Washington Post, publicó el domingo en El País su retrato de la crisis y comentó allí el caso de Villacañas, un lugar en Toledo de 10.000 personas que se dedicaba a construir las puertas para toda Europa, pequeño negocio en medio del boom inmobiliario. Cuenta que el sector proporcionaba 5.000 puestos de trabajo bien remunerados, daba empleo a familias enteras en turnos a lo largo de los 7 días de la semana e hizo que chicos de 16 años abandonaran el colegio para comprar un Audi nuevo con el que cruzar a toda velocidad el primer y único semáforo del pueblo. Hoy, sólo una empresa de allí -Visel- que en 2007 tenía 830 empleados cuenta con 320 y funciona 4 días. El resto debió volver a estudiar.

La hoja de ruta del ajuste español marca ahora la hora de la reforma laboral, que nadie cuestiona como esperanza de actividad y empleo ante la parálisis que sufre la economía y que hace que el número de "parados" crezca sin freno. Zapatero apeló a un decreto para su reforma, que seguramente sufrirá retoques cuando lo trate el Congreso. Pero la gran sorpresa es observar cómo la "flexibilización" que propone el presidente del gobierno español es emparentar la ley a los tiempos de Argentina.

Aquí, la ley establece que la indemnización por año de trabajo debe ser de 45 días y el nuevo proyecto ha reducido el tiempo en 33 días, poco más aún que en nuestro país. Es decir que para los españoles, la ley argentina es en ese aspecto un ejemplo a seguir. Agregan en el proyecto un nuevo beneficio: que un fondo con aportes empresarios se haga cargo de 8 días de esos 33 en todos los casos de empleos permanentes, con lo que el despido costaría 25 días por año trabajado. Otros aspectos sobre lo dura que es la ley laboral española y que analizan: el período inicial de vacaciones es de 30 días, contra 14 en Argentina, y una angina es capaz de justificar 10 días de ausencias.

Toda esta legislación seguramente no escapará de la mira en tiempos de ajuste. Y de un temor creciente de la gente a gastar su dinero, posible inicio de un círculo vicioso que nadie sabe donde termina.

Para tapar su agujero fiscal, está en estudio un incremento del IVA al 20%. O se perderán ventas por un aumento de precios o se perderá margen y rentabilidad.

Sólo encender la radio ofrece un concurso de imaginación para ver quién propone el ajuste más creativo, o el más pretencioso. Hay miedo por aquí sobre dónde está la luz del otro lado del túnel.

Mientras, a un asesor del gobierno le cae la ficha sobre cómo es posible que el FMI haya emitido recetas que los llevaron al fracaso. Parece no haber tomado nota cuando la misma queda llegaba desde el tercer mundo.