Los comicios darán, o no, un giro a un futuro que la gente aguarda con la secreta esperanza de que al fin, nuestra bendita democracia dará las repuestas vitales que Argentina necesita.

Estamos transitando la etapa previa a los comicios generales 2023 en nuestro país. Como siempre y tal parecieran guiados por antiguas prácticas, vemos cómo se desgrana el tejido social atacado por el individualismo y las pasiones particulares. Se olvidan los intereses esenciales de la comunidad, que se debate entre la maraña de artilugios destructores, que nos siguen degradando como sociedad.

Quienes menos opinan, son los ciudadanos, supuestamente, objetos excluyentes de los aciertos o errores que se produzcan tras la contienda electoral. Los comicios darán, o no, un giro a un futuro que la gente aguarda con la secreta esperanza de que al fin, nuestra bendita democracia dará las repuestas vitales que Argentina necesita, para sumarse al grupo de naciones que se desarrollan bajo parámetros previsibles y ordenados hacia la felicidad.

Los discursos propagandistas, las acusaciones entre propios o adversarios, mayormente apelan a la infame demagogia para convencer, en vez de limpiar el camino con la verdad cruda que todos los días deprime a la mayoría.

HORIZONTE ESQUIVO

Por lo que vemos, oímos y leemos, el horizonte se muestra esquivo a las ansiosas miradas de la gente que no aspira a conseguir riquezas, sino, por el contrario, desea sentir que la atmósfera civil se convertirá en un clima amigable bajo el cual cada uno realizará sus proyectos según las propias iniciativas protegidas por el paraguas de normas legales y equitativas para todos.

Los discursos propagandistas, las acusaciones entre propios o adversarios, nos demuestran hasta ahora que quienes se han anotado para dirigir los destinos de la nación, las provincias y municipios, mayormente apelan a la infame demagogia para convencer, en vez de limpiar el camino con la verdad cruda que todos los días deprime a la mayoría.

DESTERRAR LA CORRUPCIÓN

Nadie habla del enorme trabajo que nos aguarda para reinstalar el tren sobre las vías en que descarriló la república por impericia y mala praxis de los que por décadas han usufructuado el patrimonio público. Nadie promete desterrar las viejas prácticas de la corrupción, sino que ofrecen veladas dádivas sin la contrapartida de los esfuerzos tan necesarios para salir del retraso y la postración de aspiraciones de progreso.

Cristina y Mauricio, ¿por qué no actúan como verdaderos estadistas y pasan al retiro de la actividad pública dejando el camino libre a otros que amen al país que nos acoge?

Los renunciamientos tienen un singular y simbólico valor para encender las luces que hoy languidecen en un horizonte cada vez más lejano. Las esperanzas siempre se renuevan, pero quizás el hartazgo general se convierta en una enfermedad terminal. Dios no lo permita.

 

Por Horacio Belisario Videla
Periodista