En aquel tiempo, Jesús vio pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién pecó para que este naciera ciego, él o sus padres?" Jesús respondió: "Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo".  Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé" que significa "Enviado". Él fue, se lavó, y volvió con vista. Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?". Unos decían: "Es el mismo". Otros: "No es él, sino que se le parece". Pero él decía: "Yo soy". Y le preguntaban: "Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?". El les respondió: "El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver". Le preguntaron: "¿En dónde está él? Les contestó: ‘No lo sé’" (Jn 9,1-41).

Jesús ha abandonado el templo y ha vuelto a la clandestinidad (Jn 8,59), pero no renuncia a su trabajo a favor del hombre. El texto de hoy está en relación con su declaración anterior: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8,12); la cual va a ser explicada dando vista a un ciego de nacimiento. El ciego, que no conoce la luz, es figura de los que nunca han podido saber lo que debe y puede ser el hombre. Su figura es representante del pueblo oprimido. Jesús le hace ver el proyecto de Dios sobre el hombre, la plenitud de vida, y así se le abren los ojos. Esto produce un cambio en él, al punto tal que los vecinos dudan de su identidad. Jesús ve a un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos que lo acompañan le plantean una cuestión que responde a la mentalidad de la época. Según la concepción corriente del judaísmo, la desgracia era efecto del pecado, que Dios castigaba en proporción exacta a la gravedad de la culpa. La ceguera era considerada una maldición. El ciego nunca ha conocido la luz: es así desde su nacimiento. Este hombre está privado de su condición humana. Las obras que Dios realiza consisten en liberar al hombre de su impotencia y darle capacidad de acción.

Jesús "escupió en la tierra, e hizo lodo con la saliva, y le untó los ojos del ciego" (v. 6).  El uso del barro recuerda a la historia de la creación, donde Dios trajo vida del polvo de la tierra (Gen 2,7; Is 64,7). El que Jesús cure al hombre ciego es creativo, y no sólo restaurativo. El hombre, ciego de nacimiento, nunca disfrutó de una vista que podía ser restaurada. En vez, Jesús crea vista "ex nihilo" (de la nada) igual que Dios creó el mundo de ese modo. "Ve, lávate en la piscina de Siloé" (v. 7).

Las instrucciones de Jesús para que se lave en la piscina recuerdan a la historia de Naaman y Elisha (2 Reyes 5,9-14). "Y fue entonces, se lavo y volvió viendo" (v. 7). El hombre está curado. No sólo están sanos sus ojos, pero un segundo milagro toma lugar también. Al cerebro de una persona ciega de nacimiento le falta la habilidad de procesar información visual correctamente. La respuesta inicial al ser restaurada la vista suele ser confusión. Puede llevar mucho tiempo para que una persona así funcione normalmente.

El conocido neurólogo inglés Oliver Sacks dice: "Uno debe morir como una persona ciega para nacer de nuevo como una persona que puede ver".

Cuando Jesús cura los ojos de este hombre, también le da la habilidad mental para comprender lo que está viendo. La primitiva iglesia asociaba este curar con el bautismo, considerándolo como una "iluminación". Aparece en el arte de las catacumbas como un ejemplo de bautizo. Untar y escupir fueron adoptados como parte de la ceremonia del bautismo.

La actitud del ciego que se acerca a la luz, contrasta con la ceguera de los fariseos. A cada pregunta que se le dirige al ciego, este responde con una confesión de fe: vio en Jesús a un hombre (v.11), un profeta (v.17), un enviado de Dios (v. 33). Es un progresivo descubrimiento de la identidad del Maestro en un camino de fe. La fe no es ciega: gracias a ella, este hombre logra ver. El texto griego emplea el verbo "anablépô", que significa "mirar en alto", "contemplar hacia arriba".

Se dice que la fe es de oro, el entusiasmo de plata y el fanatismo es de plomo. El hombre del evangelio no es un fanático; se convierte en un evangelizador convencido pero sereno. Es un testigo de que no hay que ver para creer, sino que hay que creer para ver.

 

Por Pbro. Dr. José Manuel Fernández