De acuerdo con la opinión del escritor francés Dominique Lapierre es "mi héroe”. En efecto. El Mahatma Gandhi es uno de los hombres más grandes de la historia mundial. Ese pequeño hombre semidesnudo que hizo caer en 1947 al imperio más grande de todos los tiempos, para dar a su pueblo la libertad. Fue a un tiempo un líder político, un profeta y un santo.
Logró romper las cadenas de un continente de 400 millones de habitantes que por entonces representaba la quinta parte de la humanidad, y lo condujo a la independencia, sin disparar un solo tiro ni hacer estallar una bomba terrorista.
Su mensaje no hablaba más que de amor, de no violencia, de tolerancia. En una época que no existía ni la televisión ni, incluso la radio, porque la India apenas tenía electricidad y los transistores todavía no habían sido inventados, en un país casi sin periódicos, porque el 80% de la población no sabía leer, Gandhi reunió a su alrededor a todo un pueblo, mediante simple reuniones de oraciones, cada día a las cinco de la tarde, en los pueblos de la India.
Sin embargo por una cierta comunicación mística, su mensaje se difundió instantáneamente de un extremo al otro de un continente de 3.000 kilómetros de Norte a Sur, hasta el punto de llegar a decirse que allí donde estaba Gandhi, estaba el capital de la India. Para vincular a su pueblo en su cruzada por la independencia, el Mahatma, el Gran Alma de la India, organizó espectaculares manifestaciones a lo largo de toda su lucha, como la llamada Marcha de la Sal, en la que 400.000 seguidores caminaron durante centenares de kilómetros hacia el mar para agarrar allí un puñado de sal y pedir al poder colonial la abolición de las gravosas tasas que imposibilitaban este alimento vital incluso para los más pobres, en un país calcinado durante nueve meses al año por el calor.
En otra ocasión organizó las jornadas de silencio, ordenando a todos los indios que se encerraran en sus casas durante 24 horas para que los ingleses "oyeran” el silencio de un pueblo que exigía su independencia. Y otra vez hizo encender decenas de millones de fuegos en los pueblos para que la gente acudiera y quemara todos los vestidos que hubieran sido fabricados en Inglaterra. En un país en que cada año morían de hambre cuatro o cinco millones de personas, el mismo Gandhi organizó sus huelgas de hambre para obligar a los ingleses a marcharse.
En trece ocasiones estuvo a las puertas de la muerte. Los ingleses que no querían transformar en un mártir a su implacable adversario, cedieron en cada una de las veces a todas sus exigencias. El 15 de agosto de 1947 fue el día del triunfo del viejo Mahatma. Ese día los ingleses reconocieron la independencia de la joya de su corona imperial. Pero para Gandhi, fue también una jornada de desencanto porque del imperio de las Indias unificado por Gran Bretaña, nació de la libertad no una nación sino dos países: la India, mayoritariamente hindú, y el Pakistán musulmán.
La partición crucificó al viejo profeta que siempre había predicado a sus compatriotas que ellos no eran hindúes, ni musulmanes, ni cristianos ni budistas, sino solamente "los hijos de nuestra madre India”. Y así 100 millones de hijos se separaron del cuerpo de su madre, en cuyo nombre se produjeron masacres abominables.
A los 79 años Gandhi retomó su bastón de peregrino para intentar hacer entrar en razón a su pueblo. Sin embargo, presa de demoníacas luchas interconfesionales, la India dejó de escuchar el mensaje de amor y no violencia del padre de la nación.
Seis meses después de la independencia, el 30 de enero de 1948, un pequeño grupo de hindúes fanáticos mataron al Gran Alma a tiros de revólver. Mientras caía, Gandhi sólo tuvo tiempo de pronunciar el nombre de Ram,…el nombre de Dios.
(*) Escritor.
