Semana calentita. Frases altisonantes y movimientos extravagantes. Todas consecuencias de la jugada de Cristina Fernández hace ocho días, cuando anunció que Alberto Fernández será precandidato a presidente, con ella acompañándolo (dirigiéndolo) en la fórmula. La movida les pegó a todos por igual, pero el que más la sintió fue Roberto Lavagna. El exministro, encaprichado en evitar las internas aún sin el respaldo de los votos, primero se alejó de Alternativa Federal y después reculó, como intuyendo -tarde- que sin ese espacio ni el apoyo de ninguno de los costados de la "grieta", su candidatura se acababa. Todo un par de días después de haber confirmado tímidamente ante periodistas y a las carreras que efectivamente sería candidato a presidente. Demasiadas dudas para alguien que pretende conducir este país, uno de los más bipolares del mundo, si se me permite la exageración. Del otro lado de la vereda está Sergio Massa, quien de repente se encuentra en un lugar de privilegio: buen nivel de conocimiento público y buenas migas con casi todos los sectores de la oposición. Massa hoy podría terminar al lado de Juan Schiaretti o de CFK, sólo tiene que elegir el camino que más le convenga, que no tiene que ser obligatoriamente el de una candidatura a presidente, como ya se ha dicho.


Por el lado del oficialismo y rozado por ese raro menjunje opositor, está el presidente Mauricio Macri, quien sigue perdiendo la manija de la opinión pública. El llamado a firmar un pacto de diez puntos que lanzó hace poco terminó en letra muerta, sepultada justamente tras la aparición de Cristina Fernández en la escena pública. Esa tremenda oferta del líder de Cambiemos sólo se sostiene por la relación que él tiene con el gobernador cordobés Juan Schiaretti, el único que aún lo acompaña y puede garantizarle cierto espacio político. Juan Manuel Urtubey, otro "macrista" encubierto, está a punto de quedarse sin mando provincial y sufre los desaires del peronismo, que ya lo arrinconó en el grupo de los traidores, desde donde no podrá volver muy fácilmente. La UCR, el brazo territorial de Cambiemos, está más díscola que nunca.


Los radicales quieren que el Presidente compita en internas y llamar a Lavagna, algo no digerible en el resto de la coalición, como cualquiera podrá imaginar. Se puede suponer entonces que ese gran llamado de consenso, que apareció con fuerza al comienzo y sirvió para distraer y hasta conducir la opinión de los argentinos, se cayó estrepitosamente y hoy ya nadie habla de él. Es decir, Macri se echó al hombro la única jugada política del año de Cambiemos, y esa acción terminó en saco roto. Es cierto que la coalición gobernante tiene formas distintas a las del peronismo, pero también es cierto que hay situaciones que superan esas costumbres y que son de regla o normativa política: el Presidente no pasa papelones. Y mucho menos en años electorales. Similar a lo que respondió Marcos Peña a los radicales cuando le plantearon ir a internas: "El Presidente no compite en internas". 


Todo ese clima, ¿impacta en San Juan? Por supuesto que sí, aunque de manera muy distinta a como ocurre en el resto del país. El gobernador Sergio Uñac bajó línea a cuatro o cinco de sus asesores más cercanos y los conminó a provincializar la elección. Ahora más que nunca. Primero fue la plancha a la parafernalia electoral; un poco por la crisis nacional y otro poco por conveniencia: si obtuvo 55 por ciento de votos en las PASO, no hay por qué pensar que ese número vaya a bajar, siempre y cuando la convivencia política, la actualidad económica y la paz social, no varíen de manera escandalosa. En verdad, hay muy poco tiempo entre las Primarias y la General como para producir revoluciones electorales. El que sacó menos votos, no va a sumar demasiado y el que ganó probablemente suba unos pocos. En su mayoría la gente no varía demasiado el sufragio de una votación a otra y no prefiere a los perdedores sobre los ganadores.


En términos políticos, la provincia es un mar de aburrimiento. Y más o menos viene ocurriendo lo mismo desde 2003 a la fecha: ese año José Luis Gioja le ganó a Roberto Basualdo por el 10,61% de los votos: 41,36% (124.793 sufragios) contra el 30,75% (92.768 votos). En 2007 los mismos actores obtuvieron 187.801 sufragios (61,16%) el primero y 75.364 (24,54%) el segundo, con una distancia del 36,62% o 112.437 votos. En 2011 la diferencia entre ambos -Gioja y Basualdo- fue de un abrumador 47,81%. En 2015 el candidato del peronismo fue Uñac y la franja entre el ganador y el segundo llegó al 23,04%, también sobre Basualdo. Desde hace 16 años que los partidos políticos no peronistas no logran acercarse al PJ y, en consecuencia, la oposición que encaran termina en acciones débiles y sin continuidad. Antes, todo fue más parejo: en 1983 Leopoldo Bravo se impuso por el 9,63% de los votos a César Gioja; en el '87 Carlos Gómez Centurión aventajó a Héctor Miguel Seguí por solamente el 3,2% de apoyo; Jorge Escobar le ganó a Alfredo Avelín en el '91 por el 2,53% solamente; en el '95 Escobar le sacó el 26,02% a Javier Caselles; y en el '99 el empresario perdió frente al líder de la Cruzada Renovadora por el 13,% de los votos. Las diferencias de 2003 hacia atrás no fueron tan marcadas como desde ese año a la fecha. Podemos decir que el espacio de la oposición en San Juan ha ido cayendo dramáticamente. 


Uñac leyó la época y extendió lazos al resto de las fuerzas políticas, tanto que tiene vínculos en todos los sectores. Se puede decir que "abrió la Casa de Gobierno" al resto de las fuerzas que hoy, a diferencia de otras décadas en esta provincia, se quedaron huérfanas de apoyo nacional. Vio la necesidad y la suplió. Por supuesto que hay quejas, pero por lo bajo todos reconocen que pueden charlar. Muy pocos dicen lo contrario.


El pocitano aplicó la misma filosofía en lo económico. Obligado a gestionar con colores distintos a los nacionales, caminó los pasillos de las oficinas nacionales hasta encontrar debilidades. Con ese respaldo en lugar de cerrar la economía, como sí se hizo en el resto del país, la abrió a sectores que nunca antes habían tenido apoyo, como el comercio por ejemplo.


Eligió un modelo distinto, aunque eso haya implicado empezar a armar su propia isla en medio de un mar de complicaciones. En Argentina si un industrial quiere tomar un crédito tiene que pagar tasas del 70%; pero en San Juan los puede tomar al 29% porque el gobierno subsidia una parte de la tasa de interés. Pero además si ese empresario invierte y toma gente puede acceder a un Bono Fiscal de hasta el 80% de su inversión. Y si saca los productos fuera de la provincia tiene un subsidio que compensa parte del flete hasta los centros urbanos y puertos, para equilibrar su competitividad.


Según el Indec, el sector textil en el país presenta un nivel de utilización de la capacidad instalada de 43,2%, o sea, tiene casi el 60% de su estructura haciendo nada. Seis de cada diez máquinas están paradas. Seis de cada diez operarios textiles están suspendidos o perdieron su empleo. La actividad a nivel nacional cae el 7%, y en esta isla sanjuanina aumentó el 19. Mientras el país importa indumentaria, Ansilta, una empresa local, viste a las fuerzas armadas chilenas y al destacamento argentino en la Antártida.


En un país endeudado, que gasta más de lo que genera y con un nivel de inversión pública de apenas un 4% del presupuesto, una provincia pequeña, terminal y alejada de los puertos que tiene equilibrio fiscal, financia las obras nacionales en su territorio con sus recursos y se da el lujo de destinar casi el 30% de su presupuesto a obras provinciales. Invertir, como lo hace esta provincia, es la excepción y no la regla.


San Juan tiene niveles de pobreza similares al promedio nacional, tres veces menos desempleo pero alto empleo informal, una administración pública lenta y burocrática, y la minería que no logra retomar su crecimiento. A pesar de estos y muchos otros pendientes seguimos viviendo con la tranquilidad de vivir en una isla.


Por supuesto que este estilo vertiginoso y en acción permanente es riesgoso, porque una provincia tan chica como San Juan no puede ir a contramano del resto del país por mucho tiempo. ¿Cuántos años pueden pasar hasta que la provincia pueda sostener este nivel de actividad? Es difícil predecirlo, aunque ya se van notando algunos pequeños focos de conflicto que la provincia no podrá combatir sin el apoyo del Gobierno Federal, que lamentablemente no reacciona.


En resumen, en lo político el peronismo sanjuanino ha domado a su propia tropa, que amenazaba con rebeldía adolescente. La oposición y el oficialismo, más allá de algunos lógicos dardos subrepticios, tienen diálogo. La Justicia, ese gran problema crónico que aún tenemos los sanjuaninos, al menos está empezando a cambiar, lo que era impensado hasta hace tres años y medio. Es decir, el estilo de conducción del oficialismo provincial está arrojando estos resultados, que la gente premió en las PASO y que, probablemente, se termine de consolidar en la general del domingo que viene. Podemos decir entonces, a pesar de los múltiples problemas que aún condenan a esta sociedad, que la isla que fue armando Uñac desde 2015 está dando sus resultados, para él y para el resto.