"… Mamá, Yeya, voy a volver a buscarte por todos los rincones de esa casa que no se ve, pero que estoy seguro existe, para entregar a tus dedos de agua y nácar una flor blanca.”

No podía ser ella, pero de algún modo lo era. La vi a unos treinta metros, cruzando esta calle violenta de bullas y humos, apurando el pasito como podía, a sus casi noventa. Mi madre no estaba entre nosotros desde hace unos años, pero podría jurar que allá, enfrente, había salido a pasear sus cansancios y sus sueños por esta fatigosa ciudad, y que algo importante buscaba entre las cosas, los rumores y la gente.

Las imágenes tienen vida. Un cuadro puede poseer más sentimientos y alas que un ser vivo. Una canción más amor y lunas que una noche de enamorados. Por eso, la imagen frágil y tambaleante que mi madre me brindaba desde el otro lado de la calle se me adhirió al pecho y mojó mis ojos. Entonces me di cuenta que por algo había salido a trajinar esta jornada de dulce primavera; que no podía ser en vano su aventura por nuestro tiempo y estas calles que tantas veces ella caminó en pos de su destino, pero especialmente del nuestro. Comprendí que había venido a recordarnos que seguía "tapándonos la espalda en el invierno cruel”, como dice el viejo vals ciudadano; que no nos soltaría la mano jamás porque su amor era prolongación de nuestra vida desde su ángel de caricias y rocío; pero que también andaba por ahí con su prudente mensaje de dulzura, para que tuviéramos otra oportunidad de ser justos y pensar en las cosas que con ella quedamos en deuda, todo lo que debimos hacer por ella y no hicimos.

La conciencia es un centinela implacable. Podemos diseñarnos el mundo al modo como mejor nos justifique o menos duela; pero siempre habrá un mensaje inconmensurable que al final nos dictará la verdad, entre amores y deudas. 

Esta mañana lloré. Si alguien me vio (aunque traté de disimularlo alejándome del ruido y la gente), seguramente no habría imaginado que fue porque amé al ser más noble y porque sentía obligaciones escritas en el pasado y depositadas como espinillas en el alma. La conciencia y el amor susurran, acompañan, iluminan; hacen reverdecer prados secos, reviven huertos arrasados y nos imponen guías como huellas escritas en el viento, tan vívidas como un témpano o una calandria. 

Una madre puede ser insignia y mártir. No se deja nada en los bolsillos. Su sentido de la vida es el sacrificio, aunque ello implique su entrega total por nosotros. Siempre estaremos en deuda con ella. 

La viejecita ajada y frágil que cruza la calle y parece que se viene hacia mí con toda su carga de ternura y vida, es ella, ya no lo dudo. La mañana de esta plena primavera, entre estrépitos y ceniza, se ha rendido húmeda a mis ojos. Por lo menos, lágrimas es lo que corresponde. 

Me acerco al sitio donde estaba la casa de mi adolescencia. El patio esconde noches de veranos con carnavales de albahaca. Las ventanas (desmesurados callejones a rituales de estrellas) están enamoradamente abiertas, como esperándonos en un territorio de añoranzas. Huellas en el viento que pugnan por subirse al alma me salvan esa extraña nostalgia y encadenan mis recuerdos a una memoria de la que estoy hecho para siempre.

Un paloma blanca llega de pronto, merodea todo, y al final se posa en el nuevo jardín. Me mira y me estremezco por algo que sé que encierra.

El dieciséis, mamá, Yeya, voy a volver a buscarte por todos los rincones de esa casa que no se ve, pero que estoy seguro existe, para entregar a tus dedos de agua y nácar una flor blanca. 

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete