Existe una dimensión de nuestro mundo interior, que es universal, la búsqueda y la vivencia de la fe en Dios.

Al comenzar a escribir estas líneas los récords del mundo nada tienen ya que ver con resultados deportivos, niveles de producción, ocupación, empleo, etc. Lamentablemente, en el mundo, en el país y en nuestra provincia, se cuentan muertos e infectados por el Covid-19. En el planeta las olas del virus ya son la segunda, la tercera y hasta la cuarta. Se generan nuevas variantes de cepas, cada una más fuerte que la anterior. En este preciso momento, en nuestro país sólo restan unos diez mil muertos aproximadamente para colmar la capacidad de uno de los estadios de fútbol más grandes de Argentina.

 

Situación que interpela

Esta situación nos conmociona a todos. Y, a los cristianos en particular, nos interpela y nos cuestiona. He oído a próximos y no tan próximos, personas que comparten mi fe cristiana católica y quienes no, preguntarse y preguntarme: ¿Por qué Dios permite todo esto?, ¿dónde está tu Dios en este momento?, ¿acaso nos ha abandonado?

Estimo que todas estas cuestiones son legítimas y, además, útiles para adentrarnos en las honduras de la fe, en las profundidades de nuestra "vida interior". Porque si hay algo que es innegable es que todos tenemos una "vida interior", una vida llena de nombres, memorias, sentimientos, palabras, etc. También existe una dimensión de nuestro mundo interior, que es universal, la búsqueda y la vivencia de la fe, la sed de trascendencia o la añoranza de Alguien más.

 

Algo en común

Las preguntas expresadas precedentemente tienen algo en común. Esto es, la razón de la existencia del mal -esta es la gran pregunta de una disciplina denominada "teodicea"- y de su consecuencia que es el sufrimiento. Nos lo preguntamos porque, cualquiera sea nuestra fe o nuestra forma de ver y comprender el mundo, es propio del ser humano aspirar a la felicidad y construirla sobre la propia vida. Sin embargo, como lo enseña el sacerdote jesuita José María Rodríguez Olaizola, Dios no manda las cruces [sufrimientos]. No es un sádico. Entonces, ¿cómo entender la cruz [sufrimiento]? 

La cruz es el sufrimiento que es la consecuencia del mal. El sufrimiento inocente que podría evitarse. Es el dolor causado por las decisiones erróneas (o por la omisión) de quien podría optar por caminos que ayudasen a otros. También es parte de ese espacio donde asoma nuestra finitud y fragilidad.

Siguiendo con la misma idea, antes de ahora pensaba que el mismo Jesucristo se sintió abandonado por Dios. En el grito desgarrador de Cristo en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Durante mucho tiempo entendí que este grito significaba desesperación, pues en el momento de mayor oscuridad y sufrimiento, el Padre había desaparecido. Lo había dejado solo.

Sin embargo, con el pasar delos años, pude ir intuyendo que no era así. El grito de Jesús en la cruz, si bien estaba lleno de dolor e impotencia, era una plegaria honesta y auténtica. No quería una respuesta, no la necesitaba. Se dirigía al Único en quien, en ese momento, podía volcar su dolor. Al gritar su pregunta, Jesús no temía haber perdido a Dios o que Dios lo hubiera abandonado. Lo que estaba haciendo es su última oración, la única que podía hacer en ese momento, una plegaria que nacía del corazón, del dolor, etc. 

 

Dios no se contradice

Es propio de la naturaleza de Dios la imposibilidad de contradecirse. En el libro del profeta Isaías 49, 15-16 dice Dios: "¿Puede una madre olvidar a su criatura, deja de amar al hijo de sus entrañas? Pues, aunque madre se olvidara yo jamás te olvidaré. Te tengo tatuada en la palma de mi mano". Esta Palabra es una invitación a la esperanza y a la alegría. Dios no abandona.

Es en la dinámica de la Buena Noticia anunciada por Jesús donde encontramos la invitación a vivir en verdadera alegría las situaciones de la vida que nos toquen. Incluyendo los dolores y las penas. Se pone de relieve una lógica que no es la de este mundo. La bondad, las entrañas de misericordia, permiten la mirada desde un corazón sincero que posibilita descubrir al Dios oculto en la realidad, ese Dios misterioso, presente en los ojos de amigos, caricias de familiares, dolores propios y ajenos.

Es el camino de la aceptación de la propia realidad, humana, débil, limitada, herida, el que nos hace felices. Así como también la mirada comprometida con el prójimo. Y todo esto es posible porque un Dios bueno, que ve nuestro corazón y nos conoce; cree en nosotros. Dios pronuncia nuestro nombre de una manera única y nos lleva tatuados en la palma de su mano. Aunque a veces no lo sintamos.

 

Por: Juan Manuel García Castrillón
Abogado