Somos una sociedad compleja y con contradicciones difíciles de entender. No es una valoración peyorativa, sino descriptiva de nuestra identidad. Una de esas contradicciones tiene que ver con nuestro desconcertante devaneo con la verdad y la persuasión. Buscamos persuadir y ser persuadidos, no siempre con la verdad en la mano. En realidad, buscamos sofistas no adalides de la verdad. Tenemos una tendencia como sociedad, a seguir a quienes tienen la capacidad de convencernos con discursos falaces. La lógica diría que, a mayor discernimiento, menor resignación a dejarnos inducir con ardides. Pero lo más desconcertante, es que a veces ni siquiera reparamos en la veracidad de los argumentos ni en las fluctuaciones constantes de las posiciones sostenidas. Y así, vamos tejiendo nuestra historia como pueblo, de relato a relato, de incoherencia a incoherencia.

Los límites de la persuasión

A simple vista, todo indicaría que liderazgo y retórica son conceptos indisolublemente unidos.  Ello es así, a mi parecer, en la medida que la retórica o arte de argumentar, no se convierta en sofisma. He aquí un primer límite. El objetivo del sofista es engañar y obtener réditos de su capacidad de confundir con argumentos aparentes. En el fondo solo trata de persuadir con falacias de aquello que de antemano sabe, que es falso. Hay aquí una doble malicia. Por el contrario, cuando hablamos de retórica, nos referimos al arte de persuadir con argumentos verdaderos y validados. El sofista emplea falsedades, embustes y disfraces de la verdad. Mientras que la retórica como ciencia del discurso, comprende un conjunto de reglas referidas al arte de hablar o escribir de forma correcta. Se trata de la verdad dicha con la palabra precisa y elegante. Persuadir, sería así un deleite para nuestra razón y para nuestros oídos. En ese sentido, la retórica como arte debe tener algo de estética y belleza. Ni los gritos, ni la violencia verbal, ni la vulgaridad del que habla, son recursos de la retórica.

Hablando desde el testimonio

Un segundo limite tiene que ver con la garantía que otorga al discurso, el ejemplo personal. Sin este carácter atestativo de la propia vida, el mensaje queda vacío de autenticidad.  La palabra será reducida a un simple ropaje. Claro que el maquillaje desaparecerá y la verdad habrá de emerger con toda su fuerza. El engaño y la mentira tienen fecha de caducidad. Ahora bien, la línea divisoria entre quienes poseen y se adiestran en el arte de hablar con argumentos verdaderos a ser un simulador o embaucador, es abismal.

De nuestras contradicciones

Insisto en un punto que tiene que ver con las contradicciones señaladas: y es que aun dudando de la veracidad de las argumentaciones y del testimonio del que busca persuadir, nos dejamos convencer. En las relaciones personales hay más lógica, si se quiere. Porque al final, cuando la mentira se descubre, la confianza suele morir para siempre. O por lo menos, donde había certezas sobre el otro, aparecen dudas difíciles de vencer. Esto habla claramente, del empobrecimiento de las conciencias, de quien engaña como de quienes se dejan engañar. En momentos de grave desorden moral individual y social es necesario aferrarnos a la verdad. Como dice la frase atribuida al filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-1855): "Hay dos formas de dejarse engañar. Uno es creer lo que no es verdad; la otra es negarse a creer lo que es verdad”. Las palabras están llenas de falsedad o de arte. Cada cual elige. De última, dejarse engañar no es un accidente, es una opción.

 

Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo