Marco Tulio Cicerón (106 aC – 43 aC), filósofo, político, escritor y orador romano, pronunció un alegato en la Asamblea de Patricios -Consejo de la antigua Roma-, acusando al propretor (gobernador) Cayo Licinio Verres (119 aC – 143 aC) de corrupción, malversación y exacción (cobro injusto y violento) en su cargo oficial. Hallado culpable sin atenuantes, Verres fue condenado a destierro, en el año 70 antes de Cristo, pero éste, ya conocedor de la querella, había huido de su provincia antes de aplicársele el castigo.

Durante su exposición -en esa causa que fue notable-, además de las pruebas y evidencias presentadas, Cicerón se refirió a la perversión en los hombres de su época, y dando fin al discurso exclamó: "O témpora! O mores!” (¡Oh, tiempos! ¡Oh, costumbres!), palabras que quedaron para la posteridad como su sentida queja contra la corrupción. Sin duda, el filósofo repetiría esa expresión en la actualidad, si estuviera coexistiendo con nosotros.

Esa especie de añoranza o tristeza que fluía del preclaro patricio, cabía en la excelencia de su espíritu, tal cual sana rebeldía contra los desvíos romanos en su siglo. Igual sentir ahondado puede presentarse hoy en quienes, ya entrados en años, sienten nostalgia por aquellos tiempos en que Argentina tenía presencia como gran nación, afianzada en sus principios, en sus economías, prevalente en la equidad y en la integridad social, en el sofreno natural de las demasías, en la vigencia ajustada y estricta de los derechos humanos, como aplicación necesaria, valedera y oportuna en toda situación de juzgamiento.

En cualesquiera de sus alcances, la violencia subvierte el orden normal de la existencia, y cuando está presente -como hoy entre nosotros- nos sentimos inmersos -en latencia o en presencia- en un clima de desafueros con características irracionales, hechos delictivos protagonizados por quienes -faltos de bases y principios- carecen de sujeción alguna, y son llevados a una anarquía en el pensar y en el actuar.

La violencia pública inducida, es el resultado de una presión anímica negativa y extrínseca, que invade a personas propensas, produciéndoles desequilibrio mental por enardecimiento extremo y poderosa sugestión, instigándolas a encarar violentamente al actor de un flagrante delito. Ese grupo de atacantes lleva asimilación de violencia contagiada, que los solivianta llevándolos a una relatividad de hecho por el tipo de su acción, al propender la aplicación de "justicia”, sin intervención de la verdadera justicia legal. En otras palabras, el linchamiento es producto de una impulsión suma, no exenta de morbosidad, donde, en montón o en multitud, se llega a ejecutar a alguien, sin proceso regular previo.

El término "linchar” proviene de la llamada Ley de Lynch -relativa al derecho-, atribuida a Charles Lynch (1736-1796) -juez de paz del estado norteamericano de Virginia-, quien al concluir la guerra de la independencia de los EEUU, -el tratado de paz se firmó en París en 1783- persiguió implacablemente a los "Tory” (conservadores ingleses), aplicándoles la pena de muerte sin sujeción alguna a derecho, quizá movido por un odio exacerbado.

Si bien, en su momento, hubo quienes consideraron la Ley de Lynch como "un exponente de moral y espíritu de justicia”, hoy se la entiende como un retroceso a la barbarie, una retrógrada manifestación de salvajismo.

(*) Escritor.