La polarización exacerbada que transitamos como sociedad, va configurando un perfil de ciudadano con empatía selectiva. Especie de xenófobos empáticos, cuya fobia se concentra en el distinto. Lejanías que ya no expresan distancias geográficas sino de pensamientos. El que piensa distinto se convierte en extranjero en el territorio de mis convicciones. En la configuración de ese nuevo perfil nos volvimos endogámicos. El otro, el distinto a mí, ya no es ocasión de encuentro sino de exclusión. Ese miedo incontrolado a lo desconocido y diferente que caracteriza a la xenofobia, se convierte en aversión y trunca todo lazo de empatía. 

Quienes propician la fragmentación promueven los discursos del odio. Más que discursos suelen ser monólogos enraizados en el pensamiento único y excluyente. Las palabras son dardos que denigran y estigmatizan a quien piensa de otra manera, milita en otro partido o tiene convicciones diferentes. Convencidos de su superioridad, asumen que su pensamiento es cual luz blanca que ilumina la oscuridad en la que, supuestamente, viviría el resto. Tal es su soberbia. Y no hay peor ceguera que la del soberbio. Efectivamente, a esta altura de la humanidad deberíamos saber que la luz blanca suma, no resta. La realidad no es monocolor. Tampoco lo es la luz blanca. Es Física pura. 

Newton y las pandemias
Las pandemias pueden favorecer grandes avances, más allá de lo estrictamente sanitario. El encierro bien puede ser visto como causas de depresión y angustias o como una oportunidad. Es lo que debe haber pensado el joven físico Isaac Newton (Woolsthorpe, 1642 – Londres, 1727) confinado por la peste negra que azotó a Europa entre los años 1665 y 1666. El entonces estudiante de Cambridge optó por la segunda alternativa y se abocó a estudiar, entre otros temas, el fenómeno de la luz. Fue durante ese encierro que Newton descubre que el espectro de luz blanca estaba compuesto por la superposición de todos los colores. La luz blanca es la suma de todos ellos. En eso consiste su riqueza. Debiéramos aprender de la Física. Así entenderíamos que la realidad siempre es una suma.

Los monstruos de las grietas
Las grietas disuelven, fragmentan y preparan la tormenta perfecta o el derrumbe perfecto. Nuestra experiencia sísmica nos alerta sobre ello. Desde niña aprendí a mirar con desconfianza las grietas de las paredes de las casas. Adobes, fisuras y terremotos no son buenas aliadas en estas tierras. 

En mi profusa imaginación infantil, más de una vez vi emerger monstruos de aquellas grietas. Mientras más honda la fisura en la pared, más grande el monstruo. Tal vez, por eso intentaba rellenar las grietas con barro, en la vieja casona de mis abuelos. De eso se trata todo esto, de cerrar las grietas. ¿Qué monstruos estaremos alimentando a fuerza de tanta fragmentación y fanatismo? 

Por lo pronto, empiezan a emerger de las grietas lo que se ha dado en llamar xenófobos empáticos. Ciudadanos arrogantes, hostiles y prepotentes, que muestran una preocupante falta de empatía hacia quien piensa, siente o vive distinto. No son muchos. Pero suelen estar ubicados en lugares estratégicos de poder. De allí la amplificación y resonancia de sus peligrosos discursos.

Tal vez la palabra "monstruo" puede parecer al lector demasiado rimbombante. No obstante, insisto en ella en el entendimiento de la gravedad que reviste este nuevo perfil de ciudadano. Del discurso hostil y prepotente suelen pasar a acciones concretas que incitan a la violencia. Las palabras no son ingenuas, menos cuando las alimenta el odio y el prejuicio.

Deberemos aprender a diferenciar cuándo estamos frente a discursos de odio y qué hacer frente a ellos. Ciertamente que las democracias se sustentan en la libertad de pensamiento y de expresión como valores innegociables. No creo en las censuras de ningún tipo, ni las promuevo. Creo en las reglas de la democracia y en las normas éticas que regulan la vida social. La sociedad debe encontrar mecanismos éticos para prevenir estos discursos del odio. La salida es ética y hay que empezar clausurando las grietas. Y eso es algo que debe hacerse de arriba hacia abajo. 

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo