
Hay quienes creen que el problema más grave de la actualidad, no es el impacto de las tecnologías o la robotización que amenazan con dejar sin trabajo a gran parte de la población, ni la profunda crisis económica acelerada por la cuarentena que hace desaparecer miles de negocios y empresas, ni la tensión entre lo global y lo local, o la pérdida de intimidad a la que nos someten las redes sociales o incluso, las amenazas del Covid-19. El principal problema es la escasa presencia de personas que puedan liderar las innovaciones que requiere este cambio epocal que estamos viviendo en todo el mundo y en todas las áreas del quehacer humano. Muchos piensan que esto se da particularmente en la política pero también en las empresas y en todas las organizaciones parece pasar lo mismo.
Los críticos de los actuales líderes los identifican (quizás como fruto de la misma crisis), como personas abrumadas y cansadas, porque les falta más reflexión, un hábito poco incorporado a sus prioridades. Están demasiado centrados en la coyuntura, la actividad y el resultado, lo que implica, en la mayoría de los casos, desatender a las personas con las cuales comparten su tarea.
Las primeras cuestiones entonces que deberían moverlos a la reflexión son:
¿por qué y por quién hago esta tarea? ¿Para qué, cuál es mi finalidad? ¿De dónde nace mi impulso para hacer este trabajo? ¿Cómo lo llevo adelante?
Buscar respuestas a estas preguntas es el primer paso para descubrir lo que nos moviliza y a su vez saber entender qué es lo que mueve a nuestra gente.
Y en este sentido, la reflexión no es sólo un acto de la razón sino también del corazón. Es un paso para pasar del cansancio al entusiasmo, definiendo al entusiasmo individual o colectivo como la exaltación, la excitación del espíritu humano que sale de su estado reflexivo y tranquilo, conmovido generalmente por un impulso desconocido hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero. Se nombra con una voz usada en el latín tardío compuesta de tres palabras: "en", "theou" y "asthma", que significan juntas "inspiración divina" o "soplo interior de Dios".
Un líder entusiasmado es aquel que sale de sí mismo, que busca motivar a su equipo no sólo desde los resultado, sino desde sus necesidades y posibilidades personales, pero sobre todo con su comportamiento, testimonio y compañía.
El camino para incorporar el hábito de la reflexión, y priorizar a las personas es largo porque no está en el final su concreción sino en el proceso.
Transformar cansancio en entusiasmo en esta era de cambios, volatilidad y malhumor, buscando el desarrollo sobre las personas y no sólo en la acción es el primer motor para el cambio profundo que se le reclama a nuestros líderes.
Como sociedad ¿seremos capaces de reconvertir o generar estos nuevos liderazgos que dramáticamente reclama la humanidad?
Por Gustavo Carlos Mangisch
Director de Innovación y Calidad en Educación del Espacio Excelencia y de la Maestría en Nuevas Tecnologías (UCCuyo) y Ariel Ocampo Abadía, Profesor de Liderazgo y Comunicación (UCCuyo)
