¿Se fortalecerá en el mundo la fe en Dios después de la barbarie que muestra la guerra en Ucrania? ¿Aumentará la religiosidad en la gente…? ¿Usted qué piensa?
Estás pregunta me hizo la semana pasada Mons. Jorge Casaretto quien es Obispo Emérito de San Isidro. Seguramente muchos lo recuerdan porque a través de su participación en Cáritas y en la Mesa del Diálogo, fue un referente fundamental para preservar la democracia y alentar varias alternativas de encuentro y diálogo político y social que permitieron superar la profunda crisis que atravesamos los argentinos en 2001 y 2002.
Vivimos en un mundo de profundas transformaciones, evidentes en el campo de la ciencias y la tecnología, que se manifiestan en la dificultad que se vive en casi todas las organizaciones que no logran orientar su impacto para mejorar la vida de la gente. Pero también se manifiestan en los cambios de paradigmas y en los usos, costumbres y comportamientos de las personas y mutaciones en su cultura. Nuestra sociedad occidental, más allá de un análisis religioso, se fundó sobre valores cristianos que hoy están siendo puestos a prueba por una concepción mucho más laicista y secular de la vida pública. "Dios ha muerto" afirmaba Nietzsche, pero luego él sí murió de verdad y Dios continuó inspirando valores a nuestra sociedad y ahora su eventual pérdida o transformación son la base de muchos de los problemas que nos interpelan.
"Vivimos en un mundo de profundas transformaciones, en el campo de la ciencias y la tecnología, que se manifiestan en la dificultad que se vive en casi todas las organizaciones que no logran orientar su impacto para mejorar la vida de la gente".
El historiador británico Tom Holland afirmaba hace poco que no somos conscientes de hasta qué punto el cristianismo forma parte de nuestra vida porque lo tenemos ahí, es el medio en el que respiramos y en el que nos movemos.
En un cambio de época como éste, dónde el avance en el conocimiento científico parece atreverse a dar respuestas a todas las grandes inquietudes del ser humano y en un país dividido por brechas éticas y políticas ¿sigue teniendo sentido la fe?
Cercano a la Semana Santa, la semana pasada, animado por la Comisión Arquidiocesana de Justicia y Paz de San Juan se convocó a una jornada de espiritualidad a dirigentes políticos, empresarios, sindicales y líderes sociales relacionados con la construcción del bien común bajo el lema: Felices los que trabajan por la paz.
La jornada se realizó en las confortables instalaciones que ofrece la Casa de Retiros Camino de Emaús con la participación de más de 200 personas que reflexionaron sobre el valor de la fraternidad, el diálogo y el bien común.
Más allá de algunas críticas que reflejaron algunos medios locales influenciados por la compleja situación que atraviesa la política y cierto descreimiento en algunos políticos y dirigentes sociales, el encuentro buscó generar un espacio para motivar la reflexión personal de los asistentes sobre la vocación de entrega ética al servicio del bien común que debiera inspirar su compromiso, reflexionar sobre el aporte de la religión a su espiritualidad y la necesidad de cultivar hábitos de reflexión personal y oración para los dirigentes creyentes.
En un país mayoritariamente cristiano, donde sus gobernantes se sienten creyentes (el presidente le pone de nombre a su nuevo hijo Francisco en alusión al Papa, la Vicepresidente suele utilizar como collar un rosario y varios políticos de la oposición se dicen católicos): ¿cómo influye la fe en nuestros comportamientos? ¿Por qué existirá en tantos dirigentes esta dualidad entre lo que creo y lo que hago? ¿Qué podríamos hacer para que la política sea más coherente entre lo que se dice y lo que se hace? ¿Por qué existen tantas dificultades para generar espacios de encuentro y de diálogo?
Por Gustavo Carlos Mangisch
Doctor en Ciencias de la Comunicación Social
