Hay quienes sostienen que la palabra crea realidades. Para otros, en cambio, nombra realidades preexistentes. Me adhiero a esta última hipótesis, pero sin olvidar el poder y la significación de la palabra. 


Las palabras no crean realidad, pero la realidad siempre es interpretada. La primera interpretación es cuando la nombramos. Las palabras son creadoras de pensamientos, significan y generan imágenes mentales, transmiten conocimientos y favorecen el intercambio de culturas. Nunca son ingenuas, porque están cargadas de destino y es un puente hacia el otro. Su valor reside en su significado, su aspecto subconsciente, por las imágenes y emociones que generan en nuestra mente. 


Así por ejemplo: cuando digo "femicidio", pienso en un acto de violencia extrema contra una mujer, por ser mujer. Cuando digo "genocidio", pienso en la aniquilación sistemática de un grupo social por motivos, raciales, políticos o religiosos. Cuando digo "holocausto judío", pienso en el genocidio perpetrado por el régimen Nazi, contra el pueblo judío.

Negación y parodia, no pueden coexistir en sociedades que se jactan de haber avanzado en materia de derechos humanos.

¿Qué emociones y sentimientos nos generan estas palabras cargadas de violencia, tragedia y odio? 


El genocidio judío, es un hecho real que la palabra interpreta. Los hechos históricos están allí, sucedieron, pero no es lo mismo asumirlos como afrenta a la humanidad, que adoptar frente a ellos una actitud de negación o chanza. 


Afrenta, negación y burla, son palabras que producen sentimientos distintos. No son palabras inocentes ni actitudes moralmente indiferentes.


Retomemos ahora el planteo inicial. Si las palabras tuviesen la capacidad de construir realidades objetivas, también y en sentido opuesto, podrían deconstruirla. Algo realmente inadmisible. La negación del aumento de femicidios, no hace desaparecer las cientos de mujeres que mueren, víctimas de violencia de género. Tampoco la negación del genocidio armenio, borra las atrocidades cometidas contra el pueblo armenio durante la Primera Guerra Mundial. La negación del holocausto judío no hace desaparecer los 6.000.000 de judíos asesinados, ni los 30.000 campos de trabajos forzados, ni los 1.150 guetos, ni los 980 campos de concentración, ni los mil centros de detención de prisioneros de guerra, además de los 500 burdeles con esclavas sexuales y miles de lugares donde se aplicaba la eutanasia a ancianos (según investigación del Museo del Holocausto de Washington).


Vamos a la otra palabra puesta en cuestionamiento: la parodia. Se la define como una imitación burlesca que caricaturiza a una persona o a una temática. La burla como expresión artística sobre el holocausto judío, tampoco es moralmente ingenua. No hay lugar para la sátira, cuando hablamos de tamaña tragedia humana. En el fondo, la parodia sobre esta temática, pone en evidencia, actitudes reprochables por la cuota de discriminación y prejuicios atávicos, basados en criterios de superioridad o posición dominante.


Para algunos, el peso de la ley castigando la discriminación, basta. Para otros, la sanción en los ámbitos educativos, alcanza. Personalmente, entiendo que no es el miedo a la reprobación, lo que genera cambios culturales.


Dijimos que las palabras no crean realidades objetivas, ni las hacen desaparecer. La palabra castigo, tampoco crea, por sí misma, empatía, ni puede borrar el hecho transgresor. 


La solución está en la educación. Educación que debe comenzar en las familias, transmitiendo valores y virtudes morales para formar ciudadanos que trabajen por la paz y la amistad social. Educación que debe continuar en la escuela, espacio privilegiado para aprender a convivir en sociedades justas y democráticas. 


Solía decir Nelson Mandela: "Cuando el agua ha empezado a hervir, apagar el fuego ya no sirve de nada". Me permito citarlo para concluir: Las sanciones podrán apagar el fuego, pero sólo la educación podrá erradicar las causas. 

Por Miryan Andújar
Abogada y docente universitaria