Uno de los efectos colaterales del covid-19 fue acelerar la transformación de la economía, impactando en el corazón de los negocios y obligando a repensar antiguos conceptos de management y a replantear algunos paradigmas que, en muchos casos, ya no responderían a las necesidades que tienen las empresas para superar la crisis. 


Una de estas "verdades del liderazgo" (muy difundido en ámbitos académicos y empresarios) que habría que resignificar es el de la "delegación", definida como la acción de otorgar una actividad, tarea, función o poder a alguien, para que sean realizados en su lugar o para obrar en su representación. Se dice también que lo que se delega es la ejecución pero no la responsabilidad que se mantiene en quién delega.


Y para justificar tal afirmación primero vamos a avanzar sobre el significado de otro concepto menos popular en ámbitos empresarios que es el del término "subsidiario". 

"El home office ha impactado profundamente en la mayoría de los trabajos, promoviendo una mayor autonomía y compromiso en los trabajadores y requiere un tipo de liderazgo muy distinto que el practicado hasta ahora".

El diccionario de la Real Academia Española lo define como lo que "se dice de una acción o de una responsabilidad que suple (reemplaza) a otra principal". Esta definición da origen a la subsidiariedad, que es un principio que se aplica en las responsabilidades de gobierno en una nación entre los distintos niveles de gestión del sector público y también en su vinculación con lo privado. Sostiene que ninguna estructura superior debe asumir lo que pueden asumir las estructuras inferiores. Entonces, podemos aplicarlo también a las empresas y las organizaciones en general.


Este es un criterio superador y es la mejor decisión hacia la respuesta que debe darse desde la gestión de las organizaciones en este tiempo de crisis (contrariando el tradicional concepto "benevolente" de delegación) y significa que todo lo que puede hacer cada nivel de la estructura, no debe ser asumido por la instancia superior que, bajo este principio, sólo debería hacerlo si su dependiente no estuviera momentáneamente en capacidad de realizarlo por sí mismo.


De esta forma se da vuelta la noción de delegación y cobra mayor significado en la actualidad la gestión subsidiaria. En este espíritu, el que delega, según el concepto tradicional, no estaría cumpliendo con parte de su trabajo y quiere que otro lo haga por él.


Y este cambio de enfoque tiene una consecuencia fundamental en el modo de administrar las organizaciones, pues hace que lo más importante en un ejecutivo, cualquiera sea el nivel en la estructura, no es ver qué es lo que se puede delegar (sacar de encima), sino todo lo contrario: no asumir tareas y responsabilidades que pueden y deben asumir otros. Definir claramente las tres o cuatro cosas más importantes de su función y no permitirse no tener tiempo para atenderlas. Todo lo demás, no hay que "delegarlo" sino que debe estar definido y ser responsabilidad de otros.


El home office ha impactado profundamente en la mayoría de los trabajos, promoviendo una mayor autonomía y compromiso en los trabajadores y requiere un tipo de liderazgo muy distinto que el practicado hasta ahora y la definición de quiénes deben tener la responsabilidad bajo la perspectiva del principio de subsidiariedad será seguramente vital para enfrentar los desafíos de este tiempo de tantas transformaciones.


¿Serán los actuales jefes y gerentes capaces de asumir semejante cambio? ¿Podrán los empleados aceptar esta nueva modalidad de trabajo?

Por Mariana Celeste Mangisch (*) y Gustavo Mangisch (**)
(*) Directora de Idea Joven (**) Director de Educación del Espacio Excelencia.